La revisión del T-MEC abre una etapa decisiva para Norteamérica y obliga a México no solo a defender el acuerdo comercial, sino a demostrar que puede generar mayor valor, atraer inversión y fortalecer su posición dentro de las cadenas productivas regionales.

México entra a una de las etapas económicas más importantes de los últimos años con una pregunta que va mucho más allá de la permanencia del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC): ¿qué lugar quiere ocupar el país en la siguiente generación de la integración productiva de Norteamérica?

La discusión cobra fuerza mientras los tres socios avanzan en la primera revisión conjunta del acuerdo. Claus von Wobeser, quien concluyó su periodo como presidente de la International Chamber of Commerce México, planteó que el objetivo no debería limitarse a conservar las reglas comerciales vigentes, sino preservar la certidumbre que durante más de tres décadas ha permitido construir cadenas de producción profundamente integradas.

La posición coincide con una parte central de la agenda que México y Estados Unidos han colocado sobre la mesa durante las negociaciones de 2026. La Secretaría de Economía y la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos han discutido reglas de origen, seguridad económica, cadenas de suministro, acero, aluminio, automóviles, agricultura, trabajo y medio ambiente.

El proceso tampoco implica que el T-MEC esté a punto de desaparecer. Los tres gobiernos acordaron en julio mantener el tratado vigente hasta 2036 y realizar revisiones anuales. En cada una de esas revisiones existe la posibilidad de extender su vigencia por otros 16 años si los tres países así lo acuerdan.

Ese horizonte ofrece cierto margen de maniobra, pero no elimina la incertidumbre. Estados Unidos ha dejado claro que busca reducir su dependencia de proveedores externos a la región, fortalecer las reglas de origen y reforzar la seguridad de las cadenas norteamericanas. La primera ronda bilateral, celebrada en mayo, ya abordó precisamente esos asuntos.

La oportunidad está en algo más que atraer fábricas

Para México, el fenómeno del nearshoring ha sido presentado durante los últimos años como una oportunidad extraordinaria. La cercanía con Estados Unidos, la infraestructura industrial acumulada y la existencia del T-MEC convierten al país en una plataforma atractiva para empresas que buscan producir más cerca del mercado estadounidense.

Pero Von Wobeser advierte que contar plantas nuevas no debería ser la única manera de medir el éxito. La pregunta de fondo es cuánto valor económico permanece en México después de que una compañía decide instalarse en el país.

Esto implica observar cuántas empresas mexicanas se incorporan como proveedoras, cuánto contenido nacional tienen los productos exportados, qué tecnología se desarrolla localmente y qué tipo de empleos generan las nuevas inversiones.

La preocupación no es menor. El Gobierno mexicano también ha colocado el fortalecimiento del contenido regional entre sus prioridades. La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que México busca aumentar el contenido producido dentro de Norteamérica y reducir la dependencia de insumos provenientes de otras regiones.

En julio, la Secretaría de Economía informó que 85 % de las exportaciones mexicanas mantenían arancel cero hacia Estados Unidos y que las conversaciones con Washington habían avanzado en temas como acero, aluminio, sectores estratégicos, fortalecimiento de cadenas de valor y sustitución de importaciones provenientes de Asia.

La cifra ayuda a entender el tamaño de lo que está en juego. México no parte de cero. Ya existe una integración industrial profunda, especialmente en sectores como el automotriz, electrónico, aeroespacial y de dispositivos médicos. El reto consiste en que esa integración produzca un mayor efecto multiplicador dentro de la economía nacional.

La revisión ocurre en un nuevo escenario mundial

El comercio internacional ya no se mueve exclusivamente por costos y eficiencia. Seguridad económica, tensiones geopolíticas, tecnología, energía y política industrial tienen ahora un peso cada vez mayor en las decisiones de los gobiernos.

Estados Unidos ha planteado abiertamente que quiere reducir vulnerabilidades en sus cadenas de suministro y aumentar la producción dentro de América del Norte. En marzo, los equipos negociadores de ambos países comenzaron a estudiar opciones para incrementar la producción manufacturera y el empleo, además de identificar brechas en cadenas de suministro consideradas estratégicas.

La tercera ronda de conversaciones, realizada en julio en Ciudad de México, volvió a poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la manufactura regional y evitar que terceros países aprovechen las ventajas del tratado sin contribuir realmente a la integración norteamericana. Una cuarta ronda está prevista para septiembre en Washington.

Para México, esta transformación puede convertirse en una ventaja o en una oportunidad perdida. La ubicación geográfica es un activo difícil de replicar, pero no basta por sí sola para atraer proyectos de alto valor.

Certidumbre, energía y seguridad son la otra parte de la ecuación

Ahí aparece uno de los puntos centrales de la advertencia de Von Wobeser. Si México pretende aprovechar el reordenamiento de las cadenas productivas, necesita ofrecer condiciones que permitan a las empresas invertir con una perspectiva de largo plazo.

Eso incluye certeza jurídica, disponibilidad y competitividad energética, infraestructura, logística, seguridad, agua, conectividad, innovación y talento especializado.

El desafío puede parecer menos llamativo que anunciar una nueva planta industrial, pero es igual de importante. Una fábrica puede llegar rápidamente si existen incentivos suficientes; lo difícil es construir durante años el entorno que permita que esa inversión se multiplique y que proveedores mexicanos se incorporen a la cadena.

El propio proceso de revisión ha colocado la compatibilidad regulatoria entre los asuntos de interés. México y Estados Unidos acordaron apoyar un comité para revisar la implementación del capítulo 12 del T-MEC, relacionado con anexos sectoriales, con el propósito de mejorar la compatibilidad de sus regulaciones.

Esto puede parecer un asunto técnico, pero tiene efectos muy concretos. Para una empresa que opera a ambos lados de la frontera, diferencias regulatorias, trámites complejos o incertidumbre sobre las reglas pueden convertirse en costos adicionales y, en última instancia, influir en la decisión de dónde invertir.

México tiene una ventaja, pero necesita convertirla en valor

La posición geográfica del país, su experiencia manufacturera, su red de tratados comerciales y más de tres décadas de integración con Estados Unidos y Canadá representan ventajas que no pueden construirse de un día para otro.

El Gobierno mexicano también ha buscado aprovechar esa posición mediante una estrategia de fortalecimiento de la producción nacional y de las cadenas regionales. En marzo, la Secretaría de Economía señaló que uno de los objetivos de la revisión era reducir la dependencia de importaciones procedentes de fuera de Norteamérica y fortalecer las reglas de origen y la seguridad de las cadenas regionales.

Pero la oportunidad exige algo más que esperar nuevas inversiones. La verdadera pregunta es qué porcentaje de esas inversiones se traducirá en empresas mexicanas proveedoras, empleos mejor remunerados, transferencia tecnológica y mayor capacidad productiva nacional.

En ese sentido, el mensaje de Von Wobeser funciona como una advertencia, pero también como una hoja de ruta. México no necesita esperar a que Estados Unidos y Canadá definan el futuro comercial de la región para decidir qué quiere obtener de ese proceso.

La revisión del T-MEC puede convertirse en una negociación defensiva, centrada únicamente en conservar las condiciones actuales, o en una oportunidad para subir un peldaño dentro de la economía norteamericana.

La diferencia dependerá, en buena medida, de las decisiones que México tome puertas adentro. Porque la geografía acerca al país al mercado estadounidense, pero la certidumbre, la productividad, la infraestructura y la capacidad de generar valor determinarán cuánto puede beneficiarse realmente de esa cercanía.