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¿Amas lo que haces o haces lo que amas?

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Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso; porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? 1 Juan 4:20

Qué difícil resulta para el ser humano, y me incluyo en primer lugar, amar a un nivel profundo, a todos por igual, empezando por uno mismo. Existen muchas heridas en el alma que las personas tratan de ocultar tras distintos maquillajes sociales, los cuales al contacto con el agua de la verdad, terminan por caerse. Dinero, fama, poder, múltiples relaciones, drogadicción, siendo algunas de las caras más seductoras de las monedas de la vida en el mundo.

Amar no implica ser la víctima perpetua de nadie y mucho menos el o la victimaria. Amar muchas veces incluye saber poner límites sanos. Sin embargo, el amor verdadero perdona, deja libre, no aprisiona, sofoca o persigue de manera obsesiva, sino que busca el bien del amado o amada, facilitando ellocon sus acciones.

Busca ver feliz a quien dice amar, aun sea lejos de él o ella, pues a veces se daña más cuando uno está cerca, ya que no se sabe amar de verdad. Nadie nace sabiendo amar, se aprende, y no sin antes, ser revolcados por experiencias quizá dolorosas, pero aleccionadoras. No el amor de este mundo, tan fugaz, y superficial, por conveniencia, que muestra sus garras a la mínima provocación o dice adiós por el motivo más trivial, sino el amor que va más allá, que fluye eterno como la vida misma, pues Dios lo une para no separarlo jamás, siendo el más puro y perfecto amor el que Jesús tuvo, tiene y tendrá por nosotros, independientemente de la religión y circunstancias. Dios nos conduce hacia la verdad del amor, a través de Su hijo.

Hay personas muy religiosas que al cielo no irán, y otras muy incomprendidas, que no cumplen tantas humanas expectativas y reglas de conducta que ahí estarán, pues Dios no ve lo que el hombre ve, sino va más allá, mirando el corazón, las intenciones profundas. Lo que está oculto ante él es manifiesto. Y tú ¿amas a Dios? Si lo amas ¿amas a los demás?, ¿Qué es amar para ti?, ¿Amas sin amarte a ti mismo? Si esta última pregunta es cierta, te tengo una noticia: no es amor, es enfermedad.

Difícil es, sin Dios como motor, amar a quien nos ha dañado, y devolverle bien por mal. Como seres humanos, nos enoja, duele, entristece que nos dañen, y estas, son emociones naturales cuya negación no es precisamente la mejor solución; no por negarlas dejarán de existir, ya que estas son y no pueden no ser.

¿Qué hacer ante ello? Entregar todas nuestras cargas negativas al único que puede hacer algo productivo con ellas: Dios, quien en su infinita misericordia, nos extiende su amorosa mano, e invita a depender de Él, de su gracia, a cada paso en nuestro andar. Solos, no podemos. Te cansas del camino, arrastras los pies al andar. Con Dios todo es posible. Sin embargo, así como Dios es Amor, también es Justicia, y cuán justa es su justicia. Sin igual. Él conoce todos los pormenores de la vida de su creación, y teniendo esta visión integral, no en cuatro dimensiones, a saber: largo, ancho, altura y espacio-tiempo, sino en la dimensión de la eternidad en la cual las leyes del espacio-tiempo son humanamente incomprensibles, y es ahí, donde reside el poder de la fe, que es “la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve” Hebreos 11:1. Te invito y me invito en esta hora, a amar más, y hacerlo de mejor manera.

A perdonar más, y poner límites sanos, incluidos los legales en caso de ser necesario, ¿pues sabes? Tu paz y dignidad personal, no tienen precio, y los derechos de otros concluyen donde empiezan los tuyos.

Seamos sabios, prudentes y benignos, pero detengamos con ímpetu cualquier ataque, cortando de tajo y dese la raíz todo mal ¿y cómo hacerlo? 1.- Entregando todo a Dios en oración 2.- Dando a conocer tu vivencia a tu red de apoyo social (pequeña o extensa, tú lo eliges, pues a cada quien le funciona algo distinto), 3.- Perdonando y bendiciendo a quienes te han dañado, pero poniendo límites sanos y necesarios entre ustedes, 4.- Aprender a amar de verdad, amando a Dios en primer lugar y en segundo a ti mismo (nadie puede dar lo que no tiene; no puede exigirse amor si jamás se sembró tal), 5.- Amar lo que haces y hacer lo que amas.

En este último punto, puede parecer confuso al principio, pero es profundo: hacer lo que uno ama y amar lo que uno hace, parece lo mismo, pero no es igual. Hacer lo que uno ama, implica la posibilidad de realizar una acción relacionada con lo que uno ama, por ejemplo, en mi caso, amo aprender, luego entonces estudio mi segunda carrera: Derecho, la disfruto y doy buenos frutos en ella, pues yo elegí hacer lo que amo. Amar lo que uno hace, por su parte, requiere ya estar realizando algo, y aquí hay varias posibilidades: o ya se ama, o se aprenderá a amar, o todo lo contrario.

Por ejemplo, si ya me encuentro en determinado trabajo, como millones de personas en el mundo, puedo: amar mi trabajo, aprenderlo a amar, o no amarlo nunca. Es mi decisión. Y también es mi responsabilidad, el hacer de lo que elegí para invertir el valioso tiempo de vida que Dios me da, algo que ame. Vele el lado bueno, la hoja en blanco y no el punto negro. El amor es una decisión, no una emoción pasajera. Todos podemos aprender a amar.

Si tu trabajo no viola tus derechos, te lesiona de algún modo en tu dignidad personal, agradece que lo tienes (muchos no), y decide amarlo. Ama lo que haces. Y si tienes la gran oportunidad de hacer lo que amas, pues la libertad para elegir a qué te dedicarás, o invertirás tu tiempo, es más amplia, no lo pienses más e invierte en hacer lo que amas ¿por qué hacer algo distinto?, ¿para cumplir expectativas ajenas?, ¿para vivir sueños prestados? Despierta, sueña por ti mismo, ve y conquista la tierra de Caanán donde fluyen la leche y la miel.

Y recuerda que… si Dios contigo, con nosotros ¿quién en contra?

Estemos más en contacto, para servirte.

Psic. Deyanira Trinidad Álvarez Villajuana.
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