La actividad sísmica registrada este 13 de septiembre vuelve a colocar a México frente a una realidad geológica permanente: bajo las costas del Pacífico, las placas de Cocos y Rivera se introducen bajo la Norteamericana y acumulan la energía que eventualmente puede liberarse en forma de terremotos.
Cada septiembre ocurre algo curioso en México. Basta con que el Servicio Sismológico Nacional registre varios movimientos para que resurja una pregunta que parece inevitable: ¿por qué tiembla tanto durante este mes? La explicación, sin embargo, no está en el calendario. La coincidencia de terremotos importantes en septiembre ha construido una memoria colectiva muy poderosa, pero la geofísica cuenta una historia diferente.
El Servicio Sismológico Nacional, adscrito al Instituto de Geofísica de la UNAM, mantiene una vigilancia permanente de la actividad sísmica mediante una red de estaciones que permite localizar los movimientos y determinar parámetros como magnitud, profundidad y epicentro. Esa observación continua resulta fundamental porque México se encuentra sobre una compleja zona de interacción entre varias placas tectónicas.
En el Pacífico mexicano, el mecanismo dominante es la subducción. La placa oceánica de Cocos se desplaza hacia el continente y penetra bajo la placa Norteamericana a lo largo de la Fosa Mesoamericana. Más al noroeste interviene la placa de Rivera, también oceánica, cuya interacción con la Norteamericana forma otro sector activo de esta frontera tectónica. Un informe del Centro Nacional de Prevención de Desastres explica que los grandes sismos de la costa del Pacífico mexicano están asociados precisamente con la subducción de Cocos y Rivera.
Pero decir que dos placas «chocan» resulta insuficiente. La geometría cambia a lo largo de la costa y también lo hacen el ángulo de subducción, el acoplamiento entre las placas y la forma en que se distribuyen los esfuerzos. Una investigación publicada en el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana, basada en más de 1.300 mecanismos focales de terremotos, encontró diferencias importantes entre la convergencia de Rivera con Norteamérica y la de Cocos con Norteamérica. La deformación no es uniforme: depende de la arquitectura profunda de cada segmento.
Eso ayuda a comprender por qué un sismo registrado en Jalisco no necesariamente tiene el mismo origen físico que otro ocurrido frente a Guerrero u Oaxaca. Tampoco todos los terremotos suceden exactamente en el contacto entre placas. Algunos se producen dentro de la placa que se está hundiendo. El ejemplo más conocido es el terremoto del 19 de septiembre de 2017, que ocurrió dentro de la placa de Cocos, a unos 51 kilómetros de profundidad, según información de la Red Sísmica de la Ciudad de México.
La profundidad importa. También la distancia al epicentro, la magnitud, el tipo de ruptura y las condiciones locales del terreno. Por eso no existe una relación automática entre un terremoto grande y una determinada fecha del calendario. Un movimiento profundo puede producir efectos muy distintos de otro superficial, incluso si ambos tienen magnitudes similares.
La aparente «temporada sísmica» de septiembre tampoco resiste una revisión estadística. Investigadores de la UNAM han explicado que los registros históricos del SSN no muestran que septiembre concentre una mayor cantidad de terremotos por alguna causa estacional. El Instituto de Geofísica ha advertido, además, que los sismos no dependen del calor, las lluvias, el cielo nublado o los simulacros. Son procesos que ocurren a profundidades donde esos fenómenos atmosféricos no pueden desencadenarlos.
La asociación con septiembre tiene, eso sí, una explicación humana. Los terremotos del 19 de septiembre de 1985 y 2017, además del ocurrido el 7 de septiembre de 2017, dejaron una huella extraordinariamente profunda en la memoria mexicana. El problema aparece cuando la memoria se convierte en predicción. Que varios terremotos importantes hayan ocurrido en septiembre no significa que el siguiente tenga que suceder durante el mismo mes.
La actividad registrada este 13 de septiembre debe interpretarse bajo esa perspectiva. Un conjunto de movimientos, por sí mismo, no permite afirmar que se aproxima un terremoto de mayor magnitud. Tampoco existe actualmente un método científico capaz de anticipar con precisión el día, la hora, el lugar y la magnitud de un sismo. Lo que sí permite la vigilancia sismológica es conocer mejor dónde ocurren los movimientos, identificar secuencias, estudiar sus características y mejorar la evaluación del peligro.
Y esa diferencia es fundamental. México no necesita adivinar cuándo temblará; necesita estar preparado para cuando ocurra. La red del SSN, los sistemas de alerta, la investigación geofísica y las medidas de protección civil cumplen funciones mucho más útiles que cualquier pronóstico basado en supersticiones.
Debajo de las costas mexicanas, la tectónica continúa trabajando todos los días, sin respetar fechas patrias ni aniversarios. Cocos y Rivera siguen interactuando con Norteamérica; la energía se acumula y se libera de manera irregular. Septiembre no provoca los terremotos. Lo que hace especial a este mes es nuestra memoria. La ciencia, en cambio, recuerda algo más sobrio y más importante: en un país sísmicamente activo, la prevención debe mantenerse durante todo el año.


