La inteligencia artificial está modificando el equilibrio del poder naval. Los drones autónomos, los ciberataques y los sistemas de vigilancia algorítmica abren nuevas posibilidades de defensa, pero también permiten que actores con recursos limitados amenacen infraestructuras estratégicas y embarcaciones de gran valor.

El poderío naval ya no depende exclusivamente del tamaño de los buques, la capacidad de sus armas o el alcance de sus misiles. En los océanos, la tecnología está cambiando las reglas del enfrentamiento: ahora un dron puede poner en riesgo una embarcación militar multimillonaria, un algoritmo puede descubrir movimientos clandestinos entre miles de barcos y un ataque informático puede paralizar las operaciones de un puerto sin necesidad de utilizar armamento convencional.

Esta transformación fue uno de los temas centrales del debate celebrado el 29 de octubre por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde representantes y especialistas analizaron las implicaciones de las tecnologías emergentes para la seguridad marítima y la estabilidad internacional.

Durante la sesión, el periodista y analista estadounidense Fareed Zakaria advirtió que el arma decisiva de la próxima década podría no ser un misil hipersónico, sino un algoritmo. Su planteamiento refleja un cambio de fondo: la capacidad de recopilar, interpretar y utilizar información puede convertirse en una ventaja estratégica tan importante como la fuerza militar tradicional.

La discusión tiene repercusiones económicas que van mucho más allá de los conflictos armados. De acuerdo con información de Naciones Unidas, cerca del 90 por ciento de las mercancías y materias primas del mundo se transportan por vía marítima. A ello se suma la infraestructura digital submarina, pues los cables instalados en el lecho oceánico conducen más del 99 por ciento del tráfico internacional de datos. En otras palabras, una interrupción en las rutas marítimas o en las conexiones submarinas puede afectar simultáneamente el comercio, el suministro energético y las comunicaciones.

La inteligencia artificial puede detectar lo que antes permanecía oculto

Uno de los primeros campos en los que la inteligencia artificial está modificando la seguridad marítima es la vigilancia. Hasta ahora, identificar una embarcación sospechosa exige revisar información procedente de radares, satélites, sonares y sistemas comerciales de seguimiento. La dificultad consiste en procesar enormes cantidades de datos y reconocer, entre miles de movimientos legítimos, aquellos que podrían estar relacionados con actividades ilegales.

Algunos buques utilizados para transportar petróleo sujeto a sanciones, realizar operaciones clandestinas o participar en actividades de pesca ilegal recurren a una práctica conocida como apagado del transpondedor. Al desactivar el sistema de identificación automática, conocido como AIS, intentan dificultar su localización y ocultar sus desplazamientos.

Los sistemas de inteligencia artificial pueden ayudar a reducir esas zonas de opacidad. Al combinar imágenes satelitales, información meteorológica, señales térmicas y registros de navegación, permiten identificar patrones inusuales y estimar la posición de embarcaciones que han dejado de transmitir información. No significa que los barcos puedan ser detectados infaliblemente, pero sí que resulta más difícil desaparecer por completo de los sistemas de vigilancia.

Esta capacidad también representa una oportunidad para las fuerzas navales. Los vehículos marítimos no tripulados pueden permanecer durante largos periodos en determinadas zonas y realizar tareas de observación sin exponer directamente a sus tripulaciones. Su menor costo, en comparación con algunas plataformas militares convencionales, permite ampliar las operaciones de vigilancia.

Sin embargo, la misma tecnología que fortalece la defensa también puede ser utilizada por grupos armados y organizaciones con recursos limitados. Los ataques con drones y embarcaciones no tripuladas en escenarios como el mar Rojo y el mar Negro han demostrado que una plataforma relativamente económica puede representar una amenaza considerable para buques comerciales y militares de gran tamaño.

Los barcos también son objetivos digitales

La amenaza no se limita a los ataques físicos. Los buques comerciales modernos funcionan mediante complejas redes informáticas que integran navegación, comunicaciones, propulsión, control de carga y administración de operaciones. Esa conectividad mejora la eficiencia, pero también abre nuevas vías de acceso para los ciberdelincuentes y actores hostiles.

Michail Bletsas, especialista griego en ciberseguridad, describió ante el Consejo de Seguridad a los barcos actuales como centros informáticos flotantes. La expresión permite dimensionar el problema: una embarcación puede transportar miles de toneladas de mercancías y, al mismo tiempo, depender de sistemas digitales cuya vulnerabilidad compromete su operación completa.

Un informe de referencia publicado por Honeywell en septiembre de 2026 ofrece una muestra de esa exposición. Según el estudio, el 87 por ciento de los participantes del sector marítimo declaró haber sufrido un incidente significativo de ciberseguridad relacionado con tecnología operacional durante los doce meses anteriores. Además, aunque el 88 por ciento de los responsables encuestados consideró maduros sus programas de protección, solamente el 21 por ciento afirmó contar con un inventario completo de sus activos tecnológicos.

La diferencia entre la percepción de seguridad y la capacidad real de identificar los equipos conectados constituye un problema relevante. Si una empresa desconoce con precisión qué dispositivos forman parte de su infraestructura, también puede tener dificultades para detectar accesos no autorizados, corregir vulnerabilidades y responder oportunamente ante una intrusión.

Las consecuencias podrían ser especialmente graves cuando un ataque alcanza los sistemas de navegación o propulsión. La manipulación de esos controles puede provocar accidentes, poner en peligro a las tripulaciones, afectar instalaciones portuarias y ocasionar daños ambientales. Un petrolero fuera de control, por ejemplo, podría convertirse en una amenaza para otras embarcaciones y para las zonas costeras.

Los cables submarinos representan otro punto crítico. Aunque permanecen fuera de la vista, son indispensables para las comunicaciones internacionales, las transacciones financieras y buena parte de los servicios digitales. Su vigilancia y reparación requieren cooperación entre gobiernos, operadores privados y organismos internacionales.

En este escenario, la inteligencia artificial puede contribuir a identificar anomalías y anticipar posibles incidentes. No obstante, también puede ser objeto de manipulación. Zakaria advirtió que los adversarios podrían intentar alterar los datos utilizados por los sistemas automatizados para confundirlos, ocultar amenazas o provocar que una embarcación civil sea identificada erróneamente como un objetivo militar.

El desafío de establecer límites antes de que la tecnología avance más

La velocidad de estos cambios plantea una cuestión que rebasa el terreno tecnológico: ¿hasta dónde pueden delegarse las decisiones de seguridad y defensa a sistemas automatizados?

Durante el debate, Courtenay Rattray, alto funcionario de Naciones Unidas, defendió que la tecnología debe permanecer al servicio de las personas. Su postura apunta a la necesidad de mantener una supervisión humana efectiva, establecer responsabilidades claras y desarrollar mecanismos de verificación que permitan identificar errores y evitar decisiones automatizadas con consecuencias irreversibles.

El riesgo no es menor. Cuando un sistema procesa información de manera incorrecta, una decisión tomada en segundos puede desencadenar una respuesta militar, una interceptación o una escalada de tensiones. En un entorno donde participan buques civiles, embarcaciones militares y sistemas autónomos, distinguir entre una amenaza real y una interpretación equivocada puede resultar determinante.

También existe el peligro de que se amplíe la brecha tecnológica entre países. Mientras algunas potencias cuentan con recursos para desarrollar sistemas avanzados de inteligencia artificial, vigilancia satelital y ciberdefensa, otros Estados dependen de tecnologías extranjeras que no siempre pueden evaluar, modificar o controlar. Esa desigualdad puede traducirse en nuevas formas de dependencia estratégica.

En el ámbito regulatorio ya existen algunos avances. En mayo de 2026, la Organización Marítima Internacional adoptó el Código Internacional de Seguridad para Buques Marítimos Autónomos, conocido como MASS. El instrumento comenzó a aplicarse el 1 de julio de ese año y establece un marco para la operación segura de embarcaciones comerciales controladas a distancia o con distintos grados de autonomía.

Sin embargo, el código todavía tiene carácter no obligatorio. La OMI prevé continuar el proceso de evaluación y desarrollo de normas, con la expectativa de avanzar hacia un marco obligatorio en los próximos años. Entre sus principios destaca que el capitán conserva la responsabilidad general de la embarcación, incluso cuando sus operaciones se supervisan desde tierra.

La discusión internacional apenas comienza. Los océanos, que durante siglos fueron escenarios de disputas por rutas comerciales, territorios y recursos naturales, se han convertido también en espacios de competencia digital. La seguridad ya no depende únicamente de quién dispone de la flota más poderosa, sino de quién puede interpretar mejor la información, proteger sus sistemas y responder ante amenazas que no siempre son visibles.

La inteligencia artificial ofrece herramientas para proteger las rutas comerciales y reducir riesgos, pero también multiplica las posibilidades de ataque y desestabilización. El reto para los gobiernos será establecer reglas comunes, preservar el control humano y evitar que la carrera tecnológica termine convirtiendo los mares en un nuevo escenario de confrontación sin límites claros.