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Bajó con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad

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HOMILÍA

DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Ciclo C

1 Sam 1, 20-22. 24-28; 1 Jn 3, 1-2. 21-24; Lc 2, 41-52.

“Bajó con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad” (Lc 2, 51).

         Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e kiinbensik le Kili’ich Familia. Tuláakalo’on a’alik k familia kili’ich yéetel koónex kanik ti’ Jesús, María yéetel José k yaabil yéetel malo’ob t’aan k familia.

Muy queridos hermanos y hermanas les saludo con el afecto de siempre, en este domingo que vivimos dentro de la Octava de la Navidad, en el que coincide la fiesta de la Sagrada Familia.

La Sagrada Familia es la familia más original que ha existido en toda la historia de la humanidad, pues está integrada por María, que es virgen y madre; por José que es esposo casto y fiel custodio; y por el Hijo, que es también y por esencia hijo de Dios, engendrado,  no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho. A la vez este Hijo de Dios es ahora, por su naturaleza humana que ha adquirido, un bebé que necesita ser amamantado, con todos los cuidados que requiere un niño normal, hasta que pueda valerse por sí mismo; necesita la protección de su padre José, quien además instruye a su hijo en lo que debe aprender para crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres (cfr. Lc 2, 52).

La Sagrada Familia siempre ha sido y debe ser modelo para toda familia: llamada a la unidad en el amor. En la comunidad humana siempre se ha considerado a la familia naturalmente como la célula de la sociedad, y en la Iglesia siempre se ha considerado a la familia cristiana como iglesia doméstica. Cristo vino a revelarnos la esencia trinitaria de Dios, pues Dios es familia perfecta y eterna en el amor. El Hijo de Dios viene a integrarse como parte de la familia humana, naciendo de una familia concreta.

Hoy en día está de moda hablar de otros modelos alternativos de familia. Como cristianos hemos de respetar a todos los que integran estos grupos de convivencia humana, pero esperamos que la familia natural, integrada por padre, madre e hijos, se siga protegiendo y proyectando en la vocación de la mayoría de los jóvenes.

Por otra parte, lamentablemente en estos tiempos hay muchas familias que se han roto. No nos toca juzgar a las personas que viven en estas situaciones. Sólo Dios sabe por qué sucedieron las cosas así, pues a veces ni los mismos divorciados se pueden explicar el por qué se llegó a un rompimiento.

Sin embargo las fracturas no son el plan de Dios, por lo que no debemos resignarnos a que las cosas deban ser así. Hay condicionantes en la vida moderna que atentan contra la unidad familiar, algunas de éstas son de orden económico-laboral, porque uno gana más que otro, porque no ganan lo suficiente, porque tienen los esposos o los hijos distintos criterios para gastar el dinero, por el tiempo que uno u otro le dedican al trabajo. Otras de las condicionantes es la mentalidad individualista, que es como una fuerza centrífuga que hace a los esposos o a los hijos dedicarle más tiempo a lo de fuera que a lo de dentro de la familia. Otra terrible condicionante de la vida moderna es la constante oferta de pornografía, de oportunidades para la infidelidad, del ejercicio de la sexualidad extra matrimonial o prematrimonial.

La familia siempre es un don de Dios y los creyentes así lo hemos de considerar, por eso debemos vivir dando gracias a Dios por nuestra familia,  sirviendo al amor, la unidad y la paz dentro de cada una de ellas, dando lo mejor de nosotros mismos a quienes llevan nuestra sangre. Hemos de sentirnos ligados a nuestros familiares, a la vez siendo conscientes de que no nos pertenecen. Dios los puede llamar a su presencia cuando Él lo decida, así como llevarlos por los caminos que Él los llame. Dios respeta la libertad de todo ser humano, y aunque nos duela, a veces algunos familiares toman decisiones con las que no estamos de acuerdo, mismas que tenemos que respetar o al menos tolerar.

La primera lectura aborda el tema de Ana, esposa de Elcaná, quien siendo estéril fue bendecida con un hijo, mismo que le fue concedido luego de su insistente oración. Después, cuando el niño era aún muy pequeño, lo llevó al templo para consagrarlo al Señor, ya que éste le fue concedido en forma extraordinaria. Poco después Dios quiso llamar al niño para que lo sirviera, entonces se conjuntaron así las tres voluntades: la de los padres, que entregaron a su hijo; la del hijo, que aceptó servir al Señor toda la vida; y la de Dios, que llamó y movió los corazones de todos los que en este caso fueron dóciles a su llamado. Ese niño se convirtió en el gran profeta Samuel. Luego el Señor bendijo a Elcaná y Ana con otros hijos más.

Esperemos que todos los padres de familia consideren a cada hijo como un don precioso y sagrado del amor de Dios, que nadie se atreviera a deshacerse de los niños concebidos. Al mismo tiempo, ojalá que ningún padre de familia considere a sus hijos como su propiedad, estando dispuestos a aceptar el llamado de Dios para cada uno de ellos, aunque no lo entiendan. Es una gran bendición y responsabilidad tener un hijo con vocación al sacerdocio, así como un hijo o hija con vocación a la vida religiosa.

¡Cuánto cariño y respeto nos merece nuestra casa paterna! ¡Cuántos recuerdos nos ligan a aquel pequeño espacio donde crecimos viviendo en familia! El Salmo 83 que hoy recitamos, nos dice lo que como creyentes llenos de esperanza, debemos expresar acerca del futuro que nos espera junto a Dios. Con este Salmo decimos: “Señor, dichosos los que viven en tu casa”. Nuestra casa paterna es o debiera ser siempre, un destello de lo que será la casa del cielo, en la que Dios nos espera, junto con la Sagrada Familia y toda la gran familia del cielo, con sus ángeles y santos.

En la segunda lectura de hoy, tomada de la Primera Carta del Apóstol san Juan, se expresa maravillosamente la gran verdad de que somos hijos de Dios; por tanto, hemos de amarnos los unos a los otros. Esta convicción ensancha nuestro corazón para abrirlo a la gran familia de los hijos de Dios.

El santo evangelio de hoy, según san Lucas, nos presenta la narración del episodio del Niño Dios perdido y hallado en el templo. Todo niño judío al cumplir doce años, tenía que ser llevado ahí. En aquella gran peregrinación de familias, los niños varones podían viajar con los hombres que iban todos juntos, al igual que podían viajar en el grupo de las mujeres. En ese gran grupo todos eran una gran familia de absoluta confianza. Así fue posible que el Niño Jesús se quedara en el templo, sin que se dieran cuenta.

Consideremos primero cómo el Niño Jesús fue educado en la religión judía y en todas sus prácticas, mismas que Jesús siempre respetó con el amor de un verdadero judío. Seguramente el Niño se sintió en el templo como en su propia casa, por lo que disfrutó dialogando con los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas que dejaban admirados y desconcertados a estos expertos en la Ley de Israel.

El sufrimiento y la angustia de José y María lo podemos suponer, pero nadie lo entenderá mejor que los papás que hayan perdido y luego encontrado a un hijo. Seguramente por primera y única ocasión, la Virgen María tuvo que llamar la atención a su hijo diciéndole: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”. La respuesta del Niño los dejó desconcertados, pues les dijo tranquilamente: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 48-49). No entendieron la respuesta, pero María nunca la olvidó, sino que la conservó en su corazón. Así deben actuar las personas de fe, continuar adelante, aunque no todo lo podamos entender.

Luego dice el pasaje que el Niño bajó con ellos a Nazaret y que siguió sujeto a su autoridad. Por más maravillosos que sean María y José como padres, es más extraordinaria la humildad de Jesús para obedecerlos en todo. Y tú, ¿a quién tienes que obedecer? Imitemos el ejemplo de humildad y obediencia que nos da el Niño Jesús, ya que sin obediencia y humildad, es imposible la unidad, la paz y el amor en cada familia.

¡Familias de Yucatán y del mundo, al amparo de la Sagrada Familia de Nazaret, vayan adelante, cumpliendo con el plan Dios para todos nosotros! Así sea.

¡Que tengan todos un buen fin de año, así como un feliz inicio del 2019, que traiga para ustedes abundantes bendiciones! En el Nuevo Año y siempre: ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán