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La niñez necesita ayuda, no sobreprotección

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Soy maestro y todos los días laborales acudo a mi institución educativa con la firme intención de dar lo mejor de mi parte en favor de la educación de mis alumnos. No espero que acudir a dar mis clases tenga que ser expuesto a peligros contra la integridad física de mi persona y de los otros miembros de la comunidad educativa. Una escuela, debe siempre estar protegida, en espíritu y ambiente, de los problemas que pasa en el entorno social, ya que es el recinto donde se desarrollan las actividades para crear a mejores ciudadanos que contribuyan de manera positiva a la sociedad.
Lo sucedido el día de hoy nos consterna a los mexicanos de buenos sentimientos y buena fe. Esto nunca debió pasar, mucho menos cuando se trata de niños a los cuales la inocencia se debe consolidar aún en el desarrollo evolutivo y psicológico del crecimiento personal.
Mucho se ha querido fortalecer en las experiencias áulicas la importancia de la formación socioemocional. Un aspecto que no es nuevo, sino que viene de muchos años atrás en el énfasis de recuperar la solidez de la persona humana en todas sus esferas, no solo en el aspecto de acrecentar conocimientos, sino también atender los aspectos emocionales y psicológicos que van definiendo a la personalidad.
Sin embargo, hay elementos que en contrasentido de esas intenciones marcan a las nuevas generaciones riesgos que son inherentes por el contexto violento y alta permisividad social que parece que a los nuevos niños, niñas y adolescentes se les está todo permitido. Con aquello de que son más importantes sus derechos humanos, la sociedad ha permitido que hoy muchos niños generen sentimientos de ser superiores e intocables. Algo que algunos autores denominan la generación de los “niños emperadores”.
La tragedia del día de hoy nos debe llevar a revisar de manera más profunda la realidad no solo educativa del país en la atención de la salud mental, sino también ir más allá de las simplezas y ser más conscientes de que debemos rescatar a las nuevas generaciones de los problemas que les estamos permitiendo que los envuelvan como parte de su cotidianidad.
En el sentido común hoy sale a relucir que la escuela donde se dieron los hechos, los padres de familia habían rechazado que las autoridades de la institución revisaran las mochilas. De acuerdo con Juan Martín Pérez, director de la Red por los Derechos de la Infancia de México, ante estos hechos y la situación muy particular de la polémica sobre “mochila segura”, el programa de revisión de las mochilas escolares, afirma que esa no es la solución. En entrevista al periódico El Universal manifiesta: “En lo sucedido en Coahuila, no hay que perder de vista que el niño es una víctima, programas como Mochila Segura no funcionan porque además de ser discriminatorios, criminalizan, no hay que revisarles su mochila, sino preguntar por sus sentimientos, sus necesidades”
Hoy una familia llora por la muerte de una maestra, que de acuerdo con información que se ha ido conociendo a lo largo del día, parece que le hizo frente el menor para evitar que continuará disparando a los alumnos. Una acción que le ocasionó la pérdida de la vida en un acto que por más lo queramos decir bonito constituye un hecho criminal. No sabremos que habrán pasado por la mente de la maestra y su agresor. Tampoco lo que pudieron decirse. Pero era muy claro que el niño lamentablemente tenía un objetivo que se cumplió y después se mató. No es un juego. Es un hecho de la vida real tan crudo y lamentable que lastima a todos los alumnos y vulnera la confianza y la credibilidad a las instituciones.
¿Qué debemos hacer como sociedad?
Ya no estamos en una situación para estar “regalando florecitas de buena intención”. Se requiere de acción sociales que vayan mucho más allá de las buenas intenciones. No podemos afirmar con profunda solidez si los padres de familia, así como se ha informado, hubiesen aceptado la aplicación de la operación Mochila Segura la tragedia se hubiera evitado. Pero el rechazo de la medida si nos pone pensar que no es posible menospreciar cualquier acción de prevención de la violencia que como tal pretende que las cosas no tengan que pasar para hacer algo al respecto.
Los niños no deben estar en burbujas para sobreprotegerlos. Es muy claro que la cultura actual les ha permitido tomar conciencia de muchas cosas de manera más rápida y temprana vulnerando la inocencia infantil. Negar esa realidad nos está conduciendo a un mundo de muchos derechos sin fortalecer las obligaciones que como tales le ponen límites a las decisiones y actos de la vida humana.
AL CALCE. No se trata de criminalizar a los niños. Es como los retenes con alcoholímetros. Para el caso sería lo mismo, discriminatorio y violador de la presunción de inocencia el que me paren para que chequen si estoy con condiciones óptimas para manejar un vehículo. No hay ninguna duda que eso no necesariamente va a impedir los accidentes que por las circunstancias de la vida se puedan presentar. Pero resultaría muy insano y falto de sentido común el negar que tal medida si ha disminuido la fatalidad vial. Es una protección, tanto para el conductor tomado como los miles de inocentes que transitan en las vías públicas.