Inicio Análisis político Columnista MPV Reflexiones sobre un estado laico versus la cultura de la fe en...

Reflexiones sobre un estado laico versus la cultura de la fe en México

614
0

El título podría parecer confuso para el observador casual, pero mi tesis es simple: el estado inquisidor que se vivía en México desde la conquista española, ante aquel que pensara diferente o tuviera una fe distinta, ahora existe ante aquel que tenga fe por convicción propia y la exprese como persona con derecho a hacerlo, y no como una institución estatal. En España, en la época de la conquista, el Estado se había cohesionado alrededor de la religión católica, con la expulsión de musulmanes y judíos, erigiéndose la Inquisición con la finalidad de perseguir al que pensara diferente a la “religión oficial”, que dicho sea de paso, jamás fue la que Jesús vino ni a “implantar” ni a modelar “a precio de sangre”, durante su estancia aquí en la tierra, tras la cual resucitó y nos espera gozoso a quienes le amamos a Él y no a una religión en particular. Sin embargo, continuando con los hechos históricos, la alianza entre la corona española y la iglesia católica se selló mediante el establecimiento del Regio Patronato. La iglesia católica, aliada del imperio español, condenó a la insurgencia, así como excomulgó a sus miembros y se negó a reconocer la Independencia, hasta quince años después de consumada. Diversos papas, continuaron increpando al pueblo mexicano para que aceptara el dominio español, tales como Pío VII, León XII, Pío VIII y Gregorio XVI, lo que continuó hasta 1836. Tras ello, el Pontificado se negó a firmar un concordato con los gobiernos mexicanos, sin importar en absoluto que todas sus Constituciones, la de 1814, la federalista de 1824 re-establecida en 1847 y las dos centralistas de 1836 y 1843, establecían un Estado confesional e intolerancia religiosa, reconociendo a la iglesia católica como un poder constitucional. Tras luchar por la independencia de España, el liberalismo mexicano buscó activamente la independencia del Estado mexicano respecto de la iglesia católica. Y aquí está el punto medular: el estado laico se estableció para separar al Estado de las presiones en múltiples índoles que la iglesia católica ejercía sobre el mismo, interfiriendo en las decisiones democráticas, pero jamás, jamás se trató de separar a las personas que por su libre voluntad aceptaban la fe en Jesús, la vivencia de los valores cristianos y la Biblia como guía de sus vidas, lo cual también la iglesia católica atacó, y de ahí nació la reforma protestante con Martin Lutero, Juan Calvino, entre muchos otros y otras. Así que los liberalistas mexicanos y los reformadores protestantes, tienen más en común de lo que creen. Continuando con la historia, es en 1833, cuando apareció una segunda generación de liberales, que quiso asumir el Patronato que había ejercido la corona española sobre la iglesia católica, al concebirlo como un derecho de todo Estado soberano en el territorio bajo su jurisdicción.

Y por lógica, el pontificado lo rechazó al considerarlo una concesión que no iba a otorgar a un país cuya independencia no reconocía, tal como sucedió con la excomunión de Martin Lutero al enfrentarse al opus dei, o nicho de poder centralizado, con sus 95 tesis en 1517, expresándose libremente conforme a su derecho, sobre múltiples puntos más relacionados con el poder político y el dinero manejado por la iglesia católica y su injerencia en el Estado, que se alejaban por completo con la Fe en Jesucristo y la doctrina cristiana bíblica pura, que jamás tuvo, tiene, ni tendrá esos objetivos. Todo se originó, más bien, fue la gota que derramó el vaso, cuando en 1516 y 1517, Johan Tetzel, un fraile dominico, fue enviado a Alemania por la iglesia católica para “vender indulgencias”, lo cual constituía además de una mentira per se, pues el perdón de pecados es gratuito o más bien valió la sangre de Jesús, sino que también serviría para la “reconstrucción de la Basílica de San Pedro en Roma”, ante lo cual Lutero, haciendo uso de nueva cuenta de la lógica simple se planteó esta famosa interrogante en su Tesis no. 86: ¿Por qué no el Papa, cuya riqueza es hoy mayor que la de cualquier rico, no construye la Basílica de San Pedro con su propio dinero en vez de con el dinero de los pobres creyentes? Y Lutero, hablaba con la sartén por el mango… Él estaba literalmente dentro del vaticano, siendo parte de la iglesia católica, hasta que su conciencia pudo más y actuó en honor de la verdad y la justicia.

De un modo análogo, pero utilizando otro estilo y métodos más revolucionarios, Valentín Gómez Farías y José María Luis Mora intentaron someter a la iglesia convirtiéndola en órgano del Estado. Al mismo tiempo quisieron sustituir al ejército pretoriano por guardias cívicas. Las corporaciones eclesiástica y militar se unieron al grito de “¡Religión y fueros!” y el intento reformista fracasó. Una tercera generación del liberalismo emprendió una segunda reforma social y logró la creación del Estado laico mexicano, siendo un proceso largo, conflictivo y con múltiples reveses, que inició en 1855 con leyes moderadas, siendo la primera de ellas, la ley de administración de justicia conocida como la ley Juárez, por el apellido de su autor. El objetivo de esta ley era establecer la igualdad jurídica de los mexicanos, razón por la cual limitó los fueros sin suprimir ni a los tribunales eclesiásticos ni a los militares, evitando sólo que se ventilaran delitos del orden común. No obstante, al papa Pío IX no le pareció y la condenó. Por su parte, el obispo de Puebla, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, financió el levantamiento armado de Antonio Haro y Tamariz contra el gobierno, provocando lo anterior que se transitara de la secularización de los bienes del clero planteada desde 1833, a la nacionalización de los bienes del obispado de Puebla. Para finalizar, en algún sentido, pues las batallas continuaron hasta la fecha, la Constitución de 1857 incorporó las leyes reformistas, facultó al Estado para legislar en materia de culto y dio un paso trascendental al superar la intolerancia religiosa y dejar implícita la libertad de cultos, pero la iglesia católica contra-atacó sacando su arma más poderosa: la excomunión ipso facto a quienes juraron la Constitución, lo que generó por supuesto, el estallido de la guerra civil, decretándose en su parte más álgida, las leyes de Reforma. La legislación fue presidida por un manifiesto en el que el gobierno constitucional explicó que la iglesia había promovido la guerra civil. Por tal razón procedió a nacionalizar los bienes del clero para indemnizar a la República… Y los ajustes de cuentas mutuos, continuaron.

En lo personal, estoy de acuerdo con que el Estado debe ser laico, siendo ello el pilar de la democracia: el respeto a absolutamente todas las personas a ser como deciden ser, obteniendo las consecuencias que cada quien elige, para bien o para mal. Pero también como cristiana, estoy totalmente convencida, y no porque así me lo impuso ninguna religión, sino por mi experiencia personal con Jesús, lo espiritual vivido (no entendible racionalmente), pero también utilizando la razón al leer y entender la Biblia en su justa dimensión, que el decir: “Gracias a Dios” en un evento público, no es “atentar contra el estado laico” (ya están en estado defensivo paranoide), sino que es una forma de humildad, agradecimiento genuino y además valioso, de quien tiene derecho a poner a Dios como primer lugar en su vida, siendo aunado a ello, parte de una cultura de fe que millones compartimos, sin importar si somos protestantes, católicos, o demás, todos estamos buscando a Dios, y el verdadero, desde mi punto de vista, es el que Jesús nos vino a mostrar a través suyo, y su carácter se le identifica en la Biblia. La oración es la forma en que nosotros le hablamos a Dios; la lectura bíblica es la forma en que Dios nos habla, una de varias, la de mayor certeza. Así como existe homofobia, también es real la cristianofobia. Del mismo modo en que varios pelean por el derecho de la mujer a decidir por su propio cuerpo, hay quienes defendemos el derecho de la vida humana que Dios mandó, lo cual no decidió la mujer, sino Dios, pues sólo Él da la vida, a través del hecho biológico de la concepción, a su cargo y designio soberano, a sus tiempos y a sus modos, o ¿acaso puede alguien generar un ser humano, con toda su complejidad, en nueve meses, con conciencia de sí mismo posterior a su nacimiento, de manera natural, como Dios hace?, ¿es posible generar de la nada una flor… quién las hace nacer, quién les da vida, su color único, especial e irrepetible…? Y este debate, mientras exista la humanidad con egoísmo y tendencia al odio, sin entendimiento de la bondad de Dios, su justicia, amor y formas, seguirá y seguirá. No es culpa de los “católicos, protestantes, judíos, liberalistas, etc.”, es responsabilidad de cada uno, de acercarse con humildad de corazón al conocimiento de la verdad de Jesús, pasando por encima de mentiras, cortinas de humo, conveniencias, ritos, para ver la verdad y con ello ser verdaderamente libres: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, Juan 8:32.

Referencias:

Breval, J. (2018). La Reforma Protestante de Martín Lutero. Recuperado el 11 de diciembre de 2018 de: https://historiageneral.com/2009/03/15/la-reforma-protestante-de-martin-lutero/

Campos, L. (2010). Historia del laicismo en México. Recuperado el 11 de diciembre de 2018 de: https://laicismo.org/historia-y-laicismo-en-mexico/