La película Morro, de Rodrigo García Saiz, llegó al Festival de San Sebastián con una historia que utiliza el vínculo entre un veterinario y el perro herido de un capo para hablar del duelo, la violencia y la posibilidad de recuperar la esperanza.
El cine mexicano volvió a San Sebastián con una historia que se acerca a la violencia del narcotráfico desde un lugar poco habitual. En lugar de concentrarse en los jefes criminales o en la espectacularidad de las operaciones delictivas, Morro, segundo largometraje de Rodrigo García Saiz, sigue a un veterinario marcado por la muerte de su hijo y al perro herido de un capo local.
La película tuvo su estreno mundial en la sección New Directors de la edición 74 del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. El certamen confirmó que la cinta mexicana, de 95 minutos y hablada en español, forma parte de una sección dedicada a nuevos realizadores.
La historia comienza con Mateo, un veterinario que vive en un pequeño pueblo y que permanece atrapado entre rutinas silenciosas y el dolor provocado por la muerte de su hijo. Su vida cambia cuando debe atender a Morro, un perro herido que pertenece a un jefe criminal de la zona.
El animal se convierte entonces en el punto de encuentro entre dos mundos. Mateo conoce quién es el dueño del perro y el contexto violento en el que vive, pero decide atenderlo. A partir de ese cuidado cotidiano surge una relación sin palabras que, de acuerdo con la sinopsis oficial del festival, ayuda al protagonista a recuperar un sentido para su propia vida.
Rodrigo García Saiz ha explicado que su interés no estaba en repetir las fórmulas habituales de las historias sobre narcotráfico. En entrevista con el Instituto Mexicano de Cinematografía, el director señaló que buscaba hablar de las personas que permanecen y resisten en entornos marcados por la violencia.
Ese enfoque también aparece en una entrevista publicada por LatAm Cinema, donde García Saiz explicó que no quería hablar únicamente de la violencia, sino de quienes intentan continuar con su vida dentro de esos ambientes hostiles. La diferencia parece sutil, pero cambia el centro de la historia: el crimen deja de ser el protagonista absoluto y pasa a convertirse en el contexto que condiciona la vida de los personajes.
La película fue rodada en Singuilucan, Hidalgo, aunque el lugar no se identifica expresamente dentro de la ficción. El director ha explicado que buscaba construir un espacio que pudiera representar diferentes lugares de México donde existen problemas relacionados con la violencia criminal.
La elección de la localidad también tuvo una dimensión comunitaria. García Saiz contó al IMCINE que los habitantes de la zona participaron y facilitaron espacios durante el rodaje. La producción buscó aprovechar la geografía y la luz del lugar para construir una atmósfera propia, lejos de una representación genérica del territorio mexicano.
La fotografía de Alfonso Herrera Salcedo contribuye a esa intención. La producción fue realizada en película de 35 milímetros, un formato que, según información de LatAm Cinema, permitió al equipo trabajar una imagen con una identidad visual particular. La decisión resulta significativa porque la historia aborda un ambiente sombrío, pero no pretende convertir a México en un paisaje permanentemente gris.
El propio García Saiz ha cuestionado la representación repetitiva del país en algunas producciones relacionadas con el narcotráfico. Su interés, explicó en declaraciones recogidas por AFP, está en mostrar ese otro mundo que existe dentro del mismo contexto: personas que siguen trabajando, formando vínculos y tratando de mirar hacia adelante pese a la violencia.
En ese universo aparecen también Poncho e Isabel, dos personajes jóvenes que representan otra dimensión del problema. El director los utiliza para acercarse a quienes terminan vinculados con redes criminales en contextos donde las oportunidades pueden ser limitadas. La película evita, de acuerdo con sus declaraciones, reducirlos a una etiqueta y busca observar las circunstancias que rodean sus decisiones.
La relación entre Mateo y Morro funciona como contrapunto. Frente a la violencia, aparece el cuidado. Frente al silencio del duelo, la presencia de un animal. Y frente a un entorno en el que los personajes parecen acostumbrados al peligro, surge un vínculo que no necesita explicaciones.
Trabajar con el perro fue, sin embargo, uno de los desafíos particulares de la producción. García Saiz decidió utilizar un animal de campo sin entrenamiento profesional, una elección que ya había explicado antes del rodaje y que posteriormente retomó en entrevistas sobre la película.
La intención era que el perro se comportara como un perro y que la cámara aprovechara sus reacciones naturales. El resultado buscado no era una actuación convencional, sino capturar miradas, movimientos y respuestas espontáneas que reforzaran la relación con Mateo.
Para interpretar al veterinario, el director recurrió a Gustavo Sánchez Parra, actor reconocido también por su participación en Amores perros. El Universal había documentado previamente que el nuevo personaje representaba un cambio respecto de aquel papel de 2000 relacionado con las peleas de perros. En Morro, Sánchez Parra interpreta precisamente a un hombre dedicado a cuidar a uno.
El reparto se completa con Anna Díaz y Ernesto Meléndez, mientras que buena parte de los participantes fueron actores naturales. El Festival de San Sebastián identifica oficialmente a Sánchez Parra, Díaz y Meléndez como los principales intérpretes de la cinta.
La película llega así a uno de los principales escaparates del cine internacional con una propuesta que no pretende negar la existencia de la violencia en México. Más bien intenta desplazar la mirada: dejar por un momento la sangre y observar qué ocurre con quienes permanecen después de ella.
La presencia de Morro también forma parte de una participación mexicana más amplia en San Sebastián. El IMCINE informó que en la edición 2026 el cine nacional está presente en distintas secciones del festival, entre ellas New Directors, Horizontes Latinos y Zabaltegi-Tabakalera, además de espacios de industria y coproducción.
En el caso de Morro, la apuesta de García Saiz es íntima. No pretende explicar todo el fenómeno del narcotráfico ni convertir a un perro en una solución para un problema social de enorme complejidad. Su punto de partida es más pequeño y, precisamente por eso, más humano: un hombre que perdió a su hijo, un animal que necesita ayuda y una relación capaz de abrir una pequeña grieta en medio de un entorno violento.
La película deja así una pregunta que va más allá de su argumento: qué historias quedan por contar cuando México deja de ser observado únicamente desde la violencia. Para García Saiz, una de las respuestas está en quienes continúan viviendo, cuidando, trabajando y buscando alguna forma de esperanza después de la tormenta.

