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A los pobres los tendrán siempre con ustedes

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HOMILÍA

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

V JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Ciclo B

Dn 12, 1-3; Heb 10, 11-14. 18; Mc 13, 24-32.

 

“A los pobres los tendrán siempre con ustedes” (Mc 14, 7).

 

                In láak’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Te domingoa’ táank kíinbensik u jo’ p’éel Jornada Mundial ti’ óostililoo’ob. U bisaj T’aan Papá Francisco te ja’aba’ tu dsáaj u k’aanba’ “Le óotsililo’obo’ yáan u p’áatalo’ob mantads ta wéetele’ex”. Cristo’ leti’ yáax jun túul le óotsililob’ leti’e k-káaxtik ichil jun túul ti’ le óotsililo’obo’.

                Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo con el afecto de siempre en este domingo trigésimo tercero, penúltimo del Tiempo Ordinario, y quinta edición de la Jornada Mundial de los Pobres.

 

                “A los pobres los tendrán siempre con ustedes” (Mc 14, 7), éste es el título del mensaje que nos escribió el Papa Francisco para esta V Jornada Mundial de los Pobres. Aquella frase la dijo Jesús para defender a una mujer que le había ungido los pies con un perfume caro, pues Judas la criticó diciendo que ese perfume se hubiera vendido en favor de los pobres.

 

                Siempre ha habido gente que habla en favor de los pobres, pero que, lejos de servirlos, se sirven de ellos y abusa de su condición. Al igual que Judas, quien llevaba la bolsa de las limosnas para los pobres, robando de lo que la gente daba para ellos, hoy día sigue habiendo quien lucra con los pobres. El negocio actual más grande y pernicioso es el de la promoción de caravanas de migrantes, que les da material humano a los malvados de este mundo para la trata de blancas, la explotación laboral, la extracción de órganos, el secuestro para sacar dinero a sus familias, el ingreso forzado al crimen organizado, etc.

 

                El gesto de aquella mujer animó a Jesús, el cual sufría en su corazón sabiendo que se acercaba ya el momento de su pasión y muerte. Dice el Sumo Pontífice que: “Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de todos los tiempos” (Mensaje para la V Jornada Mundial de los Pobres, n. 3).

 

                Al igual que a los pobres, a Jesús, el pobre por excelencia, lo tendremos siempre con nosotros. No es una sentencia de condena que siempre vayamos a tener a los pobres con nosotros, sino que es un Evangelio, una Buena Nueva, que podamos siempre descubrir a Jesús en la persona de los pobres, y que podamos siempre dejarnos evangelizar por ellos.

 

                Un buen cristiano ha de buscar a los pobres, no sólo para darles cosas, sino para compartir con ellos la vida. Dice el Papa: “Una obra de beneficencia presupone un benefactor y un beneficiado, mientras que el compartir genera fraternidad. La limosna es ocasional, mientras que el compartir es duradero. La primera corre el riesgo de gratificar a quien la realiza y humillar a quien la recibe; el segundo refuerza la solidaridad y sienta las bases necesarias para alcanzar la justicia. En definitiva, los creyentes, cuando quieren ver y palpar a Jesús en persona, saben a dónde dirigirse, los pobres son sacramento de Cristo, representan su persona y remiten a él” (Ídem).

 

                Explica además el Papa, que el Evangelio de Jesús nos mueve “a estar especialmente atentos a los pobres y pide reconocer las múltiples y demasiadas formas de desorden moral y social que generan siempre nuevas formas de pobreza” (Ibíd., n. 5).

 

                También se refiere al empobrecimiento que ha traído la pandemia de la cual aún no hemos acabado de salir. Nos indica que “el año pasado, además, se añadió otra plaga que produjo ulteriormente más pobres: la pandemia. Esta sigue tocando a las puertas de millones de personas y, cuando no trae consigo el sufrimiento y la muerte, es de todas maneras portadora de pobreza” (Ídem).

 

                Este nuevo factor de pobreza requiere de nosotros respuestas eficaces, generosas y valientes para auxiliar a quien lo necesite. En nuestra Arquidiócesis de Yucatán hemos sido testigos de numerosas acciones en proximidad con los pobres durante la pandemia.

 

                En la última parte de su mensaje, el Papa nos invita a ir al encuentro de los pobres. Al respecto, menciona que: “No podemos esperar a que llamen a nuestra puerta, es urgente que vayamos nosotros a encontrarlos en sus casas, en los hospitales y en las residencias asistenciales, en las calles y en los rincones oscuros donde a veces se esconden, en los centros de refugio y acogida… Es importante entender cómo se sienten, qué perciben y qué deseos tienen en el corazón” (Ibíd., n. 9).


                Pasando a la Palabra Dios de este día, en la primera lectura, tomada del Libro del profeta Daniel, se presenta el tiempo final marcado por la manifestación del arcángel Miguel. Será tiempo de angustia para unos, pero no para los miembros del pueblo de Dios. Se levantarán los que duermen en el polvo, unos para la vida eterna, otros para el castigo eterno.

 

                Si leemos con cuidado, no se trata de un texto para infundirnos temor sino para movernos a la esperanza. Dice: “Los guías sabios… los que enseñan… justicia, resplandecerán como las estrellas por toda la eternidad” (Dn 12, 3). Ciertamente que los pobres que supieron confiar en Dios, tanto como las personas que supieron convivir con los pobres, se levantarán el último día para la vida eterna.


                En el santo evangelio, si Jesús habla de signos tremendos en la naturaleza no es para asustarnos, sino para que estemos atentos a su segunda venida, en la que llegará “con gran poder y majestad”. Sus ángeles serán enviados a congregar a los elegidos “desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo” (cfr. Mc 13, 24-32).


                Nos puede parecer extraño que Jesús afirme que no pasará esa generación sin que todo esto se cumpla, pero los mismos apóstoles contemplaron su gloria en el monte Tabor, luego lo vieron resucitado y también lo miraron ascender a los cielos. Muchos hombres y mujeres a los que llamamos contemplativos, pudieron anticipadamente ver a Jesús mostrando su poder y majestad. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que el primer mártir, san Esteban, vio la gloria del Hijo del Hombre antes de ser apedreado (cfr. Hch 7, 56). San Pablo contempló a Cristo resucitado en su camino a Damasco y después tantos otros, como san Francisco de Asís o la misma santa Teresa de Ávila, pudieron contemplar la gloria del Señor. Cualquiera de nosotros, de manera simple y natural, a través del amor, puede encontrar a Jesús desde ahora en la persona de los pobres.


                Es importante tomar en cuenta que Jesús nos dice, que “nadie conoce el día ni la hora” de su venida gloriosa. Así es que no hemos de creer lo que algunos afirman de que está cerca el final, mucho menos los que traten de poner fecha a su llegada. Seamos pacientes y no nos dejemos engañar.


                Cuando escuchamos pasajes de la Palabra de Dios, como el texto de hoy del profeta Daniel o del evangelio de san Marcos, no es para asustarnos, sino simplemente para pedirle su ayuda al Señor, tal como lo hacemos hoy con el Salmo 115 diciendo: “Enséñanos, Señor, el camino de la vida”. Él siempre nos dirá que el camino de la vida está en amar cumpliendo los mandamientos, así como también en cumplir los mandamientos amando.

 

                Si alguien sólo cumple por cumplir o por miedo, en realidad no va recorriendo el camino de la vida. La convivencia con los pobres es camino de salvación, y aún el más rico tendrá siempre alguna necesidad en la que le podamos ayudar. El camino de la vida es el camino del amor, conforme a lo antes dicho.

 

                El texto de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura, compara los sacrificios del Antiguo Testamento, con el único sacrificio de Cristo. Aquellas oblaciones se ofrecían todos los días, pero en realidad no tenían en sí mismos ningún valor para el perdón de los pecados. Si algún valor llegaron a tener, fue el hecho de ser signos que anunciaban el único sacrificio de Cristo, que sí nos habría de traer el perdón de los pecados.

 

                Los sacerdotes en la Iglesia no ofrecemos muchos sacrificios, sino que ofrecemos sacramentalmente el único sacrificio salvífico: el del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para participar dignamente en la oblación de Cristo, que es la Eucaristía, se hace indispensable amar a Dios y amar al próximo, especialmente en el pobre y todo aquel que lo necesite.

 

                Del pasado lunes 8 al miércoles 10 de noviembre, se llevó a cabo en la Ciudad de México, la 111ª Asamblea del Episcopado Mexicano. En esta reunión mis hermanos Obispos de México tuvieron a bien elegirme vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), de modo que he dejado mi cargo al frente de la Pastoral Social-Caritas Mexicana, para tomar mi nuevo servicio. Me encomiendo a la oración de todos ustedes.

 

                Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán