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El que se humilla, será engrandecido

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HOMILÍA

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo C 

Sir 3, 19-21. 30-31; Heb 12, 18-19. 22-24; Lc 14, 1. 7-14.

 

“El que se humilla, será engrandecido” (Lc 14, 11).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e’ le’ Kili’ich Ma’alob Péektsilo’ Jesús ku yéesikto’on le ch’a’a’ óotsililo’ taj ma’alob, ma’ chen u ti’al a bin té kuxtal mina’an u xuul, wama xan u ti’al ma’ k máansik sublakil le kank a máan nojbe’enilo’on’, beyo’ jéel u pájtal xan maansik sublakil tu táan máako’ob.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este domingo vigésimo segundo del Tiempo Ordinario, inicio del mes de la Patria. Ojalá que todas las celebraciones propias del mes patrio, fomenten aunque sea un poco, el sentido de ciudadanía, es decir el compromiso en favor del bien común, especialmente en todos los creyentes.

 

Septiembre será el mes de nuestro VII Congreso Eucarístico Nacional, del que seremos anfitriones. Esperemos que este evento haga crecer el fervor por el Santísimo Sacramento en todos los participantes. Además nuestra ciudad será sede de la Cumbre Mundial de los Premios Nobel de la Paz y ojalá este evento fomente la paz en el mundo, ayudando a recuperar la paz en México y ayudándonos también a mantenerla en Yucatán.

 

El santo evangelio y la primera lectura de hoy nos hablan de la virtud cristiana de la humildad. El libro del Sirácide (o Eclesiástico) nos invita a proceder con humildad en todos nuestros asuntos, con la promesa de que seremos así más amados que el hombre dadivoso. La humildad pues, no es sólo para el templo o los grupos de Iglesia, sino para todos los asuntos de la vida.

 

Hay quienes piensan que la virtud de la humildad no tiene lugar en el mundo de la política o de los negocios, pero ella nos llevará a ser como dice Jesús, sencillos como palomas y prudentes como serpientes (cfr. Mt 10, 16), lo cual significa en este caso que el humilde debe proceder sin malas intenciones ni malas actitudes, debiendo a su vez estar muy atento a las posibles malas intenciones del otro. Ser humilde no es sinónimo de ser un tonto del que todos puedan abusar. Eso no sería virtud, sino debilidad o torpeza.

 

El humilde es esa persona en la que todos saben que pueden confiar, porque no tratará de aprovecharse de los demás, aquel que lo que pueda conseguir lo hará de frente, sin poses de grandeza, que no pretenda hacer sentir menos a nadie. Hay personalidades grandes en este mundo que son realmente humildes. Lo mismo que ser políticos, personas de grandes negocios, académicos o artistas, no es sinónimos de ser vanidoso, de ser fatuo ni déspota.

 

La humildad no es pues, virtud exclusiva para pobres, ignorantes o menores de edad; en cambio, en todos los niveles de edad, de poder, de economía, del saber, se puede alcanzar la más alta cima de humildad y sencillez. El humilde es esa persona que a todos puede caer bien; y todo lo contrario para la persona orgullosa. Dice el texto: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad” (Sir 3, 30).

 

El texto menciona también una característica fundamental de la humildad. El humilde siempre sabe escuchar. El orgulloso sólo quiere hablar, ser escuchado y hacer prevalecer sus ideas. Mientras que el humilde está siempre dispuesto a escuchar con atención, respetando los sentimientos del otro y tratando sinceramente de buscar la verdad con su interlocutor. El mejor de los gobernantes y de los jefes en cualquier área de la vida, será quien mejor escuche a las personas que están a su cargo.

 

En el evangelio de hoy, según san Lucas, podemos decir que encontramos a Jesús metido en la “boca del lobo”, porque aceptó la invitación que le hizo uno de los jefes de los fariseos para ir a comer a su casa un sábado y por supuesto, la casa estaba llena de gente del gremio, es decir, de fariseos que estaban espiándolo a ver que hacía o decía. Jesús asistió revestido como siempre de su humildad, pero a la vez con valor y astucia. La trampa resultó para ellos porque se lucieron delante de Jesús tratando de escoger los primeros lugares en el banquete.

 

De este modo Jesús aprovechó para dejarles un par de enseñanzas: ser humildes y preferir a los humildes. Él les da un consejo muy práctico, que alguien lo podría cumplir aún sin la virtud de la humildad, sino como táctica para no pasar vergüenzas, pudiéndose incluso dar el caso de ser reconocido y honrado públicamente.

 

El consejo fue que no buscaran los primeros lugares cuando los inviten a un banquete, porque se arriesgan a que el anfitrión los mueva de ahí para darle el lugar a otra persona, siendo así abochornados frente a los demás. Mejor tomen el último lugar, para que cuando llegue el anfitrión, les otorgue el lugar que les corresponde. Por otra parte, la gente que se abre paso para ser vista y lucirse gana las antipatías de los demás. Si por la virtud de la humildad le damos su lugar a otros, tendremos de vez en cuando algunas recompensas humanas, la simpatía de muchos, pero sobre todo el beneplácito de Dios, además de que por nuestra caridad tendremos méritos para la recompensa eterna.

 

El otro consejo que Jesús les da es invitar a sus banquetes, no a los amigos y parientes, ni a los vecinos ricos que te retribuirán con otras invitaciones; sino invitar a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, que no tienen con qué pagarnos, pero en cambio, ya se nos pagará con creces en el Reino de los cielos.

 

De ninguna manera es malo invitar a nuestros seres queridos a una comida, al contrario, es muy bueno convivir en familia así como en amistad. Pero además de esto, Jesús nos llama a ensanchar nuestro corazón para darles de comer a quienes no tienen manera de retribuirnos. Sin necesidad de organizar banquetes, podemos dar comida al pobre que la pida; llevar nuestra despensa a la parroquia para que se distribuya a los pobres; apoyar a los distintos comedores de los pobres que hay en distintas parroquias; incluso apoyar a la “Cáritas”.

 

Lo que no es una virtud cristiana es invitar a los poderosos, económica o políticamente hablando, para ver qué provecho podemos sacar de ellos. Hay quienes hasta buscan para sus hijos, padrinos entre la gente poderosa, para provecho propio, en vez de tener un verdadero testigo de la fe junto a su hijo.

 

El Papa Francisco estableció la Jornada Mundial de los Pobres desde el 2017 para que sea celebrada cada 33º domingo del Tiempo Ordinario, es decir, una semana antes de la Solemnidad de Cristo Rey, convocándonos para acercarnos al pobre a convivir con él. No se trata pues de darles cosas, sino de acercarnos a convivir con ellos y así aprender de ellos. Muchas veces he podido comprobar que los pobres gozan y se sienten dignificados cuando aceptamos una invitación suya a comer con ellos en su casa. Ellos también tienen derecho a dar y compartir desde su pobreza.

 

En este domingo primero de septiembre, en el que celebramos la V Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, sigamos orando por la región Amazónica, para que se acaben los terribles incendios que la están destruyendo, por los que rigen la naciones en torno al río Amazonas, por los gobernantes del mundo entero, para que tomen muy en serio las advertencias que anuncian el colapso de nuestro planeta, si no tomamos medidas serias y contundentes en el cuidado de la Casa Común.

 

Oremos por el próximo Sínodo del mes de octubre, que tendrá lugar en el Vaticano, con el tema del cuidado de la Amazonía, en favor de toda la tierra, para que pueda sacudir las conciencias de toda la humanidad, poniéndonos a todos en sintonía para salvar el planeta.

 

Recordemos que en el próximo VII Congreso Eucarístico Nacional, a realizarse en Mérida del 20 al 22 de este mismo mes de septiembre, tomaremos como compromiso el cuidado del agua, con un decálogo que deberán conocer todos los fieles católicos y toda la gente de buena voluntad, para beneficio de todos y de las futuras generaciones.

 

Concluyo con la oración de san Francisco de Asís, citada por el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la Casa Común:

 

«Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación. Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las formaste claras y preciosas, y bellas. Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento y por el aire, y la nube y el cielo sereno, y todo tiempo, por todos ellos a tus criaturas das sustento. Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy humilde, y preciosa y casta. Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche, y es bello, y alegre y vigoroso, y fuerte».

 

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán