El agua que sostiene a Yucatán corre bajo tierra y encuentra en los cenotes una de sus expresiones más visibles, pero también uno de sus puntos más vulnerables ante la expansión urbana, turística y productiva.
En Yucatán, proteger el agua no significa únicamente vigilar una presa, un río o una laguna. Aquí, buena parte de la historia hídrica ocurre debajo de nuestros pies. La roca caliza permite que el agua de lluvia se infiltre con rapidez y circule por una compleja red de fracturas, cavernas y conductos. Los cenotes son las ventanas naturales de ese sistema y, al mismo tiempo, una puerta de entrada para aquello que se arroja o se filtra desde la superficie.
El llamado Anillo de Cenotes representa una zona particularmente relevante. La Secretaría de Desarrollo Sustentable de Yucatán señala que la Reserva Estatal Geohidrológica del Anillo de Cenotes fue decretada en 2013 y comprende 219 mil 207.83 hectáreas distribuidas en 13 municipios. Además, 24 ecosistemas kársticos de la reserva cuentan con reconocimiento como sitios Ramsar por su importancia como humedales.
La protección no es un asunto meramente paisajístico. El Gobierno de México ha documentado que la elevada permeabilidad del terreno peninsular facilita tanto la recarga del acuífero como el desplazamiento de contaminantes. A diferencia de otros territorios, donde el suelo puede funcionar como una barrera natural, en el karst yucateco las fracturas y conductos subterráneos pueden acelerar el tránsito del agua y de las sustancias que llegan a ella.
Por eso, una descarga de aguas residuales mal manejada no desaparece simplemente en el subsuelo. Puede incorporarse al sistema que abastece a comunidades y actividades económicas. La propia documentación oficial del acuífero Península de Yucatán identifica entre las fuentes de contaminación las descargas residuales, poblaciones sin drenaje adecuado, actividades agropecuarias, basureros y otras instalaciones capaces de liberar contaminantes al terreno.
La presión ha adquirido nuevas dimensiones con el crecimiento urbano y turístico. Un estudio publicado en 2026 en la revista Environmental Research analizó nueve cenotes de la zona de Playa del Carmen y encontró microplásticos en todos los sitios examinados. También detectó sustancias perfluoroalquiladas y una mayor carga de contaminación en los cenotes asociados con mayores niveles de urbanización. Los investigadores relacionaron estos resultados con la expansión urbana y con deficiencias o ausencia de tratamiento de aguas residuales.
El hallazgo resulta significativo porque confirma algo que investigadores de la península llevan años señalando: el acuífero no puede administrarse como si fuera una tubería infinita. En 2011, una investigación publicada en Environmental Pollution ya había identificado productos farmacéuticos, artículos de cuidado personal, hidrocarburos y herbicidas en sistemas de agua subterránea de la Riviera Maya, vinculándolos con aguas residuales domésticas, escurrimientos urbanos y actividades de mantenimiento de áreas verdes.
La ciencia también está afinando las herramientas para conocer el problema. Investigaciones recientes utilizan indicadores geoquímicos y modelos de vulnerabilidad para estudiar el comportamiento del agua en decenas de cenotes. La Universidad Nacional Autónoma de México ha planteado, además, la necesidad de evaluar la salud del acuífero mediante esquemas de monitoreo que permitan convertir los datos científicos en información útil para la toma de decisiones.
En materia de política pública, el desafío es igualmente concreto. La Red ECOS Yucatán, coordinada desde el ámbito científico estatal, ha propuesto fortalecer el monitoreo permanente de la calidad del agua, reconocer jurídicamente la fragilidad del acuífero kárstico, impulsar investigación aplicada y promover el tratamiento y reutilización de aguas residuales por parte de grandes usuarios.
También existen mecanismos de gestión. El Comité Técnico de Aguas Subterráneas de la Zona Metropolitana de Mérida trabaja en asuntos como la identificación de fuentes de contaminación, el control de descargas, la planeación hídrica y la conservación de servicios ambientales. Son instrumentos valiosos, aunque su eficacia depende de que la información científica se traduzca en vigilancia, infraestructura, regulación y cumplimiento.
Y es que conservar el Anillo de Cenotes no consiste únicamente en mantener limpia el agua que se ve. Significa proteger el territorio que la recibe, tratar adecuadamente las aguas residuales, ordenar el crecimiento urbano, vigilar las actividades productivas y evitar que la presión turística termine convirtiendo un patrimonio natural en una infraestructura de consumo desechable.
El reto, en última instancia, es comprender que cada cenote forma parte de algo mucho mayor. Lo que ocurre en la superficie puede terminar viajando bajo tierra. Y cuando el agua contaminada entra en ese sistema, recuperarla no es tan sencillo como cerrar una llave. Para Yucatán, cuidar el acuífero significa cuidar una reserva que no tiene sustituto cercano y cuyo deterioro tendría consecuencias ambientales, económicas y sociales difíciles de revertir.

