Un nuevo informe del PNUMA concluye que el mundo rebasará temporalmente el umbral de 1,5 °C, aunque todavía existe una ruta para reducir la magnitud y duración de ese exceso si se aceleran las reducciones de emisiones.

El planeta se encamina a superar el límite de 1,5 °C de calentamiento respecto de los niveles preindustriales, objetivo central del Acuerdo de París. Sin embargo, el nuevo Informe sobre la Brecha de Emisiones 2026 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente sostiene que rebasar ese umbral no significa abandonar la meta climática.

El escenario más ambicioso analizado por el PNUMA contempla que el calentamiento alcance un máximo de entre 1,7 y 1,8 °C hacia mediados de siglo y vuelva a situarse en 1,5 °C o por debajo de ese nivel al final del siglo. Es una posibilidad, no una garantía, y exige una transformación profunda de las políticas energéticas, industriales y ambientales.

Para aproximarse a esa ruta, las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero tendrían que reducirse 18% para 2030, 45% para 2035 y 69% para 2040, en comparación con los niveles de 2025. El PNUMA advierte que los compromisos nacionales actuales no alcanzan esa escala: incluso si se cumplieran plenamente, los recortes serían mucho menores que los requeridos.

António Guterres, secretario general de la ONU, resumió el desafío con una idea directa: superar el umbral no equivale a capitular. La prioridad, ahora, es que el exceso de temperatura sea lo más reducido y breve posible, porque cada fracción adicional de grado incrementa los riesgos de olas de calor, incendios, inundaciones y otros impactos climáticos.

El informe proyecta que, si las políticas actuales continúan sin un fortalecimiento sustancial, el calentamiento podría llegar a 2,8 °C a lo largo de este siglo y seguir aumentando después. Incluso en un escenario en que se cumplan todas las contribuciones climáticas nacionales y los compromisos de neutralidad de carbono, la proyección se mantendría en torno a 2,1 °C.

El PNUMA también atribuye el empeoramiento de las proyecciones respecto al informe anterior a la retirada formal de Estados Unidos del Acuerdo de París y a la revisión de las estimaciones históricas de emisiones. Las nuevas metas nacionales presentadas desde el año pasado, añade, apenas han modificado el panorama global.

Hay, no obstante, señales que muestran que la acción climática puede funcionar. Desde la adopción del Acuerdo de París, las energías renovables han crecido con rapidez y varias políticas públicas han logrado disminuir emisiones en sectores y países concretos. El problema es la escala: esos avances aún no se replican con la velocidad ni la amplitud necesarias.

El organismo plantea como prioridades triplicar la capacidad mundial de energías renovables, duplicar el ritmo anual de mejora de la eficiencia energética, reducir las emisiones de metano, frenar la deforestación y acelerar la transición fuera de los combustibles fósiles.

Según el PNUMA, para 2035 la participación del carbón, el petróleo y el gas en el suministro energético global tendría que disminuir, como mínimo, 55%, 15% y 5%, respectivamente, respecto a 2025. También sería necesario ampliar la eliminación y el almacenamiento permanente de dióxido de carbono, una tarea que enfrenta importantes desafíos tecnológicos, económicos y sociales.

La COP31, prevista del 9 al 20 de noviembre en Antalya, Turquía, será una oportunidad para revisar la ambición climática. El informe deja una conclusión incómoda, pero necesaria: el margen se estrecha, aunque todavía existen herramientas para evitar los escenarios más dañinos.