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Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos

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HOMILÍA
II DOMINGO DE ADVIENTO

Ciclo A 

Is 11, 1-10; Rm 15, 4-9; Mt 3, 1-12.

Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Mt 3, 3).

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Te’ ja’aba’, u kiinil Inmaculada Concepción de María’ sáamal kinbensik, u bolón p’éel kiin ti’ diciembre, bejla’e’ kinbensik u ka’ a p’éel Domingo u ki’inil Adviento, tu’ux úuyik u t’aan Bautista’ ku k’am autik te’ x tokoy lu’umo’: ‘Beete’ex u beel  Yuumtsil, tojkinte’ex  túux ku máan.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este segundo domingo del tiempo de Adviento. En esta ocasión la fiesta de la Inmaculada Concepción de María será celebrada el día de mañana para no perder el ritmo de este Adviento en  preparación para la Navidad, aunque el momento secreto de la historia en el que María fue concebida sin pecado original, es un momento maravilloso, único en la historia de la humanidad, pues era el modo con el que Dios preparaba el cumplimiento de sus promesas hechas a Israel por medio de sus profetas. Recordemos que el plan salvífico en la mente de Dios se remonta en la eternidad de su ser.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos habla en primer lugar del renuevo que brotará del tronco de Jesé, un vástago que florecerá de su raíz. Recordemos que Jesé fue el papá de David, el segundo rey en Israel, el cual se convirtió en un rey icónico, figura del futura Mesías. Era una profecía sobre Jesús, descendiente de David, gracias a José, que fungió como padre de Jesús, pues en Israel era el padre quien señalaba la ascendencia de cada niño.

Luego el profeta habla del espíritu del Señor que se posará sobre aquel niño. Fijémonos que “espíritu” fue escrito con minúscula, pues todavía no había sido revelado el misterio de la Santísima Trinidad, pero es también una profecía sobre el Espíritu Santo que ungiría al descendiente anunciado con sus dones, mismos que hoy reciben todos los bautizados en el sacramento de la confirmación: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios, a los que la Iglesia ha añadido la ciencia, con la cual se completan los siete dones, con su sentido de plenitud. El reconocimiento de este don está fundado en los pasajes del Nuevo Testamento donde se afirma que el Espíritu es quien nos enseña todas las cosas (cfr. Jn 14, 26; 1 Jn. 2, 27; Lc. 12, 12).

Después habla de la justicia con la que este descendiente de David defenderá al desamparado y al pobre, así como el valor con el que reprobará tanto al violento como al impío. En seguida el salmo responsorial tomado del Salmo 71, reafirma esta esperanza cuando aclamamos: “Ven, Señor, rey de justicia y de paz”. Este salmo sigue expresando con fuerza la misión del Mesías diciendo: “Saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente… Al débil librará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado”. Esa forma de juzgar es un verdadero modelo para todos los gobernantes del mundo y de todos los tiempos, más aún, si afirman creer en este Mesías que es Jesús.

En la última parte del pasaje de la lectura de Isaías, el profeta menciona algunos signos de la naturaleza, los cuales señalan figuradamente la paz y la armonía que traerá ese Mesías. Si vivimos hoy en día en medio de tanta injusticia, tantas miserias, tanta violencia e inseguridad en el mundo a pesar de que el Mesías ha venido ya, esto se debe a que muy pocas personas son auténticos creyentes y seguidores de sus enseñanzas. Aunque se adornen en esta temporada numerosas calles y plazas, y en tantas casas brillen luces de colores, la verdad es que la celebración de la Navidad tiene mucho más de cultura y costumbres, que de auténtica vida cristiana. Todos los hombres y mujeres que trabajan por la paz, la justicia, la verdad, la defensa de la vida y el amor, aunque no fueran creyentes, son quienes vivirán ahora una auténtica Navidad.

Lo que dice san Pablo en la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Romanos, nos sirve para no desesperarnos ante las realidades tristes de las que somos testigos. Dice el Apóstol: “Todo lo que en el pasado ha sido escrito en los libros santos, se escribió para instrucción nuestra. A fin de que, por la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza” (Rm 15, 4).

En el santo evangelio de hoy según san Mateo, aparece san Juan Bautista como “la voz que clama en el desierto”, quien con su predicación nos ayuda aún hoy a prepararnos para la venida del Señor recordándonos: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Mt 3, 3). Su mensaje es muy exigente pues llamaba a todos a reconocer sus pecados y a recibir aquel bautismo de penitencia que anunciaba nuestro Bautismo.

Su mensaje era escuchado con mucho respeto por su testimonio auténtico de pobreza y austeridad, con lo que les hacía ver, y hoy nos hace ver también, lo superfluo de tantas cosas que tenemos o deseamos tener, siendo así que lo que realmente importa es recibir al Mesías. Era muy duro contra los fariseos y saduceos que se acercaban a él, quienes creían ser los mejores judíos, por lo que les echaba en cara con firmeza diciéndoles: “Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham” (Mt 3, 9). Ante esto yo me pregunto: ¿Cuál puede ser hoy nuestra ilusión, aquello en lo que creemos que podemos confiar y que nos impide dar muestras de verdadera conversión?

Nosotros que ya hemos sido bautizados “en el Espíritu Santo y su fuego”, como anunciaba Juan el Bautista, ¿ardemos de veras en el amor a Dios, en el amor a nuestra Iglesia, en el amor a nuestro prójimo? Ojalá que sí, pues ese calor y esa luz del amor, es el mejor calor y luz para esta Navidad.

Nuestro Sumo Pontífice nos ha enviado una carta apostólica a toda la Iglesia desde la gruta de Greccio, el lugar donde san Francisco de Asís realizó el primer nacimiento de la historia en la Navidad del año 1223; y desde entonces el pesebre es un signo sencillo de evangelización en la temporada navideña. En algunos países le llaman “el Belén”. Esta carta del Papa lleva el título de “Admirabile Signum” (Signo Admirable); en ella hay un pasaje que nos puede a todos motivar para la elaboración del nacimiento, el cual dice:

“Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada” (n.1).
 
Por otra parte, el próximo viernes 13 de diciembre el Santo Padre, el Papa Francisco, celebrará su 50º aniversario sacerdotal, motivo por el cual su vicario en Roma pidió que en todas las iglesias romanas se añada una petición por el Papa dentro de la oración de los fieles en las misas del próximo domingo 8 de este mes. A su vez, yo he solicitado a mis hermanos sacerdotes de nuestra Arquidiócesis de Yucatán que en todas las misas de este domingo se añada la misma oración, que dice:
 
“Por el Papa Francisco, que el próximo 13 de diciembre celebra el cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal: el Señor que lo ha llamado a ser administrador de los Santos Misterios y Obispo de Roma lo guíe y lo sostenga con la gracia de su Espíritu y le dé la consolación que deriva de la oración de toda la Iglesia. Oremos.”

Que tengan todos una feliz semana de fiestas Guadalupanas. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán