México envejece a contrarreloj y las ciudades todavía tienen que prepararse

México está entrando en una nueva etapa demográfica. Casi 15 de cada 100 habitantes ya tienen 60 años o más y la transformación continuará durante las próximas décadas. El desafío no consiste solamente en atender a una población que vivirá más años, sino en adaptar viviendas, barrios, transporte, servicios y espacios públicos antes de que el cambio demográfico alcance una escala mucho mayor.

La fotografía demográfica de México cambió de manera perceptible en apenas cinco años. Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran que la población de 60 años y más pasó de representar 12.0 por ciento en 2020 a 14.7 por ciento en 2025. En términos absolutos, son alrededor de 19.2 millones de personas.

El cambio también puede observarse desde otro indicador: la edad mediana de la población pasó de 29 años en 2020 a 32 años en 2025. Al mismo tiempo, la población menor de 15 años redujo su participación de 25.2 a 21.6 por ciento. México no solamente tiene más habitantes; tiene una estructura por edades diferente.

Para Isalia Nava Bolaños, investigadora del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, la velocidad de esta transformación es uno de los aspectos que deben llamar la atención. Durante el panel “Envejecer en el barrio: espacio público para las personas adultas mayores”, organizado por el Programa Universitario de Estudios de la Ciudad, señaló que la mayor parte de las entidades mexicanas apenas está entrando en el proceso de envejecimiento, con entre 7 y 13 por ciento de población de 60 años y más. Sin embargo, hacia 2070 el panorama será considerablemente distinto.

La comparación internacional permite dimensionar la velocidad. Países como Italia, Finlandia, Portugal, Grecia, Croacia y Alemania ya tienen proporciones mucho mayores de población adulta mayor. Japón, uno de los casos más avanzados, ronda 30 por ciento de personas de 65 años y más. De acuerdo con Nava Bolaños, varias de esas sociedades necesitaron alrededor de dos siglos para alcanzar sus niveles actuales de envejecimiento, mientras que México recorrerá una transformación comparable en menos de cuatro décadas.

El origen de este proceso no está en una sola causa. La estructura poblacional responde a la evolución de la fecundidad, la mortalidad y la migración. La reducción de los nacimientos modifica progresivamente la base de la pirámide poblacional, mientras el aumento de la esperanza de vida incrementa la presencia relativa de personas en edades avanzadas.

Las consecuencias tampoco se limitan al sistema de pensiones o a los servicios médicos. El envejecimiento modifica prácticamente todos los espacios en los que transcurre la vida cotidiana. Una ciudad diseñada pensando principalmente en una población joven puede convertirse en un territorio lleno de obstáculos para quien tiene dificultades para caminar, necesita transporte accesible o requiere servicios próximos a su vivienda.

Ahí aparece una dimensión que con frecuencia queda fuera de las discusiones sobre demografía: el barrio. Nava Bolaños ha señalado que la calidad de vida durante la vejez también se construye territorialmente. La vivienda, la manzana, la colonia y el espacio público pueden facilitar la autonomía o convertirse en barreras que favorezcan el aislamiento.

Una banqueta deteriorada, una calle difícil de cruzar, una parada de transporte sin condiciones adecuadas o un servicio de salud demasiado distante pueden representar problemas menores para una persona joven y obstáculos determinantes para alguien con movilidad reducida. Por eso, preparar al país para el envejecimiento implica revisar la infraestructura desde una escala mucho más cercana a la vida cotidiana.

También será necesario replantear las políticas de cuidados. El incremento de la población mayor significa que habrá más personas que necesitarán distintos grados de apoyo, aunque esto no debe traducirse en la idea de que la vejez equivale automáticamente a dependencia. La propia investigación universitaria ha insistido en la necesidad de reconocer que las personas mayores mantienen capacidades, relaciones sociales, participación comunitaria y autonomía durante buena parte de esta etapa de la vida.

Las proyecciones de largo plazo permiten dimensionar lo que está por venir. Para 2070, distintas estimaciones sitúan en aproximadamente 34 por ciento la proporción de mexicanos de 60 años y más, con alrededor de 48.4 millones de personas en ese grupo de edad. No se trata de una predicción sobre las circunstancias particulares de cada persona, sino de un escenario demográfico construido a partir de tendencias de fecundidad, mortalidad y migración.

La cuestión, entonces, no es si México va a envejecer. Los datos muestran que el proceso ya está ocurriendo. La discusión importante es qué tan rápido podrán adaptarse las instituciones y los espacios donde viven las personas.

Durante décadas, el país habló del bono demográfico como una oportunidad derivada de una población relativamente amplia en edades potencialmente productivas. Esa etapa no desaparece de un día para otro, pero su composición está cambiando. La oportunidad consiste ahora en utilizar el tiempo disponible para preparar sistemas de salud, pensiones, cuidados, vivienda, movilidad y espacios públicos para una sociedad progresivamente más longeva.

Envejecer es, en sí mismo, un logro social. Significa que millones de personas tienen la posibilidad de vivir más años que las generaciones anteriores. El desafío consiste en conseguir que esos años adicionales puedan transcurrir con autonomía, seguridad, participación y dignidad.

México dispone todavía de tiempo para prepararse, pero la ventana no es indefinida. La pirámide poblacional ya está cambiando y las ciudades comienzan a recibir una señal clara: el país del futuro no tendrá las mismas necesidades que el país del pasado. Adaptarse al envejecimiento no será una tarea exclusiva de los adultos mayores. Será una decisión sobre las condiciones en las que todos terminaremos viviendo.