Firmado el 5 de septiembre de 1905, el Tratado de Portsmouth puso fin a la Guerra Ruso-Japonesa y confirmó algo que hasta entonces parecía improbable: una potencia asiática había derrotado militarmente a uno de los grandes imperios europeos, alterando el equilibrio internacional y agravando las tensiones que ya sacudían a la Rusia zarista.

Hay fechas que parecen cerrar un conflicto y, sin embargo, abren una época. El 5 de septiembre de 1905 fue una de ellas. Ese día, en Portsmouth, New Hampshire, Rusia y Japón firmaron el acuerdo que puso fin a la guerra iniciada en 1904. La negociación tuvo como mediador al presidente estadounidense Theodore Roosevelt, cuya intervención le valdría al año siguiente el Premio Nobel de la Paz.

El tratado fue el desenlace de una guerra que había sorprendido al mundo. Japón, transformado profundamente desde la Restauración Meiji, había construido en pocas décadas un Estado centralizado, una industria moderna y unas fuerzas armadas capaces de competir con las potencias occidentales. Rusia, por el contrario, había llegado al conflicto confiada en su enorme territorio, sus recursos y su condición de gran imperio europeo.

La realidad del campo de batalla fue muy distinta. Japón tomó Port Arthur, derrotó a las tropas rusas en Manchuria y, en mayo de 1905, destruyó buena parte de la Flota del Báltico en la batalla de Tsushima. Según el Departamento de Estado de Estados Unidos, aquella sucesión de derrotas llevó a ambos gobiernos a buscar una salida negociada ante el enorme costo económico y militar de continuar la guerra.

Portsmouth reconoció los intereses políticos, militares y económicos predominantes de Japón en Corea y confirmó su control sobre importantes posiciones en el sur de Manchuria. Rusia también cedió a Japón la mitad meridional de la isla de Sajalín. A cambio, Tokio renunció a exigir una indemnización de guerra. La ausencia de ese pago provocó indignación en Japón, donde estallaron protestas y disturbios contra los términos del acuerdo.

Para Roosevelt, la negociación representaba además una cuestión de equilibrio. El gobierno estadounidense no quería que Rusia desapareciera por completo del escenario asiático ni que Japón adquiriera una posición imposible de contrapesar. El Departamento de Estado estadounidense señala que la mediación buscaba preservar un balance de poder en Asia nororiental. El Nobel de la Paz reconocería precisamente la intervención de Roosevelt para llevar a las dos potencias a la paz.

Pero la verdadera sacudida se produjo en Rusia. La derrota no fue la única causa de la Revolución de 1905, porque el Imperio arrastraba profundas tensiones sociales, económicas y políticas. Sin embargo, la guerra expuso con crudeza las debilidades del régimen de Nicolás II. Las pérdidas militares, el costo financiero y la pérdida de prestigio alimentaron el descontento contra el gobierno.

La Revolución de 1905 había comenzado incluso antes de que terminara la guerra. El llamado Domingo Sangriento, ocurrido en enero de ese año, desencadenó huelgas, protestas y motines. La derrota frente a Japón convirtió aquella crisis en una humillación nacional y obligó al zar a aceptar algunas reformas, entre ellas la creación de una Duma con funciones legislativas limitadas.

La consecuencia histórica sería todavía mayor. Como explica History en su revisión sobre la Revolución rusa, la derrota frente a Japón debilitó considerablemente al régimen y contribuyó a crear el clima político que desembocaría, doce años después, en la caída de los Romanov. La Revolución de 1905 no derribó al zarismo, pero dejó una experiencia política y social que los revolucionarios de 1917 no olvidarían.

Mientras Rusia entraba en una etapa de creciente inestabilidad, Japón salía del conflicto convertido en una potencia de primer orden. La victoria tuvo un enorme efecto simbólico: demostró que una nación asiática podía derrotar a una potencia europea en una guerra moderna. El cambio no fue únicamente militar. Japón comenzó a ocupar un lugar central en la política internacional y profundizó posteriormente su expansión imperial en Corea y China.

El Archivo Nacional del Reino Unido ha señalado que la victoria japonesa en 1905 consolidó su presencia en Corea y el sur de Manchuria y desplazó el equilibrio regional que durante décadas había estado dominado por China y las potencias europeas. Para muchos movimientos nacionalistas asiáticos, el triunfo japonés también tuvo una fuerza simbólica difícil de ignorar: el dominio occidental ya no parecía inevitable.

Por eso Portsmouth fue mucho más que un tratado de paz. Fue una señal de que el poder mundial estaba comenzando a desplazarse. Japón entraba en el reducido grupo de grandes potencias; Rusia descubría que su enorme imperio podía ser derrotado y que sus problemas internos ya no podían ocultarse detrás de la autoridad del zar.

La historia demostraría después que ninguna de aquellas transformaciones era definitiva. Pero aquel 5 de septiembre de 1905 quedó como una de esas fechas en las que el mapa político del mundo comenzó a cambiar sin que sus protagonistas pudieran conocer todavía el alcance de lo que habían puesto en movimiento.