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La pasión por lo correcto, lo verdadero y el bien

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En un mundo tan caótico, plagado de incertidumbre por doquier y con un relativismo moral apabullante, surge una cuestión trascedente para vivir una vida con sentido: ¿qué es lo correcto?, ¿en qué reside lo verdadero?, ¿cómo podría definirse el bien? La presente reflexión dista mucho de ser un ejercicio académico o moralista, aunque sí conlleva un buen grado de análisis combinado con experiencia, que suele ser al final del día, las más de las veces, la que posee ese valor agregado difícil de igualar. A mis tres décadas de vida, he sido partícipe de múltiples eventos, que para algunos, por su naturaleza sensible podrían ser traumáticos, y para otros, con mayor ecuanimidad y madurez, son aleccionadores y parte de un entrenamiento integral por Dios permitido, para sus propósitos perfectos. ¿Quién es la vasija para preguntarle al alfarero sobre sus métodos y procedimientos, para dejarla cual obra de arte a sus tiempos perfectos? Nadie en realidad. Del mismo modo, ni yo, ni persona alguna sobre la faz de esta tierra somos quién para preguntarle al creador acerca de los procesos por los cuales Él decide que pasemos, o los permite, para formar nuestro carácter, crecer y cual perla dentro de la ostra, salir fortalecidos a través del dolor. El dolor es necesario para madurar, el sufrimiento es distinto, siendo una opción. Si se posee pasión por lo correcto, se traduciría casi de inmediato en actuar con equidad y justicia, pero ello, sigue siendo relativo si se le concibe parcialmente, o dentro del campo del “deber ser”. Pero ¿qué ocurre si nuestras convicciones van más allá de un sistema de justicia personal, y se apegan a una estructura que ha demostrado no sólo ser sólida, sino efectiva, confiable, válida, y dadora de “paz, amor, sabiduría” y demás frutos/bendiciones relacionadas? Creo que sería realmente sabia la persona que así lo hiciera, y ello, no sólo desde el punto de vista racional y emocional, sino principalmente del espiritual, derivándose todo lo demás de esa fuente primigenia: la biblia, la palabra de Dios. Libro polémico y contradictorio (en apariencia), para quien no ha entendido y está cegado ante lo vital e inigualable de cada una de sus letras y páginas, las cuales tienen un impacto directo e indirecto sobre todos los seres humanos sin acepción, ni excepción, que no es lo mismo. Jesús, quien por revelación inequívoca, así como por comprobación precisa de las escrituras del Antiguo Testamento en su andar, es Dios hecho hombre, no un “profeta más”, ni un “sabio o líder”, sino Dios mismo, el Dios de Abraham encarnado mostrándonos un único camino, verdad y vida a través de su propia existencia. Caminó en total santidad en este mundo con la maldad acechando por doquier, haciendo siempre lo correcto, lo verdadero y el bien, ¿cuál fue su resultado en esta tierra? Para algunos fue: la muerte a cargo de los que por concepciones religiosas anquilosadas y búsqueda de mantenimiento de un poder transmitido de manera generacional, hicieron uso de las calumnias y los motines manipulados a través de información falsa distribuida estratégicamente, al más puro estilo cortesano planteado en “El príncipe”, cuyo representante fue Judas y con un beso lo selló; un beso barato, a quien le llamó “amigo”, con valor de 30 monedas a precio de sangre inocente. Para otros, y entre ellos me incluyo, el resultado de Jesús en esta tierra, trasciende los límites humanos de la misma, pues resucitó al tercer día, está total y absolutamente vivo, siendo arrebatado en ese estado: vivo, al cielo, al igual que Enoch y el profeta Elías, como un ejemplo, más literal que metafórico, de lo que a la iglesia verdadera le habrá de ocurrir en breve: será arrebatada de esta tierra: viva, por nuestro amado Jesucristo, a quien todo ojo le verá…

Los puntos fundamentales que plantea el tener un corazón como el de Jesús y actuar como Él lo hizo mientras estuvo en el planeta de los vivos, que es en resumen, una pasión sostenida y perfecta por lo correcto, lo verdadero y lo bueno, siempre en amor, es si el mundo está preparado, o bien, cada uno de nosotros, para devolver bien por mal, amar a nuestros enemigos, y poner la otra mejilla. Difícil decisión. Nobleza extrema. Violación total de sus derechos humanos, a conciencia y con libre aceptación; derechos cedidos al Padre en aras de un bien mayor: la vida eterna y la salvación de todos los que en Él creemos y tenemos nuestra fe depositada. Si Jesús ya realizó un pago sacrificial por nuestra libertad, constituyéndose en nuestro abogado, a precio de su sangre preciosa, eso significa que nuevas criaturas somos cuando de manera literal “nacemos de nuevo” en el espíritu y como personas de forma integral. Cuando nacemos de nuevo, nuestra pasión por lo correcto, verdadero y bueno, se incrementa de manera natural, no forzada. Si antes te placía y seducían los vicios, tenías defectos de carácter muy acentuados, o cometiste algún delito, por grave que fuera, cuando naces de nuevo, todo ello muere como si fuera una muda de piel, de carne, una circuncisión del corazón, la cual quita todo el excedente de lo negativo que haya por dentro, para atravesar por un proceso de santificación que utiliza lo de afuera para transformarnos y renovar nuestras mentes. Todo está relacionado y tiene un propósito. Dios, no juega a los dados…En la vida, tratar de descubrir los ¿por qué? es importante, sobre todo como un ejercicio válido de razonamiento para quien disfrute de realizarlo, pero los ¿para qué? marcan la diferencia, y trascienden la razón, ya que se encuentran enclavados armónicamente en un plan perfecto y divino, que no entendemos, pero cuyas manifestaciones naturales percibimos a diario. La condición de lo divinamente creado, se manifiesta en su propia naturaleza y perfección evidentes, tanto en estructura como en función. Si nacemos de nuevo, elegiremos lo correcto como Jesús hizo, sin importar las consecuencias, y pese a las malas interpretaciones, juicios erróneos y difusión adrede de información falsa, por parte de los Judas que abundan en esta tierra. Pero ante ello, elegiremos de nuevo lo verdadero, y con nuestras acciones cotidianas demostraremos en primer lugar a Dios, y como añadidura al mundo, que el criterio de verdad basado en Jesús, no tiene fallas, y que los hechos son en sí mismos, quienes garantizan la existencia de lo real, aunque la realidad y la verdad pueden ser dos conceptos distintos. La realidad es lo que es, y se basa en los hechos objetivos, más que en un psiquismo subjetivo, y la verdad es un constructo que conlleva una virtud, que como concepto rebasa los terrenos de lo real, trascendiéndolos, pues lo captado por los sentidos o “real”, así como las ideas, lo que cada quien decida pensar, no necesariamente constituyen lo verdadero en su universalidad. Jesús derribó el relativismo moral e ideológico con una sola frase y la palabra de Dios hecha viva a través de su existencia, de inicio a fin, ya que como sustento de su decir estaba siempre su actuar: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, si no por mí” Juan 14:6 (RVR1960).

Continuará…

 

A continuación, les comparto además de mi reflexión inicial sobre lo correcto, lo verdadero y lo bueno, otra reflexión de uno de mis alumnos del Seminario Teológico San Pablo, misma que es de gran valor y espero que cumpla el propósito perfecto en quienes la leen.

“La bondad, justicia y soberanía de Dios”

Por: Jonatan Can Tun.

Cuanto más crítica la situación humana, más tendemos a culpar a Dios. Nos parece que el acusarlo hará que de alguna manera las cosas vayan bien. El desconocimiento de su carácter nos hace cometer tan serios errores. Pensamos que cuando algo nos sale mal, es Dios quien nos quiere ver sufrir o cuando alguien atraviesa una dificultad solemos pensar que es consecuencia de sus malas acciones. Dios le castiga, dirían algunos. El estudio de lo que Dios nos revela sobre sí mismo nos puede llevar a entender la naturaleza de los sucesos que nos dañan, así también como el carácter de Dios.

Dios es bueno. La naturaleza del carácter de Dios es ser bueno. No como respuesta a nuestras acciones, si no porque Dios es naturalmente bueno, no hay maldad en él. Las ocasiones en las que percibimos el juicio de Dios como algo contrario a lo que queremos, sería mejor que analicemos bien qué es lo que queremos y si es que eso no es dañino. Porque es verdad que amamos y apreciamos más aquellas cosas que nos dañan, que las que nos hacen bien. Si dejamos de lado a Dios en nuestra cotidianeidad es casi seguro que optaremos por elegir lo que no debemos.

Dios es justo. La justicia de Dios es perfecta. Al igual que su bondad, este atributo no se ajusta a nuestro capricho. Dios es perfectamente justo, su voluntad no es mutable y variable como la nuestra. Su juicio tampoco se basa en sentimentalismo. El estándar del juicio de Dios es él mismo. Su omnisciencia es la cualidad que le permite considerar las cosas como nosotros jamás podremos. Dios no solo sabe lo que es bueno para nosotros. Él hace todo aquello que redundará en nuestro bien. Nuestra desobediencia tiene resultados. Es irracional que nos quejemos por el resultado lógico de la transgresión de las leyes que nos conducen al supremo bien.

Dios es soberano. Decir que Dios es soberano, es aceptar que todo cuanto existe esta bajo el control y gobierno de Dios. Aunque la humanidad tenga problemas para aceptar la soberanía absoluta de Dios, esto no le desplaza el título de soberano, su omnisciencia, omnipotencia e inmutabilidad son la razón por la que la fe en él es posible, razonable y lógica. Puesto que él tiene todo bajo su control, es el único que puede garantizar no solo nuestro bienestar actual, sino también el futuro. En su soberanía reposa la esperanza de todo hijo suyo.

Teniendo esto en mente, es claro que Dios es la verdad más maravillosa que podamos conocer. Conocerle es y será siempre el deleite más hermoso de sus hijos. Incomprensible, sí, cómo negarlo, sin embargo sabiendo que es demasiado grande y magnífico para nuestra mente. Se nos ha revelado con amor en un lenguaje apto para descubrir cuan maravilloso es, y que a través de su conocimiento, nos conozcamos y nos amemos como él nos ha amado.

 

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