Cada 31 de agosto se conmemora el Día Internacional de la Obstetricia, una fecha que permite mirar más allá del nacimiento y poner el foco en una de las grandes batallas de la medicina: evitar que complicaciones prevenibles durante el embarazo, el parto o los primeros días de vida terminen en una tragedia.

La obstetricia moderna se encuentra muy lejos de aquella medicina en la que un parto complicado podía convertirse rápidamente en una emergencia sin salida. Hoy existen ecografías capaces de detectar alteraciones, medicamentos para controlar determinadas complicaciones, técnicas quirúrgicas, unidades de cuidados intensivos y procedimientos de reanimación neonatal que han cambiado radicalmente las posibilidades de supervivencia. Sin embargo, la tecnología por sí sola no garantiza que esas herramientas lleguen a quien las necesita.

La Organización Mundial de la Salud estima que en 2023 murieron alrededor de 260 000 mujeres durante el embarazo, el parto o después de este. Eso equivale aproximadamente a una muerte materna cada dos minutos. La cifra mundial ha mejorado respecto de comienzos de siglo, pero alrededor del 92 % de esas muertes se concentró en países de ingresos bajos y medianos bajos. Como advierte la OMS, la mayoría de estos fallecimientos son prevenibles.

La desigualdad aparece entonces como uno de los grandes problemas de la obstetricia contemporánea. Una mujer puede vivir en una ciudad donde un quirófano, un banco de sangre y una unidad neonatal están disponibles a pocos minutos, mientras otra puede encontrarse a horas de distancia del centro sanitario más cercano. La diferencia no está necesariamente en la enfermedad, sino en la posibilidad de recibir atención a tiempo.

Las recomendaciones internacionales apuntan precisamente a cerrar esa brecha. La segunda edición de las recomendaciones de la OMS sobre salud materna, publicada en 2025, reúne orientaciones basadas en evidencia para la prevención y el tratamiento de complicaciones durante el embarazo, el parto y el periodo posterior. El objetivo no es convertir cada nacimiento en un procedimiento médico complejo, sino garantizar que los equipos sepan reconocer cuándo una situación normal empieza a volverse peligrosa y puedan actuar sin demora.

Durante el parto, medidas aparentemente sencillas tienen una importancia enorme. La OMS contempla la vigilancia de los signos vitales de la madre y del estado fetal, el apoyo continuo durante el trabajo de parto, la prevención y el tratamiento de la preeclampsia y la eclampsia, el manejo activo de la tercera etapa del parto y la disponibilidad de cesárea o parto instrumentado cuando están indicados. Cuando un recién nacido no respira adecuadamente, la reanimación inmediata puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

El desafío tampoco termina cuando nace el bebé. La prematuridad y el bajo peso constituyen algunas de las principales amenazas para la supervivencia neonatal. La OMS señala que las muertes de recién nacidos siguen concentrándose principalmente en países de ingresos bajos y medianos, donde la atención de pequeños y enfermos puede estar limitada por la falta de personal capacitado, equipamiento o sistemas eficaces de referencia.

Por eso, la respuesta científica no consiste únicamente en sofisticados equipos hospitalarios. La atención prenatal de calidad permite identificar riesgos antes de que aparezca una emergencia. La capacitación de obstetras, parteras, enfermeras y médicos facilita decisiones rápidas. El seguimiento posterior al nacimiento permite detectar infecciones, dificultades respiratorias, problemas de alimentación y otros signos de alarma.

En este punto, la OMS también destaca el valor de la continuidad de la atención por parte de profesionales de partería capacitados. En 2026, la organización volvió a señalar que los modelos de atención dirigidos por parteras pueden mejorar los resultados y la experiencia de las mujeres y sus familias cuando están integrados adecuadamente en los sistemas sanitarios y cuentan con mecanismos eficaces para derivar los casos que requieren atención especializada.

La obstetricia, por tanto, no puede medirse únicamente por la capacidad de realizar una cirugía compleja. Su verdadero éxito comienza mucho antes: en una consulta prenatal, en una presión arterial correctamente tomada, en una ecografía interpretada a tiempo, en un traslado que no se retrasa o en una persona capacitada que reconoce que un recién nacido necesita ayuda para respirar.

El 31 de agosto sirve para reconocer esa labor, pero también para recordar una realidad incómoda. La ciencia ha avanzado enormemente; el acceso a ella, no siempre. Como ha señalado la OMS, mejorar la supervivencia materna y neonatal exige combinar atención basada en evidencia, personal cualificado, servicios de emergencia y sistemas sanitarios capaces de llevar esa atención hasta las comunidades más vulnerables.

Porque detrás de cada estadística hay una escena profundamente humana: una madre esperando escuchar el primer llanto y un equipo médico esperando que ese sonido llegue. La obstetricia trabaja, precisamente, para que cada vez más familias puedan escucharlo.