Detrás de cada consulta a un sistema de inteligencia artificial existe una infraestructura gigantesca que necesita electricidad, refrigeración y agua, y cuyo crecimiento acelerado está obligando a ciudades y empresas a replantearse cuánto puede expandirse la economía digital sin aumentar la presión sobre recursos ya escasos.

La nube parece estar en ninguna parte. Guardamos una fotografía, enviamos un mensaje o hacemos una pregunta a una inteligencia artificial y la respuesta aparece en segundos. Sin embargo, esa aparente inmaterialidad es engañosa. Detrás de cada servicio digital existen edificios llenos de servidores que consumen electricidad de manera continua y producen enormes cantidades de calor que deben ser evacuadas.

La Agencia Internacional de la Energía advirtió en 2025 que los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora de electricidad en 2024, equivalente a cerca del 1,5 % de la demanda eléctrica mundial. Y el crecimiento apenas comenzaba. En su escenario central, la agencia proyectó que esa demanda podría superar los 945 teravatios hora en 2030, impulsada principalmente por la expansión de la inteligencia artificial y los servidores acelerados.

La dimensión local resulta todavía más llamativa. Un centro de datos especializado en inteligencia artificial puede requerir tanta electricidad como decenas de miles de hogares. Los complejos de mayor escala que actualmente se construyen pueden alcanzar consumos equivalentes a los de cientos de miles o incluso millones de viviendas. No es casualidad que las empresas tecnológicas estén buscando nuevos emplazamientos cerca de fuentes de generación eléctrica y redes capaces de soportar semejante demanda.

Pero la electricidad es solo una parte de la historia.

Los servidores necesitan refrigeración constante. Algunos centros utilizan sistemas que dependen de agua para retirar el calor generado por los equipos. El problema aparece cuando esas instalaciones se construyen en regiones donde el recurso hídrico ya está sometido a presión. Un informe publicado en 2026 por el Centro de Derecho, Energía y Medio Ambiente de la Universidad de California en Berkeley advierte que el auge de los centros de datos está aumentando la demanda de agua en California y que todavía existe información insuficiente para determinar con precisión dónde el consumo puede generar los mayores impactos locales.

La cantidad de agua utilizada, además, no es igual en todos los centros. Una investigación publicada en 2025 en Resources, Conservation & Recycling encontró diferencias superiores a 10.000 veces en el consumo de agua por carga de trabajo. El resultado depende de factores como la eficiencia de los servidores, el tipo de refrigeración, el clima, la fuente de electricidad y la eficiencia con que se utilizan los equipos.

Eso significa que afirmar que «cada consulta de IA consume determinada cantidad de agua» puede resultar engañoso. No existe una cifra universal. Una misma tarea puede tener una huella ambiental muy diferente dependiendo de dónde y cómo se procese. La electricidad utilizada puede proceder de una red con abundante energía renovable o de otra con una fuerte dependencia de combustibles fósiles. La refrigeración puede utilizar agua, aire u otras tecnologías.

Las propias empresas tecnológicas reconocen el desafío. Google informó en su reporte ambiental de 2025 que su demanda eléctrica para centros de datos aumentó un 27 % durante 2024, aunque consiguió reducir en 12 % las emisiones asociadas a esa energía. La compañía también señaló que en 2024 repuso 4.500 millones de galones de agua, equivalentes al 64 % de su consumo de agua dulce de ese año.

Microsoft, por su parte, ha desarrollado nuevos diseños de centros de datos destinados específicamente a cargas de inteligencia artificial que utilizan refrigeración a nivel del chip y no requieren agua para refrigeración. Según la empresa, cada instalación de este tipo puede evitar el uso de más de 125 millones de litros de agua al año. El cambio muestra que la tecnología puede reducir parte de su propia huella, pero también confirma que el crecimiento de la IA está obligando a rediseñar la infraestructura desde sus cimientos.

La huella de carbono tampoco desaparece porque una empresa compre electricidad renovable. La Agencia Internacional de la Energía calcula que los centros de datos generan actualmente alrededor de 180 millones de toneladas de emisiones indirectas de dióxido de carbono relacionadas con su consumo eléctrico. Aunque representan una fracción relativamente pequeña de las emisiones energéticas mundiales, se encuentran entre las fuentes de emisiones que crecen con mayor rapidez.

Hay, además, una paradoja difícil de ignorar. La inteligencia artificial puede ayudar a optimizar redes eléctricas, reducir desperdicios, mejorar procesos industriales y facilitar la integración de energías renovables. La propia Agencia Internacional de la Energía estima que determinadas aplicaciones de IA podrían generar reducciones de emisiones considerablemente superiores a las producidas directamente por los centros de datos. Pero esos beneficios no están garantizados. Dependen de cómo se utilice la tecnología y pueden quedar parcialmente compensados por un mayor consumo energético.

La verdad es que el problema no consiste en que la inteligencia artificial consuma recursos. Toda tecnología lo hace. La cuestión es dónde se construyen sus centros de procesamiento, qué electricidad utilizan, de dónde procede el agua y quién asume los costes ambientales cuando una región recibe una instalación gigantesca.

El mundo digital ha conseguido que la información parezca liviana, instantánea y casi invisible. Sus servidores, sin embargo, son muy reales. Ocupan suelo, consumen energía, necesitan sistemas de refrigeración y dependen de infraestructuras físicas que compiten por recursos con hogares, industrias y comunidades.

La carrera por construir una inteligencia artificial cada vez más potente no debería medirse únicamente por la velocidad de sus respuestas o el tamaño de sus modelos. También tendrá que medirse por la capacidad de hacerlos funcionar sin convertir el agua y la electricidad de determinadas regiones en el precio oculto de nuestra comodidad digital.