La expansión de Candida auris preocupa a las autoridades sanitarias por su facilidad para transmitirse en hospitales, permanecer durante largos periodos en superficies y resistir varios medicamentos antifúngicos. En las unidades de cuidados intensivos, donde abundan pacientes vulnerables y dispositivos invasivos, la detección temprana y el control de la transmisión se han convertido en una prioridad.

Hay microorganismos que representan un desafío precisamente porque no necesitan condiciones extraordinarias para desplazarse. Candida auris es uno de ellos. Esta levadura puede colonizar la piel de una persona sin provocar síntomas y, al mismo tiempo, pasar a las manos, barandales, equipos médicos y otras superficies para alcanzar a pacientes particularmente vulnerables.

La Organización Mundial de la Salud incluyó a Candida auris entre los patógenos fúngicos de prioridad crítica debido a su capacidad para provocar infecciones invasivas, generar brotes hospitalarios y presentar resistencia a varios tratamientos disponibles. La organización advierte que las infecciones invasivas pueden ser especialmente graves en personas críticamente enfermas o inmunocomprometidas.

El riesgo adquiere otra dimensión en las unidades de cuidados intensivos. Allí se concentran pacientes que con frecuencia necesitan ventilación mecánica, catéteres venosos centrales, sondas y otros dispositivos invasivos. De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, estas condiciones aumentan el riesgo de infección por Candida auris, particularmente entre personas que ya presentan enfermedades graves.

Una de las características que vuelve difícil su contención es su permanencia ambiental. El CDC señala que el microorganismo puede sobrevivir durante largos periodos sobre superficies y objetos hospitalarios y que algunos desinfectantes utilizados habitualmente no son eficaces contra él. Por eso, la limpieza rutinaria no siempre equivale a una desinfección suficiente.

La amenaza tampoco termina cuando desaparecen los síntomas. Una persona puede permanecer colonizada durante meses y, posiblemente, mucho más tiempo. El CDC ha documentado pacientes cuya colonización persistió durante más de cuatro años. Esa permanencia explica por qué las medidas de prevención deben mantenerse durante la atención hospitalaria y por qué comunicar el antecedente de colonización o infección resulta fundamental cuando un paciente es trasladado de un establecimiento a otro.

La resistencia a los antifúngicos añade una segunda dificultad. Según el CDC, alrededor del 90 por ciento de los aislamientos de Candida auris registrados en Estados Unidos han mostrado resistencia al fluconazol, mientras que algunos presentan resistencia a las tres principales clases de medicamentos antifúngicos. Aunque las equinocandinas continúan siendo el tratamiento inicial habitual para muchas infecciones, ya se han identificado cepas resistentes a estos fármacos.

La situación obliga a distinguir entre colonización e infección. No todas las personas que albergan Candida auris desarrollan una enfermedad invasiva y, de acuerdo con el CDC, solamente las infecciones clínicas deben recibir tratamiento. Sin embargo, quienes están colonizados pueden transmitir el microorganismo, de modo que su identificación también tiene importancia epidemiológica.

Un estudio publicado en 2025 sobre Candida auris en una unidad de cuidados intensivos analizó casos de colonización e infección y evaluó un conjunto específico de medidas de control. Los investigadores identificaron 26 casos durante los periodos analizados y utilizaron intervenciones dirigidas a mejorar la vigilancia, la higiene y el aislamiento. El trabajo refuerza una conclusión que se repite en la literatura médica: controlar el brote exige actuar sobre varios puntos al mismo tiempo.

Por eso, las recomendaciones actuales no descansan en una única barrera. El CDC aconseja identificar rápidamente los casos, realizar pruebas de detección cuando exista riesgo, aplicar precauciones de contacto, utilizar guantes y batas, reforzar la higiene de manos y limpiar las habitaciones con productos capaces de eliminar Candida auris. También recomienda informar a otros centros cuando un paciente colonizado o infectado es trasladado.

La vigilancia de personas sin síntomas puede ser especialmente importante. Los pacientes colonizados pueden no presentar ninguna señal visible y, sin embargo, contribuir a la propagación del microorganismo. Los programas de detección mediante muestras de piel permiten localizar a esas personas y aplicar medidas de prevención antes de que aparezcan nuevos casos.

La OMS ha advertido, además, que el problema mundial de las enfermedades fúngicas y la resistencia antifúngica continúa subestimado y dispone de recursos insuficientes. En junio de 2026, la organización publicó una guía para fortalecer las respuestas nacionales frente a estas enfermedades, con énfasis en vigilancia, diagnóstico, investigación y preparación de los sistemas sanitarios.

La amenaza de Candida auris no significa que todos los pacientes hospitalizados estén destinados a contraer una infección. Significa algo más concreto: los hospitales necesitan reconocer que determinados microorganismos pueden permanecer ocultos, resistir tratamientos y sobrevivir en el entorno durante periodos prolongados. En una unidad de cuidados intensivos, donde cada minuto y cada superficie pueden importar, la prevención deja de ser una tarea secundaria.

La respuesta más eficaz sigue siendo una combinación de vigilancia, diagnóstico oportuno, higiene rigurosa, desinfección adecuada y aislamiento cuando corresponde. No existe una solución milagrosa. Pero frente a un patógeno capaz de aprovechar las grietas de los sistemas hospitalarios, cerrar esas grietas puede marcar la diferencia entre un caso aislado y un brote difícil de controlar.