El dengue dejó de ser un problema estrictamente tropical: el aumento de las temperaturas, los cambios en las lluvias, la expansión de los mosquitos vectores y la aparición de nuevos patrones de circulación viral están obligando a replantear la vigilancia y el control de una enfermedad que ya afecta a más de cien países.
Durante mucho tiempo, el dengue parecía tener un mapa relativamente predecible. Las zonas tropicales y subtropicales concentraban la mayor parte de los casos y el mosquito Aedes aegypti encontraba allí las condiciones ideales para reproducirse. Hoy ese mapa se está moviendo.
La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de la mitad de la población mundial vive actualmente en zonas donde existe riesgo de dengue y calcula entre 100 y 400 millones de infecciones cada año. En 2024 se notificaron más de 14,6 millones de casos a escala mundial, la cifra anual más elevada registrada hasta entonces. La OMS relaciona el aumento con varios factores, entre ellos los cambios en la distribución de los mosquitos, la urbanización y las condiciones climáticas favorables para la transmisión.
El cambio climático no significa que cada aumento de temperatura produzca automáticamente una epidemia. La transmisión depende de una combinación de factores ambientales, sociales y sanitarios. Sin embargo, temperaturas más elevadas, humedad y determinados patrones de precipitación pueden favorecer la supervivencia y reproducción de los vectores y ampliar las temporadas en las que el virus puede circular.
El escenario americano ofrece una muestra contundente. La Organización Panamericana de la Salud informó que durante 2024 la región registró más de 13 millones de casos de dengue. En 2025 la cifra descendió de manera importante, hasta 4,46 millones de casos sospechosos y 1,68 millones confirmados, pero la transmisión continuó siendo elevada y los cuatro serotipos del virus circularon simultáneamente.
Esto último es especialmente relevante. El dengue no es un único virus en términos epidemiológicos, sino que existen cuatro serotipos principales: DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4. Una infección genera protección duradera principalmente frente al serotipo que la provocó, mientras que una infección posterior por otro serotipo puede aumentar el riesgo de desarrollar dengue grave.
La OPS alertó en 2025 sobre la creciente circulación del DENV-3 en varios países americanos, entre ellos México, Brasil, Colombia, Costa Rica, Guatemala y Perú. El regreso de un serotipo que había circulado poco durante años puede encontrar a una población con menor inmunidad, creando condiciones propicias para nuevos brotes.
Y existe otro adversario menos visible: la resistencia de los mosquitos a los insecticidas.
La Organización Mundial de la Salud ha documentado resistencia a diferentes productos utilizados contra especies de Aedes. En su informe sobre el sureste asiático advierte que esta resistencia puede reducir la eficacia del control químico y subraya la necesidad de vigilancia entomológica para conocer qué insecticidas siguen funcionando en cada territorio.
La consecuencia es importante para las ciudades. Durante años, muchas campañas se apoyaron fuertemente en fumigaciones cuando aparecían brotes. Pero un mosquito resistente puede sobrevivir a tratamientos que anteriormente eran eficaces. Además, la fumigación por sí sola no elimina los criaderos donde se desarrollan las larvas.
Por eso la estrategia moderna exige algo más parecido a una operación permanente que a una reacción de emergencia. La OPS recomienda integrar vigilancia epidemiológica, diagnóstico, seguimiento de las poblaciones de mosquitos y control de criaderos. También insiste en la participación comunitaria, porque recipientes con agua acumulada, depósitos sin cubrir y objetos abandonados en patios pueden convertirse en auténticos viveros para el mosquito.
La urbanización añade otra dificultad. El Aedes aegypti se adapta extraordinariamente bien a los entornos humanos y puede reproducirse en pequeñas cantidades de agua acumulada. En ciudades densamente pobladas, donde millones de personas viven relativamente cerca unas de otras, la transmisión puede acelerarse cuando coinciden el mosquito, el virus y una población susceptible.
La verdad es que el dengue representa una prueba de cómo las enfermedades infecciosas pueden responder a un planeta cambiante. No basta con preguntarse dónde está el mosquito hoy. Las autoridades necesitan anticipar dónde podría encontrar condiciones favorables mañana.
La respuesta tampoco puede depender exclusivamente de los insecticidas. La vigilancia temprana, el saneamiento urbano, la eliminación sistemática de criaderos, el diagnóstico oportuno, la preparación hospitalaria y las estrategias de vacunación cuando estén indicadas forman parte de una misma defensa.
La experiencia reciente demuestra que las epidemias pueden disminuir con rapidez, pero también regresar cuando cambian las condiciones. En las Américas, los primeros datos de 2026 mostraron una reducción considerable respecto del año anterior; aun así, la OPS mantiene la recomendación de reforzar la vigilancia y la preparación de los sistemas sanitarios.
El desafío, por tanto, no consiste solamente en combatir al mosquito. Consiste en construir ciudades capaces de anticiparse a él. En un escenario de temperaturas cambiantes, urbanización acelerada y virus que circulan en distintas combinaciones, esperar a que los hospitales comiencen a llenarse significa llegar demasiado tarde.
El dengue puede parecer pequeño cuando se observa únicamente al mosquito que lo transmite. Pero detrás de esa picadura existe una compleja interacción entre clima, urbanización, genética viral, resistencia de los vectores y capacidad institucional. Combatirla exigirá justamente lo contrario de una respuesta improvisada: vigilancia constante, ciencia y prevención sostenida.


