Hay momentos en la política en los que conviene detenerse y mirar un poco más allá de la disputa inmediata. No para decidir quién tiene la razón, ni para sumarse a una corriente, sino para preguntarnos qué está ocurriendo con las instituciones cuando los liderazgos adquieren un peso mayor que el proyecto que alguna vez los llevó hasta ahí.
Eso es, a mi juicio, lo que hoy merece atención en el PAN yucateco.
La controversia que se comenta en la discusión pública en Yucatán alrededor de Mauricio Vila y Renán Barrera no puede entenderse solamente como un desacuerdo entre dos personajes. Hay detrás una historia política que comenzó a tomar forma hace más de una década.
En 2012, después de que el PRI recuperara Mérida en 2010, Renán Barrera se convirtió en candidato panista y posteriormente recuperó la alcaldía para Acción Nacional. Por lo cual aquella elección representó el regreso del PAN a la capital yucateca después de una derrota que había interrumpido dos décadas de gobiernos panistas. Por su parte, Mauricio Vila recuperó la gubernatura del estado en 2018, después de dos periodos priístas.
Visto desde hoy, aquel episodio adquiere otra dimensión. Tanto Barrera y Vila pertenecieron a una generación que creció políticamente dentro de un proceso de renovación del panismo yucateco y con el paso del tiempo, ambos construyeron trayectorias propias y acumularon un considerable capital político.
Precisamente por eso, cualquier diferencia entre ellos tiene una repercusión que va mucho más allá de sus personas.
La verdad es que un partido puede sobrevivir a la competencia interna e incluso puede fortalecerse con ella. Pero es necesario que las diferencias se procesen y resuelvan mediante reglas, diálogo y deliberación que deberían ser las formas naturales de hacer política.
Pero hay que reconocer que el problema comienza cuando esas diferencias dejan de ser institucionales y terminan convirtiéndose en confrontaciones que dividen a quienes antes compartían un mismo proyecto.
Y aquí aparece una paradoja que me parece inevitable dentro de un contexto confrontativo entre figura de liderazgo: los que ayudaron a construir una institución pueden terminar debilitándola si llegan a considerarse más importantes que ella.
En estos momento, cuando hay un ambiente polarizado en la política por la rudeza de la pseudodemocracia del régimen de la 4T, hay un liderazgo muy definido en el PAN de Yucatán en la figura de Cecilia Patrón que además de retener la alcaldía de Mérida para Acción Nacional, en estos dos años ha estado avanzando firme en la gestión de las necesidades de los que vivimos en Mérida.
Por eso me parece un error reducir todo a la pregunta de quién controlará el PAN o quién tendrá mayor influencia en las decisiones de 2027 y darse cuenta de que hay activos bien definidos que merecen del apoyo de todos los liderazgos partidistas para consolidar la permanencia en un bastión político.
Al final, los ciudadanos no tendrían por qué convertirnos en espectadores de pleitos entre grupos. Como tampoco deberían reducir la elección municipal un simple plebiscito sobre la relación entre dos o más liderazgos internos.
Cecilia Patrón representa, además, una circunstancia que obliga a mirar hacia adelante. Su presencia en la alcaldía coloca sobre la mesa una nueva etapa política.
Seamos claros: Yucatán ya ha visto cómo los proyectos políticos se levantan, alcanzan su momento de mayor influencia y después comienzan a fracturarse.
Por eso, más que preguntarnos quién ganará una disputa interna, quizá deberíamos preguntarnos algo mucho más importante: ¿qué quedará de la institución cuando termine la disputa?
Ahí está el verdadero asunto.

