La Arquidiócesis mexicana llamó a establecer reglas para el desarrollo y uso de la inteligencia artificial, en un momento en que el país todavía no cuenta con una ley general sobre la materia y ya existen distintas propuestas legislativas para regular sus efectos.
La Iglesia católica mexicana volvió a colocar la inteligencia artificial en el centro del debate público al advertir sobre los riesgos de delegar en sistemas automatizados decisiones que pueden afectar el trabajo, la reputación, el acceso a servicios y los derechos de las personas.
En su editorial semanal de Desde la Fe, la Arquidiócesis de México sostuvo que el desarrollo tecnológico no debe ser visto con temor ni rechazo, pero consideró necesario establecer reglas que permitan aprovechar la innovación sin desplazar la dignidad humana como criterio central.
La posición coincide con una discusión que ya se encuentra abierta en México. En junio pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que el país todavía no cuenta con una ley específica sobre inteligencia artificial y señaló que debe existir regulación, al tiempo que planteó la necesidad de discutir socialmente los efectos de estas tecnologías.
El debate no se ha quedado únicamente en declaraciones. El Sistema de Información Legislativa registra varias iniciativas presentadas durante 2026 para establecer un marco jurídico sobre inteligencia artificial. Una de ellas, presentada en junio en la Cámara de Diputados, plantea una Ley General para la Regulación y Uso Ético de la Inteligencia Artificial, con disposiciones sobre derechos humanos, privacidad, transparencia, seguridad y supervisión.
Esa propuesta contempla clasificar los sistemas de acuerdo con sus niveles de riesgo y crear una Agencia Nacional de Supervisión de la Inteligencia Artificial. También plantea evaluaciones de impacto para sistemas considerados de alto riesgo, mecanismos para detectar sesgos y la posibilidad de ordenar la suspensión o retiro de tecnologías cuando exista un riesgo inminente o un daño en curso. Hasta el 20 de septiembre de 2026, la iniciativa permanecía pendiente en comisiones de la Cámara de Diputados.
Hay otras propuestas en trámite. En el Senado se presentó una iniciativa para regular específicamente el uso de sistemas de inteligencia artificial en las relaciones laborales, incluyendo procesos de contratación, evaluación, promoción, despido y otras decisiones que pueden afectar a los trabajadores. La propuesta plantea supervisión humana, transparencia, protección de datos y mecanismos para que una persona pueda conocer las razones de una decisión laboral basada en IA.
Estos proyectos muestran que la discusión mexicana todavía se encuentra en construcción. No existe una sola propuesta legislativa consolidada y las iniciativas plantean diferentes mecanismos, autoridades y alcances. Por eso, hablar de una regulación ya aprobada sería incorrecto: hasta la fecha de esta publicación, el país continúa discutiendo cómo establecerla.
La preocupación expresada por la Iglesia también tiene un antecedente directo en el Vaticano. El papa León XIV publicó en mayo la encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. El documento sostiene que los sistemas de IA pueden incidir en decisiones relacionadas con el trabajo, el acceso a servicios, la reputación y otros derechos, y plantea que la inteligencia humana debe conservar la responsabilidad sobre el uso y los límites de estas tecnologías.
La encíclica no propone simplemente frenar la innovación. De hecho, reconoce los beneficios que pueden aportar las nuevas tecnologías y plantea criterios como la dignidad humana, el bien común, la transparencia, la solidaridad y la protección de las personas más vulnerables.
Uno de los puntos centrales del documento es la responsabilidad. Cuando un algoritmo participa en una decisión que perjudica a una persona, surge una pregunta muy concreta: ¿quién responde por las consecuencias? El problema deja de ser exclusivamente tecnológico y entra directamente en el terreno jurídico y social.
Algo similar ocurre con la privacidad y los datos personales. Los sistemas de IA requieren grandes cantidades de información para desarrollar determinadas funciones, pero el uso de esos datos puede generar riesgos si no existen controles suficientes sobre su recopilación, almacenamiento, procesamiento y utilización.
La Iglesia mexicana también puso sobre la mesa cuestiones relacionadas con los derechos de autor, la verdad y la seguridad. En particular, la expansión de herramientas capaces de producir textos, imágenes, audio y video ha complicado la distinción entre contenido auténtico y material generado o manipulado mediante sistemas automatizados.
Este último punto adquiere especial importancia en el ámbito informativo. La encíclica Magnifica Humanitas advierte que la inteligencia artificial puede convertirse en un multiplicador de la desinformación al facilitar la creación y distribución de contenidos manipulados. Al mismo tiempo, subraya que verificar los hechos y contrastar las fuentes continúa siendo una responsabilidad humana.
En México, las propuestas legislativas también han comenzado a abordar algunos de estos problemas. Una iniciativa presentada en febrero plantea requisitos de transparencia para sistemas que interactúan con personas y para aquellos utilizados en la generación o manipulación de imágenes, audio y video. También propone obligaciones relacionadas con derechos de autor, protección de datos y mecanismos para identificar contenidos creados mediante IA.
El desafío está en encontrar un punto de equilibrio. Una regulación demasiado rígida puede generar obstáculos para investigación, innovación y desarrollo tecnológico; una regulación insuficiente puede dejar sin respuestas claras a personas afectadas por decisiones automatizadas, filtraciones de datos, discriminación algorítmica o contenidos falsificados.
En ese sentido, el planteamiento de la Iglesia mexicana se incorpora a una conversación mucho más amplia que ya involucra a gobiernos, empresas tecnológicas, universidades, especialistas y organizaciones civiles. La pregunta de fondo no es solamente qué puede hacer una inteligencia artificial, sino qué decisiones debe seguir tomando una persona y bajo qué condiciones.
Para México, la discusión apenas entra en una etapa decisiva. Hay iniciativas en el Congreso, existe un reconocimiento desde el Gobierno federal sobre la necesidad de establecer reglas y ahora la Iglesia católica mexicana suma su voz al debate. El siguiente paso será convertir esas preocupaciones generales en normas concretas que definan responsabilidades, límites y mecanismos de supervisión sin cerrar el paso al desarrollo tecnológico.


