Los dos cineastas compartieron en Nueva York sus experiencias sobre la adaptación de novelas, la relación entre directores y actores y los cambios que están transformando los rodajes contemporáneos.

Pedro Almodóvar y Sofia Coppola compartieron escenario este lunes en el Festival de Cine de Nueva York y, durante poco más de una hora, convirtieron su conversación en una especie de radiografía de la creación cinematográfica. Hablaron de literatura, dirección de actores, escenas íntimas, autoridad en el set y, también, de cómo cambia la relación de un cineasta con su propia profesión conforme pasan los años.

El encuentro, celebrado en el Walter Reade Theater, formó parte de las conversaciones especiales de la edición 64 del festival. Almodóvar participa en la programación con Amarga Navidad, su vigésimo cuarto largometraje, mientras que Coppola presenta Making Marie Antoinette, un documental construido a partir del material filmado por su madre, Eleanor Coppola, durante la producción de la película de 2006.

Uno de los asuntos que provocó mayor coincidencia entre ambos fue la adaptación literaria. Almodóvar fue tajante al defender que un director necesita libertad para transformar una obra cuando la lleva al cine. A su juicio, literatura y cine son disciplinas diferentes y trabajar directamente con el autor de la novela puede generar una presión innecesaria sobre quien debe convertir las palabras en imágenes.

Sofia Coppola recordó una experiencia muy distinta, aunque terminó llegando a una conclusión semejante. Cuando adaptó The Virgin Suicides, de Jeffrey Eugenides, se reunió con el escritor, le entregó el guion y recibió algunas observaciones. Con el tiempo, explicó, el autor comprendió que una adaptación necesariamente modifica determinados elementos de la obra original para trasladarlos al lenguaje cinematográfico.

Y es que adaptar una novela no significa simplemente ilustrarla. El ritmo, la estructura narrativa, la construcción de los personajes y hasta la manera de representar la intimidad deben responder a las posibilidades y limitaciones propias de una película. En ese punto, la conversación entre ambos cineastas expuso una de las tensiones más antiguas del cine: cuánto debe respetar una película al libro que la inspira y cuánto puede apropiarse de él.

Almodóvar reveló además que actualmente lee Cosamala, de Alana S. Portero, y Peces, de Eva Baltasar. Esta última parece haber despertado especialmente su interés. La novela aborda una relación entre dos mujeres marcada por una intensa dimensión emocional y sexual, y el director reconoció que le gustaría llevarla al cine.

Sin embargo, Almodóvar también planteó una dificultad que considera cada vez más evidente: encontrar intérpretes dispuestas a asumir el grado de exposición que determinadas escenas pueden exigir. Puso como referencia el trabajo de Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos en La vida de Adèle, película dirigida por Abdellatif Kechiche que obtuvo la Palma de Oro en Cannes en 2013.

La conversación llevó naturalmente a los cambios que se han producido en los rodajes de escenas íntimas. La incorporación de coordinadores de intimidad ha ganado espacio en la industria cinematográfica como parte de una transformación más amplia de los protocolos destinados a proteger a los intérpretes durante este tipo de secuencias.

Almodóvar expresó algunas reservas sobre la creciente presencia de intermediarios entre el director y los actores. Recordó una experiencia anterior con un intérprete que, según relató, seguía las indicaciones de su entrenador de actuación por encima de las instrucciones del director. El episodio, cuyo protagonista no identificó públicamente, terminó obligándolo a intervenir para dejar clara la jerarquía en el rodaje.

El director español resumió su preocupación con una imagen sencilla: si tradicionalmente la relación entre director y actores podía entenderse como un vínculo de tres participantes cuando se incorpora un entrenador, la llegada de un coordinador de intimidad puede convertirla en un «cuarteto» en el que las decisiones deben negociarse entre más voces.

Coppola, en cambio, aportó una experiencia más favorable. Durante la filmación de Priscilla trabajó por primera vez con una coordinadora de intimidad y reconoció que inicialmente la presencia de esta figura le resultó extraña. Sin embargo, terminó valorando el respaldo que proporcionaba durante las escenas más delicadas.

La diferencia de perspectivas no pareció generar tensión entre ambos. Más bien mostró cómo dos cineastas con trayectorias muy distintas han tenido que adaptarse a una industria que ha modificado sus reglas de trabajo y sus expectativas sobre la relación entre seguridad, intimidad y libertad creativa.

Coppola también habló de la experiencia de dirigir Marie Antoinette cuando todavía era muy joven. La película, realizada en 2006, tuvo una producción de gran escala y exigió que la directora defendiera su propia mirada sobre un personaje histórico rodeado de una estética asociada al lujo y al poder de Versalles.

Con la perspectiva que le dan los años, Coppola explicó que la autoridad se construye de otra manera cuando un director adquiere experiencia. Ahora, dijo con ironía, resulta mucho más sencillo dar instrucciones y conseguir que los demás las sigan que tener que negociar constantemente cada decisión.

La complicidad entre ambos cineastas no es reciente. Se conocieron en 1999, cuando coincidieron durante la temporada de premios en torno a Todo sobre mi madre y The Virgin Suicides. Volvieron a encontrarse años después, en 2006, cuando coincidieron alrededor de Volver y Marie Antoinette.

Durante el encuentro también aparecieron recuerdos más ligeros, como una fiesta en Los Ángeles en la que ambos intentaron conversar, sin demasiado éxito, con la actriz británica Joan Collins. Las anécdotas ayudaron a mostrar una relación construida a lo largo de décadas dentro de una misma industria, aunque desde tradiciones cinematográficas y sensibilidades diferentes.

El presente también ocupó un lugar importante. Almodóvar acudió al festival con Amarga Navidad, película que explora precisamente la relación entre creación, memoria, realidad y ficción. El Festival de Cine de Nueva York describe la cinta como una obra que examina de cerca los métodos y las relaciones que han acompañado la trayectoria del director español.

En el caso de Coppola, Making Marie Antoinette representa una mirada hacia atrás. El proyecto recupera el proceso de realización de la película de 2006 a partir del material registrado por Eleanor Coppola y posteriormente terminado por su hija Sofia después de la muerte de la cineasta.

Así, la conversación entre Almodóvar y Coppola terminó funcionando como un diálogo entre distintas generaciones y formas de entender la dirección. Ambos defienden la libertad creativa, pero también reconocen que el oficio cinematográfico ha cambiado y que las relaciones dentro de un set ya no pueden entenderse exactamente como hace dos décadas.

Quizá por eso uno de los aspectos más reveladores del encuentro no fue una declaración concreta, sino la permanencia de una misma inquietud: cómo seguir haciendo cine con libertad cuando las reglas del oficio cambian. Para Almodóvar, la respuesta parece estar en continuar dirigiendo; para Coppola, también en haber aprendido, con los años, a ejercer con mayor seguridad la autoridad que implica estar detrás de una cámara.