El océano absorbe una parte importante del dióxido de carbono generado por las actividades humanas, pero ese servicio climático tiene una consecuencia química: disminuye el pH del agua y reduce la disponibilidad de carbonatos que los corales necesitan para construir sus esqueletos.

El problema no se ve a simple vista. El agua continúa siendo azul y los arrecifes pueden conservar su apariencia durante algún tiempo. Sin embargo, debajo de esa superficie ocurre una transformación química que preocupa a investigadores de todo el mundo: los océanos se están acidificando y los arrecifes de coral se encuentran entre los ecosistemas particularmente sensibles a ese cambio.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, NOAA, explica que el océano ha absorbido aproximadamente una cuarta parte del dióxido de carbono emitido por las actividades humanas desde la Revolución Industrial. Cuando el CO₂ entra en contacto con el agua de mar, se producen reacciones que forman ácido carbónico, aumentan la concentración de iones de hidrógeno y reducen el pH.

La palabra “acidificación” puede llevar a una interpretación equivocada. El océano no se ha convertido en un medio ácido en términos absolutos. Sigue siendo ligeramente alcalino. Lo que está cambiando es su grado de alcalinidad: el pH disminuye a medida que aumenta el dióxido de carbono disuelto.

La consecuencia más delicada para los corales ocurre con los carbonatos. La NOAA señala que la acidificación reduce la disponibilidad de iones de carbonato, componentes necesarios para que organismos como corales, moluscos y algunos organismos planctónicos formen estructuras de carbonato de calcio. Cuando disminuye la saturación de carbonato, construir y mantener esas estructuras puede resultar energéticamente más difícil.

Para los arrecifes del Caribe mexicano, la cuestión adquiere especial importancia. Quintana Roo forma parte del Sistema Arrecifal Mesoamericano, considerado el segundo sistema de barrera coralina más grande del mundo después de la Gran Barrera australiana. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas señala que este sistema alberga una elevada diversidad de especies y presta servicios esenciales, desde protección costera hasta actividades pesqueras y turísticas.

Pero la acidificación no actúa sola. Investigaciones realizadas en el Caribe mexicano muestran que los arrecifes están sometidos simultáneamente a otros factores de presión. El calentamiento del mar puede provocar blanqueamiento coralino, mientras que la contaminación, el exceso de nutrientes, la sedimentación y determinadas enfermedades afectan la capacidad de recuperación de las colonias.

Un estudio publicado en Biogeosciences sobre el Caribe mexicano encontró que la química del carbono en las aguas costeras puede presentar variaciones importantes relacionadas con procesos naturales y actividades humanas. Los investigadores destacaron la influencia de la descarga de aguas subterráneas, particularmente relevante en una región kárstica como la península de Yucatán.

Esta característica geológica introduce una particularidad regional. En la península, el agua de lluvia se infiltra con facilidad a través de la roca caliza y circula por el subsuelo antes de llegar al mar. Ese intercambio puede transportar nutrientes, carbono y otros compuestos hacia las aguas costeras. Por ello, comprender la acidificación del Caribe mexicano exige estudiar no solo el océano abierto, sino también la interacción entre tierra, acuífero y zona costera.

Los corales, además, no responden todos de la misma manera. La literatura científica muestra diferencias entre especies y poblaciones en su capacidad para resistir cambios de temperatura y química del agua. Algunas pueden mantener parte de su capacidad de calcificación bajo determinadas condiciones, mientras que otras presentan reducciones más marcadas. Por eso no sería correcto afirmar que una determinada disminución del pH provocará automáticamente la desaparición de todos los arrecifes.

Lo que sí está claramente establecido es la tendencia global. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático señala que la acidificación oceánica continuará mientras aumenten las concentraciones de dióxido de carbono atmosférico. Incluso si otros factores de estrés pudieran controlarse localmente, el cambio químico asociado al CO₂ constituye una presión que requiere reducir las emisiones a escala global.

En las costas mexicanas, la conservación tiene entonces dos dimensiones. Una consiste en disminuir las presiones locales: mejorar el tratamiento de aguas residuales, controlar descargas de nutrientes, reducir la contaminación y proteger zonas de reproducción. La otra depende de un desafío mucho mayor: contener el aumento mundial de gases de efecto invernadero.

La acidificación tampoco significa que los arrecifes estén condenados inevitablemente. Los ecosistemas coralinos poseen capacidad de adaptación y recuperación cuando las condiciones ambientales lo permiten. La protección de herbívoros, la reducción de contaminación y la conservación de áreas saludables pueden aumentar su resiliencia frente a otros factores de estrés.

El mar, en cierto modo, está enviando una señal química silenciosa. No necesita cambiar de color para revelar que está absorbiendo más dióxido de carbono. En el Caribe mexicano, donde los arrecifes protegen costas y sostienen una parte importante de la biodiversidad y de la economía turística, esa señal merece ser tomada en serio. Cuidar los corales no significa únicamente preservar un paisaje submarino: significa conservar una infraestructura natural cuya construcción tomó miles de años y cuya pérdida sería mucho más difícil de reparar.