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Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador

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27 de octubre de 2019

 

 

HOMILÍA

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo C

Eclo 35, 15-17. 20-22; 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14.

 

“Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador” (Lc 18, 13).

 

 

                Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e’ te’ domingoa’, u T’aan Yuum Kue’ ku ya’alike’ ka payalchi’inako’on yéetel jun p’éel óotsil puksi’ikal, beyo  je’el u páajtal k yantal tu taan Yuumtsil. Chen beya’ je’el u páajtal u úuiko’on Leti’e’.

 

                Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este domingo trigésimo del Tiempo Ordinario. Hoy es el gran día de la kermés del Seminario de Yucatán. Ojalá que ustedes puedan ir a divertirse, a comer y a colaborar con nuestra amada casa de formación de los futuros sacerdotes. Habrá misas a las 10:00, 11:00, 12:00 y 13:00 hrs., ésta última será celebrada por un servidor. El lugar será como siempre en las instalaciones del Seminario Menor (Anillo Periférico Km 34, carretera Mérida – Conkal).

 

                Seguramente todos estamos todavía impactados por las terribles balaceras del día 17 de octubre en Culiacán, Sinaloa, que aterrorizaron a nuestros hermanos y hermanas de aquella ciudad. Más allá del juicio que cada uno tenga sobre la responsabilidad de nuestras autoridades por la forma en que sucedieron los hechos, desde la fe debe brotar nuestra oración de acción de gracias por la paz que gozamos en Yucatán; la oración por el eterno descanso de los difuntos, por la recuperación de los heridos y por el consuelo de las familias; la oración por la paz en México, que tiene mucho que ver con las acciones de nuestro Gobierno, pero también tiene que ver con el trabajo de todos por crear una cultura sobre la paz. Dios perdone y convierta los corazones de los que se enriquecen con el negocio de la venta de armas, y con el negocio del envenenamiento de la gente con la venta de drogas.

 

                No es necesario esperar a que un día, no lo quiera Dios, llegara la violencia a Yucatán. Desde ahora debemos educar para la paz a los niños y jóvenes, así como crear una verdadera cultura de paz desde los corazones, desde las familias, las escuelas, los centros laborales y todos los grupos humanos.

 

                El Papa Pío XII en los años cincuenta, nos recordaba que “opus iustitiae pax”, es decir, que la paz es fruto de la justicia. Tratemos de acabar con todo tipo de injusticia entre nosotros, porque donde hay injusticia se está cocinando el enfrentamiento y la violencia. El Papa San Pablo VI en los años sesenta, nos enseñaba que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, y que el auténtico desarrollo es de todo el hombre integral, no sólo de su economía, de toda la sociedad, no sólo de una pequeña élite; promovamos pues ese modo de desarrollo. San Juan Pablo II nos enseñaba en los años ochenta que “la paz es fruto de la solidaridad entre las personas”; luchemos por vencer todo tipo de avaricia y afán desmedido de lucro, fomentando más bien en todos la solidaridad.

 

                Además de las necesarias acciones, oremos para que haya más y más justicia, se fomente el desarrollo integral y también solidaridad para todos, así como el compromiso común por crear y acrecentar esa triple cultura.

 

                La Palabra de Dios nos invitaba el domingo pasado a la perseverancia en la oración y a reconocer el poder intercesor de esta misma oración. Hoy en cambio, la Palabra nos dice que una condición indispensable para que la oración llegue hasta Dios es la humildad del corazón.

 

                La primera lectura de este domingo está tomada del Libro del Sirácide, llamado también Eclesiástico. Como ustedes sabrán, este texto está colmado de frases llenas de sabiduría que ilustran el espíritu de los creyentes. Dice al respecto: “El Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias” (Eclo 35, 15). Los humanos en cambio, con frecuencia valoramos a la gente de acuerdo a su vestido, a su dinero, a su poder o a su puesto en la sociedad, sin embargo “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre” (1 Sam 16, 7), porque Dios conoce el interior de las personas, mira lo que hay en su corazón. Así que el más humilde e insignificante en el mundo puede ser el más grande a los ojos del Señor, mientras que el más poderoso, ante Él puede ser el más vacío en su interior.

 

                Dice luego el texto: “La oración del humilde atraviesa las nubes” (Eclo 35, 20-22). Hay personas que son inalcanzables, que difícilmente las pueden encontrar y tocar por el común de los mortales, pero a Dios todos lo podemos alcanzar con una sencilla oración, porque Él se encuentra en nuestro interior. San Agustín, el gran obispo del siglo IV, confesaba todo el tiempo que él anduvo buscando a Dios fuera de sí con sus complicados razonamientos, y que cuando al fin lo encontró, se dio cuenta de que siempre lo había tenido dentro de sí mismo.  Por eso con el salmo 33 que hoy recitamos, podemos proclamar que: “El Señor no está lejos de sus fieles y levanta a las almas abatidas”.

 

                Ser humilde no significa faltar a la verdad, y no reconocer toda la obra buena que Dios ha realizado en nuestras vidas. Por eso en la segunda lectura, tomada de la Segunda Carta de san Pablo a Timoteo, el Apóstol no falta a la verdad ni a la humildad cuando dice con satisfacción y un dejo de gozo que se asoma en sus palabras: “Para mí ha llegado la hora del sacrificio y se acerca el momento de mi partida. He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe” (2 Tim 4, 6). Tengamos en cuenta que la “hora del sacrificio” se refiere a la hora del martirio, que haber “luchado en el combate” significa que el seguimiento de Cristo implica una lucha contra los enemigos internos y externos que asechan a nuestra alma; haber “corrido hasta la meta” significa que no se vale detenerse, pues mientras haya vida es necesario el esfuerzo de la fe.

 

                San Pablo dice que ya sólo espera “la corona merecida”, y esa corona la hemos de esperar todos, porque Cristo prometió el Reino a cuantos lo siguieran. Cristo reina, sentado a la derecha del Padre; María reina junto a su Hijo, porque “de pie a tu derecha está la Reina” (Sal 44, 9). Entonces, San Pablo no dice esto con soberbia, sino que lo hace con la fe humilde, con la alegre esperanza y certeza de que reinaremos con Él.

 

                En el santo evangelio de hoy según san Lucas, Jesús presenta en una parábola, el modo en que rezaban en el templo un fariseo soberbio y un publicano humilde. Su enseñanza fue verdaderamente revolucionaria, porque en ese tiempo todo mundo hubiera pensado que la mejor oración era la del fariseo, porque pertenecía a un grupo en el que de forma rigurosa y hasta excesiva, guardaban todos los preceptos de la ley en lo que respecta a diezmos y ayunos; en cambio todos tenían a los publicanos por pecadores para los cuales no había remedio ni salvación.

 

                El fariseo en su oración que hacía de pie, daba gracias a Dios por él mismo, por todos los méritos y virtudes que creía tener. Juzgaba a todos los pecadores del mundo, de quienes se sentía muy distinto y distante, incluyendo a ese publicano que andaba por ahí. La oración humilde en cambio, es la de aquel que no se atribuye a sí mismo ningún mérito y que no juzga a nadie, sino que se presenta como el primero de los pecadores. En el mundo de la política es muy común que quien gobierna juzgue mal al gobernante anterior, sobre todo si era de otro partido. Pero un buen cristiano nunca debe hablar mal de otro, ni siquiera dedicándose a la política, pues son las acciones las que deben acreditarlo.

 

                El publicano estaba bien convencido de su indignidad para poder presentarse ante el Señor, por eso se queda lejos y reconoce la grandeza de Dios, por lo que no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Él se sabe pecador, por eso se golpeaba el pecho, y en su oración suplicaba: “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador” (Lc 18, 13).

 

                No trates de negar tus pecados, no intentes quitártelos, mejor deja que el Señor en su misericordia te los borre. Para un buen hijo de Dios que hace, dice y piensa siempre cosas buenas, sólo le falta “la cereza del pastel”, que consiste en reconocerse como pecador, pues si ha hecho el bien hasta ahora debe saber que ha sido por la gracia de Dios que lo ha salvado; y ha de ser consciente de que mientras viva, el tentador seguirá continuamente asechando sus pasos.

 

                Dios les conceda en esta semana disfrutar de las fiestas tradicionales del “Hanal Pixán”. Ojalá que sepamos alejarnos de las prácticas del “Halloween”. Pero sobre todo, que celebremos cristianamente la “Solemnidad de todos los Santos” el primero de noviembre, así como la conmemoración de los “Fieles Difuntos” al día siguiente.

 

                Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!  

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán