Alrededor de 240 millones de adolescentes de entre 11 y 17 años no registran ningún día con al menos 60 minutos de actividad física moderada o intensa durante la semana. La Organización Mundial de la Salud advierte que esta situación permanece prácticamente estancada desde 2010 y afecta con mayor intensidad a las niñas.
La falta de actividad física entre la población adolescente continúa siendo un problema de salud pública a escala mundial. Un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicado el 4 de noviembre de 2026, estima que uno de cada cuatro jóvenes de entre 11 y 17 años no realizó al menos 60 minutos de actividad física moderada o intensa en ningún día de la semana durante 2025.
La cifra equivale aproximadamente a 240 millones de adolescentes que no registraron jornadas con ese nivel de actividad. El estudio, titulado Una generación que se pierde: tendencias globales en la actividad física de los adolescentes, 2010-2025, también revela que los jóvenes fueron activos, en promedio, apenas 2.7 días por semana y que solo el 14 % alcanzó los 60 minutos diarios durante los siete días.
Es importante distinguir entre ambos indicadores: el 25 % corresponde a quienes no tuvieron ningún día con al menos una hora de actividad física, mientras que el 86 % restante tampoco cumplió ese nivel de actividad durante los siete días de la semana. Por tanto, el problema no se limita a quienes permanecen completamente inactivos, sino que también comprende a millones de jóvenes que realizan ejercicio de manera irregular o insuficiente.
La investigación se sustenta en 389 encuestas poblacionales realizadas en 140 países y territorios, con la participación de más de 3.2 millones de adolescentes. Sus resultados muestran que los niveles globales de actividad física han cambiado muy poco desde 2010, lo que evidencia las dificultades para transformar los hábitos de las nuevas generaciones.
Las niñas enfrentan mayores barreras para mantenerse activas
Uno de los hallazgos más relevantes es la persistente diferencia entre niñas y niños. Según las estimaciones de la OMS, el 28 % de las adolescentes no tuvo ningún día con al menos 60 minutos de actividad física durante la semana, frente al 22 % de los varones.
La desigualdad también se observa entre quienes mantienen una rutina diaria de ejercicio. Apenas el 11 % de las niñas reportó actividad física durante los siete días de la semana, mientras que entre los niños la proporción alcanzó el 17 %.
Estas diferencias no responden a una sola causa. El acceso limitado a instalaciones deportivas, la falta de espacios públicos seguros, las responsabilidades familiares, las condiciones económicas y determinadas normas sociales pueden reducir las oportunidades de las adolescentes para practicar deporte o realizar actividades al aire libre.
La brecha también varía considerablemente entre países. Mientras que en algunos territorios la proporción de adolescentes sin ningún día de actividad física se sitúa alrededor del 4 %, en otros supera el 40 %. Estas diferencias reflejan que la inactividad no depende exclusivamente de decisiones individuales, sino también de las condiciones sociales, económicas y urbanas en las que crecen los jóvenes.
El sedentarismo representa un riesgo para la salud futura
La OMS advierte que la falta de actividad física incrementa el riesgo de desarrollar enfermedades no transmisibles, entre ellas padecimientos cardiovasculares, diabetes tipo 2 y determinados tipos de cáncer. Además, durante la adolescencia, el movimiento regular contribuye al desarrollo de los huesos y los músculos, mejora la capacidad física y favorece el bienestar general.
La preocupación no se limita a las consecuencias inmediatas. Los hábitos adquiridos durante esta etapa pueden mantenerse en la edad adulta. Por ello, una adolescencia marcada por el sedentarismo puede traducirse en mayores riesgos de salud durante las siguientes décadas.
El entorno cotidiano influye directamente en esta situación. La dependencia de dispositivos electrónicos, el incremento del tiempo frente a las pantallas, los desplazamientos en vehículos particulares y la falta de espacios recreativos accesibles pueden reducir las oportunidades de movimiento. A ello se suman las condiciones de seguridad en calles y parques, que determinan si los jóvenes pueden caminar, correr, montar bicicleta o practicar algún deporte sin exponerse a riesgos.
La solución requiere cambios en escuelas y ciudades
Ante este escenario, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, señaló que la respuesta no consiste simplemente en pedir a los adolescentes que hagan más ejercicio. El desafío es construir escuelas, calles y comunidades donde caminar, jugar y mantenerse activos sea seguro, accesible y parte habitual de la vida diaria.
El organismo plantea que los gobiernos deben coordinar acciones en los sectores de educación, transporte, salud, deporte y planificación urbana. Entre las medidas recomendadas se encuentran fortalecer la educación física escolar, ampliar las instalaciones deportivas comunitarias, mejorar la iluminación y seguridad de los espacios públicos e invertir en rutas protegidas para caminar y utilizar bicicletas.
Asimismo, considera necesario atender las barreras específicas que enfrentan las niñas, garantizar que las actividades deportivas sean asequibles y promover entornos donde todos los adolescentes puedan participar, independientemente de su condición económica o lugar de residencia.
El panorama también representa un desafío para las instituciones educativas. La actividad física no debería limitarse a las horas destinadas a educación física, sino complementarse con recreos activos, actividades extracurriculares, torneos escolares y oportunidades de movimiento durante la jornada. Estas iniciativas pueden contribuir a que el ejercicio deje de percibirse como una obligación ocasional y se incorpore a la rutina de los estudiantes.
La OMS advierte que ningún país se encuentra actualmente en camino de cumplir el objetivo mundial de reducir un 15 % la inactividad física para 2030. Si no se aceleran las medidas, las tendencias actuales podrían mantenerse durante el resto de la década.
Los resultados dejan una conclusión relevante: promover la actividad física entre los adolescentes exige mucho más que recomendaciones individuales. También requiere políticas públicas, infraestructura adecuada y espacios donde el deporte y el movimiento sean oportunidades reales para todos. De lo contrario, millones de jóvenes continuarán creciendo en entornos que dificultan una de las condiciones fundamentales para una vida saludable.


