Desde la cosmogonía del Quinto Sol hasta las crónicas sobre el terremoto de 1985, México ha convertido sus desastres sísmicos en relatos que no solo explican la catástrofe, sino que también conservan el miedo, el duelo, la solidaridad y la memoria de quienes la vivieron.
Mucho antes de que existieran los sismógrafos, los protocolos de protección civil o las explicaciones geológicas, los pueblos mesoamericanos ya habían incorporado los movimientos de la tierra a sus formas de comprender el mundo. En la tradición nahua del Quinto Sol, el movimiento ocupa un lugar decisivo: la época presente, conocida como Nahui Ollin, está asociada con una futura destrucción provocada por terremotos.
El Códice Chimalpopoca, que reúne los Anales de Cuauhtitlan y la Leyenda de los Soles, constituye una de las fuentes fundamentales para conocer esa tradición. El Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México conserva una edición académica de estos textos. No se trata, desde luego, de una explicación científica de los terremotos, sino de una concepción cosmológica en la que la destrucción y la renovación forman parte del orden del universo.
La imagen resulta poderosa porque coloca al ser humano frente a una naturaleza que no puede controlar. La tierra que sostiene la vida también puede sacudirla. En esa tensión entre estabilidad y ruptura aparece uno de los motivos que, siglos después, seguiría presente en la literatura y el arte mexicanos.
Durante el periodo colonial, los terremotos continuaron dejando huellas en documentos, relatos religiosos, crónicas y registros administrativos. Investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia han mostrado que historiadores comenzaron a recuperar códices y fuentes coloniales para reconstruir cronologías de sismos y estudiar sus consecuencias sociales. Con el tiempo, el desastre dejó de verse únicamente como un episodio natural y empezó a analizarse también como un fenómeno histórico.
Ese cambio de perspectiva resulta fundamental. Un terremoto puede tener una causa geológica, pero sus consecuencias dependen de cómo están construidas las ciudades, dónde vive la población, qué tan preparados están los servicios públicos y qué capacidad existe para responder después de la emergencia. La catástrofe, en otras palabras, no termina cuando deja de moverse el suelo.
El 19 de septiembre de 1985 convirtió esa realidad en una experiencia colectiva para la Ciudad de México. El terremoto transformó barrios, edificios, familias y rutinas, pero también modificó la manera en que la sociedad mexicana hablaba de sí misma. La Universidad Nacional Autónoma de México ha señalado que aquel desastre se convirtió en un parteaguas para la historia, la ciencia y la cultura del país.
La literatura reaccionó casi de inmediato. Carlos Monsiváis escribió durante los días posteriores al sismo una crónica que más tarde formaría parte de No sin nosotros. Los días del terremoto 1985-2005. La Enciclopedia de la Literatura en México explica que el libro reúne una reflexión sobre la sociedad civil surgida y fortalecida después de 1985, además de reproducir la crónica escrita por Monsiváis en aquellos días.
Su mirada se concentró en las personas que ocuparon las calles cuando la ciudad estaba cubierta de escombros. Voluntarios, vecinos, trabajadores, damnificados y organizaciones ciudadanas aparecen como protagonistas de una historia que no podía explicarse solamente desde las instituciones. La catástrofe reveló, además del poder destructivo del terremoto, una capacidad de organización social que se convertiría en uno de los grandes temas de la memoria del 85.
Elena Poniatowska eligió otra forma de aproximarse al mismo acontecimiento. En Nada, nadie. Las voces del temblor, publicado originalmente en 1988, reunió testimonios de sobrevivientes. La Fundación Elena Poniatowska Amor señala que la obra recoge cientos de voces relacionadas con los terremotos del 19 y 20 de septiembre y con las experiencias de dolor, desesperación y solidaridad que siguieron a la tragedia.
La diferencia entre ambos autores también revela la riqueza de la crónica. Monsiváis observa la transformación de la sociedad y sus formas de organización; Poniatowska deja que numerosas voces construyan una memoria coral. Ninguno convierte el desastre en una simple cifra. Detrás de los edificios colapsados aparecen personas con nombres, pérdidas, reclamos, recuerdos y esperanzas.
Un estudio académico dedicado a comparar las crónicas de Monsiváis y Poniatowska destaca precisamente esa condición híbrida de sus textos, situados entre periodismo y literatura. La crónica permite registrar hechos, pero también interpretar lo que significan para una comunidad. Esa combinación explica por qué los relatos del terremoto continúan siendo leídos décadas después.
La memoria sísmica mexicana tampoco terminó en 1985. La UNAM ha impulsado proyectos que relacionan literatura, ciencia, cartografía y testimonios para conservar las experiencias de los terremotos de 1985 y 2017. En esas iniciativas aparece una idea especialmente valiosa: recordar no significa quedarse atrapado en el pasado. La memoria puede convertirse en una herramienta para comprender el riesgo y preparar mejor el futuro.
Desde el Quinto Sol hasta las páginas de Poniatowska y Monsiváis existe, entonces, un hilo profundo. Primero fueron los mitos quienes dieron sentido al temblor; después llegaron las crónicas, los testimonios, las investigaciones históricas y la literatura. Cambiaron las explicaciones, pero permaneció la necesidad de contar lo ocurrido.
Y es que cuando la tierra se mueve, también se altera la memoria de una sociedad. Las paredes pueden reconstruirse, las calles pueden recuperar su ritmo y las ciudades pueden aprender nuevas formas de prevención. Los relatos, sin embargo, permanecen para recordar que un desastre no es solamente aquello que destruye, sino también aquello que una comunidad decide conservar en palabras para no olvidar.

