El animador nacido en Sonora pasó por Disney y Warner Bros. antes de convertirse en una figura fundamental de Peanuts, donde no solo ayudó a definir el movimiento de Snoopy, sino que terminó prestándole su inconfundible voz.
Hay voces que pertenecen a un actor y otras que quedan asociadas para siempre con un personaje. En el caso de Snoopy, aquella mezcla de gruñidos, risas, sollozos y sonidos imposibles tuvo un origen inesperado: la garganta de un mexicano nacido en Hermosillo, Sonora. José Cuauhtémoc «Bill» Melendez murió el 2 de septiembre de 2008, pero su trabajo continúa presente cada vez que Charlie Brown, Snoopy y sus amigos vuelven a la pantalla.
Melendez nació el 15 de noviembre de 1916 y llegó a Estados Unidos con su familia siendo niño. De acuerdo con el diario Los Angeles Times, estudió en el Chouinard Art Institute de Los Ángeles y comenzó su carrera profesional en Walt Disney Studios en 1939. Allí participó en producciones fundamentales de la época, entre ellas Pinocchio, Fantasia y Bambi, además de cortometrajes protagonizados por Mickey Mouse y Donald Duck.
Aquella etapa lo colocó en el corazón de la llamada edad de oro de la animación estadounidense. Pero su recorrido no terminó en Disney. Después de la huelga de los animadores de 1941, Melendez pasó a Leon Schlesinger Cartoons, estudio que posteriormente fue adquirido por Warner Bros. Allí trabajó con personajes que ya formaban parte de la cultura popular estadounidense, como Bugs Bunny, Daffy Duck y Porky Pig.
Su siguiente gran aprendizaje llegó con United Productions of America, conocida como UPA. El estudio defendía una estética diferente a la animación naturalista que había predominado en Disney y apostaba por diseños estilizados y movimientos más económicos. Melendez encontró en esa filosofía una nueva forma de entender su oficio. Ya no se trataba únicamente de imitar la realidad, sino de descubrir qué tipo de movimiento correspondía a cada dibujo.
Ese conocimiento resultaría decisivo años después. En 1959, Melendez dirigió una serie de comerciales en los que aparecían por primera vez los personajes de Peanuts para promocionar automóviles Ford. Según la Biblioteca del Congreso, aquella colaboración terminó abriendo el camino para su asociación con Charles M. Schulz y para la posterior adaptación de los personajes a la televisión y el cine.
La primera gran prueba llegó con A Charlie Brown Christmas, estrenado en 1965. Melendez fue responsable de la animación y compartió la producción con Lee Mendelson. El especial rompió varias convenciones de la televisión infantil: utilizó las voces de niños para los personajes, incorporó el jazz de Vince Guaraldi y mantuvo buena parte de la sencillez visual característica de las tiras de Schulz.
El resultado fue extraordinario. El especial obtuvo un Emmy y un premio Peabody y terminó convirtiéndose en una referencia de la televisión estadounidense. Como recuerda la Biblioteca del Congreso, la producción fue una pieza fundamental para preservar culturalmente aquella obra, mientras que Melendez consiguió trasladar el trazo sencillo de Schulz a un medio en el que cada movimiento debía ser cuidadosamente construido.
Y entonces ocurrió algo que nadie había planeado inicialmente. Schulz había decidido que Snoopy no hablaría como una persona. El perro debía expresarse mediante sonidos. Melendez experimentó con diferentes efectos y los aceleró en una grabadora para conseguir una especie de lenguaje propio. El tiempo apremiaba y, finalmente, aquel recurso provisional se convirtió en la voz definitiva de Snoopy.
Según documentó Los Angeles Times, Melendez terminó realizando los sonidos de Snoopy en 63 especiales de media hora, cinco especiales de una hora, una serie televisiva y cuatro largometrajes. No eran palabras convencionales, pero millones de espectadores entendieron perfectamente al personaje. El humor estaba en la entonación, en las pausas y en esa capacidad casi musical para expresar alegría, frustración o sorpresa sin pronunciar una sola frase.
Su colaboración con Schulz se extendió durante décadas y produjo una extensa colección de especiales y películas. Melendez dirigió, entre otros trabajos, It’s the Great Pumpkin, Charlie Brown, y llevó a Snoopy y Charlie Brown al cine con A Boy Named Charlie Brown y otras producciones posteriores. El vínculo profesional terminó convirtiéndose también en una amistad. En palabras recogidas por Los Angeles Times, Melendez llegó a considerar a los personajes como seres vivos con personalidades propias.
Ahí reside buena parte de su legado. Melendez entendió que animar no consistía simplemente en mover dibujos. Había que pensar como un actor, conocer la personalidad del personaje y saber qué gesto podía decir aquello que el diálogo no necesitaba explicar. Esa sensibilidad ayudó a conservar el espíritu de las tiras de Schulz cuando pasaron de una página estática a una pantalla en movimiento.
La historia de Bill Melendez también recuerda que la animación estadounidense tuvo aportaciones provenientes de lugares muy distintos. Un niño nacido en Sonora terminó trabajando con algunos de los personajes más famosos del siglo XX y participando en una transformación decisiva de la televisión. No necesitó abandonar sus raíces para formar parte de una industria extranjera; llevó consigo una mirada que terminó dejando una huella propia.
Cuando Snoopy vuelve a reír, llorar o emitir uno de sus característicos sonidos, hay una pequeña parte de aquella historia que vuelve a cobrar vida. Detrás del perro que nunca necesitó hablar existió un animador mexicano que comprendió algo esencial: a veces, para que un personaje diga exactamente lo que siente, no hacen falta palabras.


