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Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

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14 de junio de 2020

 

HOMILÍA

XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Ex 19, 2-6; Rom 5, 6-11; Mt 9, 36 – 10, 8.

 

“Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt 9, 38).

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikeke’ex yéetel ya’abach ki’imak óolal. Bejla’e’ te’ Ma’alob Péektsilo’, Jesús ku ya’alik to’on kak k’áat ti’ u Yuumil le kolo’ ka u túuxt meyajo’ob te’ tu kolo’. Ma’ u xúulo’ k-payalchi’ ti’olal le máaxo’ob táan u kaxko’ob u oksaj óol Cristo u ti’al u yantal yabach yuum kiino’ob, religiosas, diáconos yéetel máaxo’ob ku Ma’alob Péektsil u kaajal Yuum Kue’.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo decimoprimero del Tiempo Ordinario.

 

Hoy el santo evangelio según san Mateo, nos narra la primera misión a la que Jesús envió a sus apóstoles. Primero nos narra la sensibilidad de Jesús al contemplar a las multitudes, de las que se compadecía porque andaban como ovejas sin pastor. ¿Qué sentirá el Señor ante las multitudes de hoy? En la actualidad hay mucha gente alejada de Dios, para los cuales Dios tiene poco o nada qué ver sobre sus pensamientos, decisiones, palabras y acciones, debido a que lo han hecho totalmente a un lado de sus vidas.

 

Aunque tal vez haya una esperanza en la post pandemia o en la “nueva normalidad”. Tal vez muchos se hayan sentido atraídos por Dios ante lo que todos estamos viviendo. La verdad es que no podemos volver a ser los mismos de antes, no se vale, esto ha sido demasiado fuerte como para ignorarlo. Creo que Dios nos ha llamado a una vida nueva por medio de esta pandemia del coronavirus. Debe ser el tiempo en el que muchos alejados vuelvan al Señor.

 

En todo caso, es necesario sentir con Jesús, y que las multitudes extenuadas y desamparadas nos muevan el corazón a todos los que pretendemos ser cercanos a los sentimientos del Señor. Es indispensable huir del individualismo que nos lleva a encerrarnos en nuestro pequeño mundo. El Señor nos llama a ensanchar nuestro corazón y a sentir junto con él atendiendo a las multitudes.

 

Claro está que, en primer lugar, los pastores del pueblo de Dios, los obispos, sacerdotes y diáconos somos los primeros llamados a sentir con Jesús, y junto con nosotros todos los consagrados, consagradas y los laicos comprometidos. Durante estos meses de pandemia, nuestra Iglesia, llamada a ser Iglesia en salida, Iglesia misionera, ha aprendido a salir al encuentro de todos a través de las redes sociales y los medios de comunicación social, pues ahora estamos llegando a mucha más gente que no podía acercarse a la Iglesia o que antes no se había interesado. La pandemia está resultando una excelente escuela para los evangelizadores.

 

Seamos como Jesús, que no condena a las multitudes, sino que se compadece de ellas. Puede haber personas, muy cristianas, pero satisfechas de sí mismas, que no se preocupan de las multitudes alejadas, extenuadas y desamparadas, sino que, por el contrario, se sienten con derecho a juzgarlas por encontrarse lejos de Dios. Al sacerdote se le ha llamado “pontífice”, y esta palabra significa “puente”, pues con su vida y ministerio sirve al encuentro entre Dios y los hombres. Además, cada bautizado también puede constituirse en puente que sirva de conexión. Cuidado, pues, con nuestro modo de vivir y con nuestras actitudes de indiferencia o rechazo, ya que lejos de ser puentes, podríamos convertirnos en brechas que alejan de Dios.  

 

Jesús comparte con sus discípulos de aquel entonces, y también con nosotros, sus discípulos de hoy, su solicitud por los que andan como ovejas sin pastor, diciéndonos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt 9, 37-38). Además de sumarnos todos a los sentimientos de Jesús el Buen Pastor, él nos invita a sumarnos a la oración dirigida al Dueño de la mies, para que envíe trabajadores a la misma. Pidamos para que algún día no muy lejano, podamos ver repleto nuestro Seminario de Yucatán, de jóvenes enamorados de Cristo y de su Iglesia.

 

Oremos para que todas las congregaciones religiosas, pero especialmente las que se encuentran presentes en nuestra Arquidiócesis, para que puedan llevar a sus casas de formación a muchas jóvenes yucatecas decididas a seguir a Cristo en el servicio a sus hermanos. Para que otras congregaciones crezcan tanto, que puedan aceptar nuestra invitación a sumarse a la obra evangelizadora de la Iglesia de Yucatán. Para que nuestras parroquias tengan tantos laicos comprometidos, que cada vez haya más diáconos permanentes, ministros y catequistas suficientes, y así no falten evangelizadores en las más remotas comunidades.

 

Ahora bien, ¿cómo se habrían preparado los apóstoles para poder ir a esta primera misión?, ¿qué tan seguros se sentirían? Hay gente que pasa por muchos cursos de preparación y nunca se anima al apostolado. Realmente creo que los apóstoles se deben haber sentido un poco nerviosos por su primera misión, ya que ninguno de ellos tenía suficiente preparación, sin embargo, confiaron en el Señor que los enviaba. Ellos se prepararon conviviendo con Jesús a tiempo completo, teniendo quizá en ese momento cuando mucho, un año de formación en torno a Jesús, escuchándolo y viendo sus actitudes de Buen Pastor.

 

Sobre todo, confiaron en que el Señor completaría lo que ellos solamente iban a despertar, es decir, encomendarse a la misericordia de Dios, para que se acercara la gente con confianza. No los envió Jesús con la espada desenvainada para condenar a nadie, sino para curar el cuerpo y el alma de cuantos los escucharan. Es una experiencia inigualable el saber que eres enviado y que vas en nombre del Señor, para transmitir su amor y su bondad.

 

Veamos también lo que el Señor le dijo a su pueblo en la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo. Le dice: “Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Ex 19, 6). Esto se lo dice a todos los miembros del pueblo, no a la casta sacerdotal. Si eso se lo dice al pueblo del Antiguo Testamento, cómo no nos lo va a decir a todos nosotros, a todos ustedes hermanos y hermanas, quienes, por el Bautismo somos su Pueblo en Cristo, en esta Nueva Alianza. Ustedes, cristianos del siglo XXI, son para el Señor un reino de sacerdotes y una nación consagrada.

 

¿Qué se espera de ti?, ¿qué se espera de cada uno de ustedes como sacerdotes de Cristo, como consagrados del Señor por el Bautismo? Se espera que consideres sagrado todo lo que tocas y todo lo que haces, pues como verdadero sacerdote, todo tu ser y todo tu quehacer lo puedes consagrar ofreciéndolo al Señor, aunque nadie más se entere.

 

Cómo pueblo sacerdotal, fuimos ungidos con el Santo Crisma en nuestra frente el día de nuestro Bautismo y también el día de nuestra Confirmación. El día de la Ordenación Sacerdotal, el nuevo ordenado es ungido con el mismo Crisma, y de igual modo, este Crisma unge la cabeza del nuevo obispo en su Ordenación Episcopal.

 

Durante la Semana Santa dejamos pendiente la celebración de la consagración del Santo Crisma, la bendición del Óleo de los Enfermos y del Óleo de los Catecúmenos, es decir, el aceite con el que se unge a los que van a ser bautizados.  Además, dentro de la Misa Crismal todos los sacerdotes teníamos que renovar las promesas sacerdotales. Esperábamos que la pandemia hubiese ya pasado para que hubiéramos celebrado ese ritual el jueves 4 de junio, en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, pero todavía no fue posible.

 

Por eso, vamos a celebrar la Misa Crismal el próximo viernes en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Lo haremos en forma privada y sólo con los catorce padres Decanos representando a todos nuestros presbíteros. Invito a todos los sacerdotes, para que ese día hagan la renovación personal de sus promesas sacerdotales, en la misa privada que celebren en sus parroquias.

 

Invito a todos los diáconos, consagrados, consagradas y laicos en general para que ese día oren por todos los ministros del altar. También para que ese día renueven en su hogar sus promesas bautismales, recordando que ustedes también fueron ungidos en su Bautismo, queriendo copiar en su corazón los sentimientos del Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Sea alabado Jesucristo!

 

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán