A 111 años de su nacimiento, el filósofo hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez conserva un lugar central en la reflexión sobre la relación entre pensamiento, creación y transformación de la realidad.

El 17 de septiembre de 1915 nació en Algeciras, Cádiz, Adolfo Sánchez Vázquez, un intelectual cuya trayectoria quedó profundamente marcada por la Guerra Civil española, el exilio y su posterior vida académica en México. Llegó a Veracruz en junio de 1939 y, después de una primera etapa vinculada con la actividad literaria y política, encontró en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) el espacio desde el cual desarrollaría una de las revisiones más influyentes del marxismo en el ámbito iberoamericano.

La propia UNAM señala que Sánchez Vázquez retomó sus estudios de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras en 1943 y que en 1959 fue nombrado profesor de tiempo completo. A partir de entonces, su actividad universitaria se convirtió en una parte fundamental de su legado. No se limitó a interpretar a Marx: buscó discutirlo, someter sus conceptos a examen y relacionarlos con los problemas concretos de la vida social.

Ese esfuerzo alcanzó una expresión decisiva en Filosofía de la praxis, publicada originalmente en 1967 como resultado de su tesis doctoral. El concepto de praxis ocupó allí un lugar central. Para Sánchez Vázquez, la filosofía no debía quedar encerrada en la contemplación del mundo; debía comprender la relación dinámica entre pensamiento y acción, entre los seres humanos y las circunstancias históricas que ellos mismos pueden contribuir a transformar.

En una entrevista publicada por la revista Theoría de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el propio filósofo identificó a Marx, particularmente sus escritos de juventud, como su influencia fundamental. También reconoció la importancia de autores como Georg Lukács y Karl Korsch, así como de distintas corrientes del marxismo occidental. Esa combinación ayuda a explicar por qué su pensamiento tomó distancia de las interpretaciones rígidas y deterministas del marxismo.

Su propuesta también tuvo una dimensión estética. Antes de que Filosofía de la praxis consolidara su proyecto filosófico, Sánchez Vázquez había trabajado sobre la relación entre Marx, el arte y la creación. Las ideas estéticas de Marx, publicada en 1965, y posteriormente Estética y marxismo, de 1970, desarrollaron una concepción del arte como actividad creadora. La UNAM destaca que, para el filósofo, la experiencia estética no podía reducirse a un simple reflejo de la realidad: constituía también una forma de praxis humana.

Esta mirada resultaba especialmente significativa porque cuestionaba la idea de que el arte debía someterse a fórmulas ideológicas previamente establecidas. Un estudio publicado por la UNAM sobre su pensamiento subraya precisamente su oposición a las concepciones dogmáticas que reducían la creación artística a una reproducción mecánica de la realidad. Para Sánchez Vázquez, crear implicaba una relación activa con el mundo.

La ética ocupó igualmente un lugar importante en su obra. Su reflexión buscó construir una moral vinculada con las condiciones históricas y sociales de la acción humana, alejándose tanto del moralismo abstracto como de las fórmulas cerradas. De esta manera, estética, ética y política no aparecían como compartimentos aislados, sino como dimensiones relacionadas con una misma pregunta: qué pueden hacer las personas con las circunstancias que les han tocado vivir.

Su marxismo fue, por ello, también autocrítico. La UNAM documenta que Sánchez Vázquez se distanció de las formas dogmáticas del marxismo y que, desde la década de 1980, desarrolló una crítica del llamado socialismo real mientras defendía la necesidad de un socialismo democrático. No se trataba simplemente de abandonar a Marx, sino de volver sobre sus textos para discutir qué elementos conservaban capacidad explicativa y cuáles debían ser revisados.

Su influencia trascendió las aulas mexicanas. Investigaciones publicadas por la UNAM han estudiado su presencia en los debates intelectuales latinoamericanos y europeos durante la Guerra Fría, particularmente en torno a la estética, la cultura política y la renovación del marxismo. La dimensión iberoamericana de su obra también quedó reflejada en los reconocimientos que recibió, entre ellos el Premio Universidad Nacional en el área de Investigación en Humanidades y diversos doctorados honoris causa.

A 111 años de su nacimiento, recordar a Sánchez Vázquez no significa convertir su pensamiento en una pieza de museo. Su legado está precisamente en la insistencia de que las ideas deben confrontarse con la realidad y que la filosofía puede conservar una dimensión crítica sin renunciar al rigor. En tiempos en que tantas discusiones se reducen a consignas rápidas, aquella exigencia conserva una fuerza particular: pensar no para contemplar pasivamente el mundo, sino para comprender qué hacemos dentro de él.