El Segundo Simulacro Nacional 2026 puso a prueba los protocolos de evacuación y alertamiento en las 32 entidades, mientras el Comité Nacional de Emergencias llamó a mantener y fortalecer la preparación ante posibles desastres.

México volvió a detener sus actividades por unos minutos para recordar una lección que el país aprendió de manera dolorosa: ante una emergencia, la preparación puede marcar una diferencia decisiva. Este 19 de septiembre se realizó el Segundo Simulacro Nacional 2026, un ejercicio que movilizó a instituciones, empresas, escuelas y familias en las 32 entidades federativas.

El ejercicio comenzó a las 12:00 horas, tiempo del centro de México, con la activación de los mecanismos de alertamiento previstos para las diferentes regiones. De acuerdo con la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, el simulacro contempló cinco hipótesis sísmicas adaptadas a las características de riesgo de distintas zonas del país.

La jornada concluyó sin incidentes relacionados con el ejercicio y permitió poner a prueba no solamente la reacción de la población, sino también la capacidad de coordinación entre las autoridades federales, estatales y municipales.

Uno de los elementos centrales fue el sistema de alertamiento por telefonía celular. El Gobierno de México había previsto que más de 80 millones de dispositivos compatibles recibieran el aviso, mientras que más de 23 mil altavoces participaron en la emisión de las alertas en las regiones con cobertura del Sistema de Alerta Sísmica Mexicano.

La herramienta representa un cambio importante en la manera de comunicar una emergencia. El teléfono que normalmente sirve para comunicarse, trabajar o consultar información puede convertirse, en cuestión de segundos, en un canal para recibir una advertencia. Precisamente por ello, las autoridades buscan que la población conozca el sonido, identifique el mensaje y sepa qué hacer después de recibirlo.

Después del ejercicio se instaló el Comité Nacional de Emergencias, encabezado por el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, con la participación de la coordinadora nacional de Protección Civil, Laura Velázquez Alzúa, integrantes del Gabinete de Seguridad y titulares de distintas dependencias.

También participaron mediante enlaces virtuales gobernadoras y gobernadores de diversas entidades. El objetivo fue concentrar los reportes del simulacro y revisar el funcionamiento de los mecanismos de respuesta.

Según el balance presentado por las autoridades y reportado por El Economista, las evacuaciones realizadas en los escenarios evaluados tuvieron un promedio de tres minutos, mientras que el ejercicio completo se extendió alrededor de 15 minutos. Estos tiempos sirven como referencia para detectar áreas que todavía pueden mejorarse, particularmente en edificios donde existen concentraciones importantes de personas.

La cifra nacional de participación también fue significativa. Un reporte difundido después del ejercicio señaló una participación estimada de 33 millones de personas en todo el país. La cantidad incluye a participantes de viviendas, escuelas, centros laborales, establecimientos comerciales, espacios públicos y dependencias gubernamentales.

Durante la sesión del Comité Nacional de Emergencias, García Harfuch subrayó que la preparación debe comenzar en el ámbito familiar. El propósito del simulacro, explicó, es que cada persona conozca las acciones que debe realizar frente a una emergencia y que las familias puedan identificar sus propios riesgos.

Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, planteó a su vez que este tipo de ejercicios permite revisar las áreas de oportunidad y fortalecer la cultura de protección civil. La idea es sencilla, pero fundamental: un simulacro no termina cuando deja de sonar la alarma; su verdadero valor está en lo que se aprende y en las correcciones que se realizan después.

La fiscal general de la República, Ernestina Godoy Ramos, recordó durante la sesión que el 19 de septiembre tiene un significado particular para México por los terremotos de 1985 y 2017. En ese contexto, destacó la necesidad de mantener una cultura permanente de preparación y responsabilidad.

Las hipótesis utilizadas este año también buscaron que el ejercicio no se limitara a una sola región. La Coordinación Nacional de Protección Civil estableció escenarios distintos de acuerdo con los riesgos identificados en cada zona. Entre ellos se incluyeron hipótesis de sismos en el centro del país, el noroeste, la península de Yucatán y el golfo de Tehuantepec.

En la zona centro se planteó, por ejemplo, un escenario de magnitud 7.7 con epicentro a 15 kilómetros al suroeste de Tehuacán, Puebla. En la península de Yucatán se consideró un movimiento de magnitud 7.1 con epicentro al noroeste de Cabo Catoche, Quintana Roo. Estos datos correspondieron exclusivamente a escenarios de simulación y no a sismos reales.

El ejercicio también permitió observar el funcionamiento de otros sistemas. En la Ciudad de México, El Economista reportó que 98 por ciento de los altavoces evaluados funcionaron durante el simulacro, mientras que el Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano registró millones de participantes en la capital.

La experiencia deja una conclusión práctica para la población: conocer la ruta de evacuación, identificar las zonas de menor riesgo, establecer un punto de reunión y tener a la mano documentos y suministros básicos son acciones que no requieren esperar a que ocurra una emergencia.

Además, los simulacros permiten evaluar algo que difícilmente puede comprobarse únicamente en un manual: la coordinación real entre personas e instituciones. Una evacuación demasiado lenta, una salida bloqueada, una alarma que no se escucha o una comunicación confusa pueden parecer detalles menores en tiempos normales, pero convertirse en problemas importantes durante una emergencia verdadera.

Por eso, el mensaje del Comité Nacional de Emergencias apunta más allá del ejercicio de este 19 de septiembre. México cuenta con sistemas de alerta, protocolos y estructuras institucionales para responder ante fenómenos naturales, pero las autoridades reconocen que estas capacidades deben mantenerse en revisión y fortalecerse de manera constante.

La memoria de 1985 y 2017 explica buena parte de esta cultura preventiva. Sin embargo, recordar a quienes perdieron la vida no basta. El desafío cotidiano consiste en transformar esa memoria en hábitos concretos: saber cómo actuar, mantener despejadas las rutas de salida, revisar los protocolos del lugar donde se vive o trabaja y participar seriamente cuando se activa un simulacro.

El ejercicio terminó en unos minutos, pero la preparación no. Esa es precisamente la tarea que queda después de que las alarmas se apagan y las actividades regresan a la normalidad.