El 72 % de la población mundial mantiene algún grado de confianza en la ciencia, pero el indicador ha descendido desde 2018 y las mayores brechas se observan entre quienes tienen menos acceso a los beneficios de la investigación. Ante este escenario, la Organización Mundial de la Salud prepara una iniciativa internacional para acercar el conocimiento científico a la sociedad y combatir la desinformación.

La desinformación, la circulación de contenidos engañosos y el distanciamiento entre la investigación científica y las experiencias cotidianas de la población representan un desafío creciente para la salud pública. Frente a este panorama, la Organización Mundial de la Salud (OMS) impulsa el movimiento internacional «Juntos por la ciencia y la salud», una iniciativa que busca recuperar la confianza ciudadana en el conocimiento científico y fortalecer su presencia en las decisiones individuales y gubernamentales.

El lanzamiento mundial está previsto para el próximo 10 de noviembre. La propuesta reunirá a investigadores, profesionales sanitarios, responsables políticos, organizaciones civiles, jóvenes y representantes de distintas comunidades, con el propósito de establecer un diálogo más cercano entre la ciencia y la sociedad.

La iniciativa cobra relevancia después de la publicación del Wellcome Global Monitor 2026, elaborado a partir de una encuesta a más de 140.000 personas en 140 países y territorios. El estudio encontró que el 72 % de los participantes manifiesta algún grado de confianza en la ciencia, una proporción inferior al 77 % registrado en 2018 y al 80 % alcanzado durante 2020, en plena pandemia de COVID-19.

La disminución no se distribuye de manera uniforme. El informe identifica una relación entre la confianza científica y las condiciones materiales de vida: las personas que consideran difícil cubrir sus necesidades económicas tienen menos probabilidades de expresar una confianza elevada en la ciencia que aquellas que viven con mayor estabilidad. También influyen las experiencias con los servicios sanitarios, la percepción de corrupción y la confianza en las instituciones públicas.

Estos resultados cuestionan la idea de que la desconfianza se explica únicamente por la falta de conocimientos. También reflejan una dimensión social: cuando las personas no perciben mejoras concretas en sus condiciones de vida o encuentran obstáculos para acceder a servicios de salud, pueden desarrollar una percepción distante o negativa de las instituciones científicas.

## La desconfianza también tiene consecuencias sanitarias

La confianza en la ciencia no es un asunto limitado al reconocimiento de investigadores o instituciones académicas. Tiene efectos directos en la manera en que las personas interpretan los riesgos, toman decisiones sobre su salud y responden a las recomendaciones de las autoridades sanitarias.

La pandemia de COVID-19 evidenció la importancia de contar con información confiable y de mantener una comunicación pública clara. La resistencia a las vacunas, la difusión de tratamientos sin eficacia demostrada y las teorías conspirativas dificultaron la respuesta sanitaria en distintos países. En la actualidad, la OMS también observa con preocupación el resurgimiento de enfermedades prevenibles mediante vacunación, como el sarampión, cuando disminuye la cobertura de inmunización.

La experiencia de la República Democrática del Congo durante los brotes de ébola muestra otra dimensión del problema. Las medidas de prevención y control pueden perder efectividad cuando las comunidades desconfían de las autoridades o no comprenden las razones de las intervenciones sanitarias. Por ello, la participación comunitaria y la comunicación adaptada a cada contexto son componentes fundamentales de la respuesta epidemiológica.

La OMS advierte que la desinformación no solo puede modificar conductas individuales, sino también debilitar la capacidad de los gobiernos para diseñar políticas basadas en evidencia. Cuando las decisiones públicas se construyen sobre rumores, prejuicios o afirmaciones sin sustento, se reduce el espacio para evaluar adecuadamente los riesgos y las alternativas disponibles.

## Inteligencia artificial y redes sociales amplían el desafío

El desarrollo de la inteligencia artificial introduce nuevas oportunidades para la medicina, el diagnóstico y la investigación, pero también facilita la producción y difusión de contenidos falsos. Las herramientas generativas permiten crear imágenes, audios y textos aparentemente creíbles, lo que dificulta distinguir entre información científica, opiniones personales y materiales deliberadamente manipulados.

Las redes sociales aceleran este fenómeno al favorecer la circulación de mensajes que despiertan emociones intensas, incluso cuando carecen de respaldo documental. En ese entorno, una afirmación falsa puede alcanzar a miles de personas antes de que especialistas o instituciones tengan oportunidad de contrastarla y ofrecer una explicación fundamentada.

Sin embargo, el problema no se resuelve únicamente con desmentidos. La OMS considera necesario mejorar la manera en que se comunica la ciencia, explicar los límites de la investigación y ofrecer información comprensible para públicos con distintas experiencias educativas y culturales. También plantea fortalecer la colaboración entre investigadores, periodistas, autoridades sanitarias y organizaciones comunitarias.

## Recuperar la confianza exige acercar la ciencia a la sociedad

El personal sanitario ocupa un lugar central en esta estrategia. Médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud mantienen una relación directa con la población y suelen figurar entre las fuentes de información más confiables para tomar decisiones sobre prevención, diagnóstico y tratamiento.

Por esa razón, la OMS plantea fortalecer las capacidades de comunicación de los trabajadores sanitarios, aunque reconoce que las cargas laborales, la falta de tiempo y la insuficiencia de personal dificultan esta tarea. La información médica no debe limitarse a transmitir instrucciones: también necesita escuchar las preocupaciones de los pacientes, explicar los fundamentos de las recomendaciones y reconocer las dudas legítimas.

El movimiento «Juntos por la ciencia y la salud» se organizará alrededor de tres ámbitos de colaboración: ciencia y sociedad, ciencia y políticas públicas, y ciencia y comunicación. Entre sus objetivos se encuentran promover investigaciones que respondan a necesidades reales, fortalecer el uso de evidencia en las decisiones gubernamentales y mejorar la calidad de la información que llega a la ciudadanía.

La iniciativa también contempla mecanismos para reforzar la credibilidad de determinados procesos de investigación, entre ellos la posibilidad de establecer garantías o distintivos relacionados con la fiabilidad de los procedimientos científicos.

El desafío, no obstante, va más allá de combatir noticias falsas. La confianza no se recupera mediante campañas institucionales aisladas ni exigiendo a la población que acepte sin cuestionamientos las conclusiones de los especialistas. Requiere transparencia, rigor metodológico, rendición de cuentas y condiciones que permitan a todas las comunidades beneficiarse de los avances científicos.

La evidencia científica debe conservar su capacidad de corregirse y evolucionar a medida que aparecen nuevos datos. Explicar esa característica, en lugar de ocultarla, puede contribuir a que la sociedad comprenda que cambiar una recomendación ante nuevos hallazgos no necesariamente significa que la investigación anterior haya sido fraudulenta, sino que el conocimiento científico está sujeto a revisión permanente.

La advertencia del estudio es clara: aunque una mayoría de la población todavía confía en la ciencia, esa relación no puede darse por garantizada. Su fortalecimiento dependerá tanto de la calidad de la investigación como de la posibilidad de que sus resultados sean comprensibles, accesibles y útiles para la vida cotidiana.