La muerte de Harald V, a los 89 años y después de 35 años de reinado, deja a Noruega sumida en el duelo y abre una nueva etapa para una monarquía que deberá conservar el vínculo con la sociedad mientras afronta una creciente presión pública sobre la familia real.
Noruega amaneció este sábado con una sensación difícil de describir. El país perdió a un rey profundamente identificado con su pueblo y, casi al mismo tiempo, comenzó el reinado de Haakon VIII. El cambio fue inmediato: tras la muerte de Harald V el viernes 28 de agosto, su hijo, de 53 años, asumió automáticamente la Corona, mientras miles de noruegos acudían al Palacio Real de Oslo para dejar flores, mensajes y banderas en señal de despedida.
La Casa Real noruega confirmó que Harald murió pacíficamente en el Hospital Universitario de Oslo a las 6:35 de la mañana, a los 89 años. El monarca padecía anemia hemolítica y había permanecido hospitalizado desde el 17 de agosto. Su fallecimiento puso fin a un reinado iniciado en 1991, durante el cual Harald construyó una imagen de cercanía poco habitual para una institución acostumbrada al ceremonial.
El primer ministro Jonas Gahr Støre resumió ese legado al afirmar que el país recordará al monarca por su amor hacia el pueblo, su sentido del humor, su calidez y su confianza en los noruegos. No fue una valoración aislada. Reuters, Associated Press y otros medios internacionales coincidieron en describir a Harald como una figura unificadora y reformista, especialmente apreciada por su capacidad para acompañar a la sociedad en momentos de dolor.
Uno de esos momentos ocurrió después de los atentados de extrema derecha del 22 de julio de 2011, cuando Anders Behring Breivik asesinó a 77 personas. Las palabras del rey durante aquella crisis reforzaron su imagen como símbolo de una Noruega abierta y tolerante. Años después, su discurso de 2016, en el que afirmó que Noruega pertenecía a todos sus habitantes, volvió a convertirse en una referencia de su concepción inclusiva del país.
Ahora esa herencia pasa a Haakon VIII. El nuevo soberano conserva una imagen pública cercana y discreta, más asociada con el deporte, la naturaleza y las preocupaciones sociales contemporáneas que con el esplendor de la corte. Su formación y su prolongada preparación como heredero le permiten asumir el cargo con experiencia, pero las circunstancias familiares hacen que su llegada al trono no sea sencilla.
El nuevo rey prestará juramento ante el Parlamento noruego, el Storting, el martes 1 de septiembre. La institución confirmó que el acto tendrá lugar a las 13:00 horas y subrayó que el juramento recuerda una cuestión esencial: Noruega es una monarquía constitucional y los poderes del monarca están limitados por la Constitución y las leyes.
No habrá una coronación tradicional. Esa práctica fue abolida en 1908. Existe, sin embargo, la posibilidad de que Haakon y la nueva reina, Mette-Marit, participen posteriormente en una ceremonia de consagración en la catedral de Nidaros, en Trondheim, siguiendo una tradición adoptada por monarcas noruegos posteriores a la desaparición de la coronación.
La sucesión también modifica el futuro de la institución. La hija mayor de Haakon, Ingrid Alexandra, de 22 años, se convierte en princesa heredera. Su presencia adquiere especial relevancia porque representa una generación más joven y una monarquía que deberá adaptarse a una sociedad muy distinta de la que conoció Harald al comenzar su reinado.
El desafío será considerable. La familia real ha atravesado en los últimos años varias controversias que han afectado su imagen pública. Marius Borg Høiby, hijo de Mette-Marit, fue condenado en junio por el Tribunal de Distrito de Oslo a cuatro años de prisión después de ser declarado culpable de dos violaciones y otros delitos. Reuters informó que fue condenado por 34 de los 40 cargos que enfrentaba, aunque fue absuelto de dos acusaciones de violación.
Mette-Marit también ha enfrentado dificultades personales y de salud. La Casa Real informó en junio que había sido sometida con éxito a un trasplante pulmonar después de que su enfermedad pulmonar crónica agravara su estado. Paralelamente, su relación pasada con Jeffrey Epstein ha provocado nuevas críticas tras conocerse contactos posteriores a la condena del financiero estadounidense.
Haakon deberá, por tanto, separar el prestigio de la institución de los problemas individuales de sus familiares. No será una tarea sencilla. La monarquía noruega conserva una fuerte dimensión simbólica, pero su legitimidad depende también de la confianza pública y de su capacidad para representar a una sociedad moderna sin perder el sentido de servicio que caracterizó a Harald.
La verdad es que ningún nuevo rey puede sustituir inmediatamente a una figura que permaneció 35 años en el trono. Haakon no heredará solamente una Corona; recibirá también la memoria de un padre que consiguió presentarse como parte de la sociedad antes que por encima de ella.
Noruega inicia así una nueva etapa entre flores, silencio y banderas a media asta. El duelo pertenece todavía al presente, pero la sucesión ya mira hacia el futuro. Haakon VIII tendrá que demostrar que aquella fórmula que acompañó a generaciones de monarcas noruegos —«Todo por Noruega»— puede conservar su significado en una sociedad que ha cambiado profundamente.


