Cuarenta y un años después de 1985 y nueve años después de 2017, el 19 de septiembre permanece como una fecha de duelo, solidaridad y aprendizaje que transformó la manera en que México entiende el riesgo y enfrenta los terremotos.

En México, el 19 de septiembre dejó de ser solamente una fecha del calendario. Para varias generaciones es una memoria corporal: el movimiento de un edificio, el sonido de una alarma, el silencio posterior a un derrumbe o la imagen de desconocidos organizándose para buscar sobrevivientes. Dos terremotos ocurridos exactamente en esa fecha, en 1985 y 2017, terminaron convirtiendo el día en un símbolo nacional de prevención y memoria.

El primero ocurrió a las 7:19 de la mañana de 1985. De acuerdo con el Centro Nacional de Prevención de Desastres, tuvo una magnitud de 8.1 y su epicentro se localizó frente a las costas de Michoacán. La Ciudad de México sufrió algunos de los daños más graves debido, entre otros factores, a las características del terreno sobre el que está construida. El desastre exhibió la vulnerabilidad de una metrópoli que no contaba todavía con un sistema nacional de protección civil como el que existe actualmente.

La respuesta social fue tan importante como la magnitud del desastre. Miles de ciudadanos participaron en labores de búsqueda, rescate, atención y distribución de ayuda. Aquella movilización espontánea mostró una capacidad de solidaridad que posteriormente se convirtió también en una exigencia: el país necesitaba instituciones especializadas y mecanismos permanentes para reducir los riesgos.

El cambio institucional llegó poco después. El 6 de mayo de 1986 se publicó el decreto que creó el Sistema Nacional de Protección Civil, con la finalidad de coordinar acciones de los distintos órdenes de gobierno para proteger a la población ante fenómenos naturales y otros riesgos. En 1988 se creó el CENAPRED y en 1990 fue inaugurado formalmente. La experiencia de 1985 había dejado una conclusión difícil de ignorar: rescatar después del desastre era indispensable, pero prevenir antes de que ocurriera resultaba todavía más importante.

La transformación también alcanzó la memoria oficial. En 2001, mediante decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación, el 19 de septiembre fue declarado Día Nacional de Protección Civil. El decreto estableció además la realización de simulacros de evacuación en las dependencias de la Administración Pública Federal para fomentar el autocuidado y reducir riesgos.

Entonces ocurrió algo que parecía imposible de imaginar. El 19 de septiembre de 2017, exactamente 32 años después del terremoto de 1985, otro sismo volvió a sacudir el centro del país. El CENAPRED registra aquel movimiento con magnitud 7.1 y epicentro en Puebla, cerca del límite con Morelos. Nuevamente hubo edificios dañados, personas fallecidas y comunidades movilizadas.

La coincidencia de fechas produjo algo más que asombro. Una investigación publicada por la Revista Mexicana de Sociología de la UNAM encontró que, después del terremoto de 2017, los recuerdos de 1985 reaparecieron con fuerza en la conversación pública. Las comparaciones abarcaron los lugares afectados, la solidaridad ciudadana, la participación juvenil en los rescates y también las discusiones sobre la respuesta gubernamental.

Así, la memoria del desastre no permaneció congelada en fotografías antiguas. Se transmitió entre generaciones. Quienes vivieron 1985 reconocieron escenas en 2017; quienes eran demasiado jóvenes para recordar el primer terremoto construyeron su propia memoria a partir del segundo.

Los simulacros forman parte de esa transformación. Este sábado 19 de septiembre de 2026, el Segundo Simulacro Nacional se realizará a las 12:00 horas, con hipótesis adaptadas a las condiciones de riesgo de cada región. En algunos lugares se plantearán escenarios sísmicos y en otros podrán considerarse diferentes amenazas. El objetivo oficial es fortalecer la capacidad de reacción de instituciones, brigadas, familias y comunidades.

Pero un simulacro no debería reducirse a salir unos minutos de un edificio. Sirve para descubrir si una ruta está bloqueada, si alguien necesita asistencia, si los puntos de reunión son adecuados o si realmente conocemos qué hacer cuando la emergencia deja de ser un ejercicio. La prevención comienza mucho antes de que suene una alarma.

También es importante desmontar una idea que cada septiembre vuelve a circular: los terremotos no pueden predecirse con precisión. El CENAPRED ha señalado que no existe actualmente un procedimiento científico confiable para determinar de antemano la fecha, ubicación y magnitud de un sismo. La coincidencia de los terremotos de 1985 y 2017 no constituye evidencia de que cada 19 de septiembre tenga que ocurrir un gran movimiento.

La verdadera herencia de esta fecha está en otro lugar. México no puede evitar que la tierra tiemble, pero sí puede reducir la vulnerabilidad de sus edificios, fortalecer sus instituciones, mejorar sus sistemas de alerta y preparar a la población.

Por eso, el Día Nacional de Protección Civil no debería entenderse solamente como un homenaje a quienes murieron. Es también una conversación permanente sobre aquello que todavía falta hacer. La memoria tiene sentido cuando modifica las decisiones del presente. Y cada 19 de septiembre, entre sirenas, evacuaciones y recuerdos, México vuelve a preguntarse cuánto ha aprendido de sus propios terremotos.