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Gaudete et exsultate: Alégrense y regocíjense

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HOMILÍA

III DOMINGO DE PASCUA

Ciclo B

Hch 3, 13-15. 17-19; 1 Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48.

“Gaudete et exsultate:

Alégrense y regocíjense” (Mt 5, 12).

Ki’olal lake’ex ka t’aane’ex ich maya. Kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Cristo’ ka’a púut kuxla’ uti’al u luksik k’eban; yéetel xaam Papa Francisco ku k’aasikto’on tuláakal máakak u ta’ama’ Yuum Ku uti’al jump’eel kuxtal minan u xuul.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor resucitado, en este tercer domingo de Pascua. En días recientes fue publicada una nueva Exhortación Apostólica del Papa Francisco, la cual lleva por nombre “Gaudete et Exsultate”, título en latín como de costumbre que se puede traducir como “Alégrense y Regocíjense”, en la cual el Sumo Pontífice nos recuerda nuestra vocación a buscar y vivir la santidad y a reconocer la santidad que hay en el mundo.

Alegrarnos y regocijarnos por la resurrección de Cristo no tendría sentido si no nos alegráramos y regocijáramos a causa de nuestra propia resurrección. No se trata sólo de nuestra futura resurrección que esperamos al final de los tiempos sino de la diaria resurrección, de cada día que nos levantamos de nuestros pecados con arrepentimiento con el buen propósito de no caer y con la humildad de reconocernos siempre pecadores. Si afirmamos que la Iglesia es santa y pecadora, también cada buen cristiano lleva esa dualidad mientras está en este mundo, porque todos podemos ser santos y debemos buscar la santidad, aunque nadie se debe de creer santo ni con el derecho de juzgar a los demás (Cfr. Lc 18, 9-14).

A propósito de que todos podemos ser santos, dice el Papa Francisco en este documento: “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (n. 14). Con esta última afirmación podemos asegurar que también los que nos gobiernan pueden ser santos. Todos los que tengamos alguna clase de autoridad igualmente hemos de ejercerla con la humildad de quien sirve a sus hermanos.

Por otro lado en el capítulo tercero de esta exhortación, el Papa nos dice que ser santo es ser feliz, verdaderamente feliz, y nos muestra la guía de la santidad en la vivencia de las Bienaventuranzas predicadas por Jesús (Cfr. nn. 63 – 94):

– “Ser pobre en el corazón, esto es santidad.”

– “Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.”

– “Saber llorar con los demás, esto es santidad.”

– “Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.”

– “Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.”

– “Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.”

– “Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.”

– “Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.”

En seguida, en el mismo capítulo tercero, el Papa Francisco siguiendo el evangelio según san Mateo, nos recuerda la materia sobre la cual seremos juzgados por nuestro Señor Jesucristo. Y dice: “En el capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), Jesús vuelve a detenerse en una de estas bienaventuranzas, la que declara felices a los misericordiosos. Si buscamos esa santidad que agrada a los ojos de Dios, en este texto hallamos precisamente un protocolo sobre el cual seremos juzgados.” (Cfr. nn. 95 al 109). Al dar de comer al hambriento, de beber al sediento, al visitar al preso y al enfermo, al vestir al desnudo y hospedar al forastero, es a Cristo a quien atendemos y eso nos santifica. Negar atención a los necesitados es negársela a Cristo, y eso nos condena.

En el santo evangelio de hoy según san Lucas, es el mismo Resucitado quien abre la mente de los discípulos para que entendieran las Escrituras, según las cuales “el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados.” (Lc 24, 46-47) Buscar la santidad es volverse a Dios diariamente para que Él nos perdone nuestros pecados y así nos santifique.

En la primera lectura tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos el final del segundo discurso kerigmático de san Pedro, es decir, la segunda ocasión en que el apóstol hace el primer anuncio de Jesús muerto y resucitado. La primera vez fue el día de Pentecostés, cuando al terminar su predicación se convirtieron y bautizaron unas tres mil personas (Cfr. Hch 2, 14-41). En esta segunda ocasión, después de la curación de un paralítico, Pedro concluye diciendo: “Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se les perdonen sus pecados” (Hch 3, 19). Y en esa ocasión se convirtieron cinco mil personas.

Una vida de santidad inicia muchas veces luego de un fuerte encuentro con el Señor, que nos lleva al arrepentimiento para ser perdonados. Luego, el hecho de permanecer en santidad nos viene al mantener con humildad la conciencia de que somos pecadores, perdonados por el amor de Dios, manifestado en la redención realizada en Cristo.

No se trata de resignarnos a que somos pecadores y que eso nos autoriza a seguir pecando. ¡No, de ninguna manera! Por el contario, hemos de luchar a diario contra el pecado, reconociendo que la gracia y la fuerza para no pecar nos viene del Señor. Si cometemos un pecado que amenaza con derrumbar lo que Cristo ha realizado en nosotros, hemos de levantarnos por aquel que vive y está sentado a la derecha del Padre intercediendo por nosotros. Dice el apóstol san Juan en su Primera Carta, la cual hoy escuchamos como segunda lectura: “Hijitos míos: les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguien peca, tenemos como intercesor ante el Padre, a Jesucristo el justo. Porque él se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero” (1Jn 2, 1-2).

El Señor nos quiere santos, no mediocres. Así es que nadie se conforme pensando que no comete graves pecados, que eso de arrepentirse es para los grandes criminales del mundo o para otras gentes. Dice el Papa en su reciente documento: “Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose” (n. 164).

La semana pasada todos los obispos mexicanos estuvimos reunidos en nuestra asamblea número 105, teniendo como tema principal el estudio y aprobación del “Plan Global de Pastoral 2031-2033”, considerando que en el año 2031 celebraremos quinientos años de las apariciones de Ntra. Sra. de Guadalupe en el Tepeyac; y que en el 2033 celebraremos dos mil años de la muerte y resurrección de nuestro Salvador. Cada trienio iremos actualizando este proyecto evangelizador y de camino de comunión nacional, que fortalecerá e iluminará los planes de pastoral de cada Iglesia Diocesana.

De igual modo, los dos últimos días de la asamblea fuimos recibiendo uno por uno, a los primeros cuatro candidatos a la Presidencia de la República (con quien fue incluido apenas hace unos días como candidato no pudimos concertar el encuentro). Cada uno de ellos nos expuso su propuesta de gobierno y también escuchó los principios y valores que como Iglesia proponemos a todos los candidatos. De la misma manera cada uno contestó las preguntas que previamente organizamos para poder presentárselas en forma resumida. Fue una experiencia de diálogo.

No está por demás recordar que como Iglesia, no tenemos un partido que nos represente o por el que los católicos deban votar. Por más que veamos la situación confusa, es deber de todos discernir y tomar una decisión personal sobre por quién se ha de votar. Desde ahora oremos por un período electoral lleno de paz. Oremos por quien nos va a gobernar los próximos seis años, para que se deje guiar por el Espíritu que viene de lo alto y de ese modo su gobierno traiga paz y prosperidad, especialmente para los más necesitados de nuestro pueblo. Así sea.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán