Las detonaciones que acompañan las fiestas patrias pueden ser un espectáculo para las personas, pero para perros, gatos y numerosas especies de fauna urbana representan una perturbación súbita e impredecible que altera su conducta y puede comprometer su bienestar.
La noche del 15 de septiembre tiene una banda sonora reconocible: música, gritos de celebración y, en muchos lugares, el estruendo de los fuegos artificiales. Para los seres humanos, esas explosiones forman parte de la fiesta. Para un animal, en cambio, no existe el contexto de la celebración. Solo aparece un estímulo intenso, repentino y difícil de anticipar.
La diferencia no es menor. Los perros, por ejemplo, pueden presentar temblores, jadeo, intentos de esconderse, huida o búsqueda insistente de sus propietarios. Un estudio experimental publicado en Applied Animal Behaviour Science encontró respuestas conductuales y fisiológicas marcadas en perros sensibles a sonidos de fuegos artificiales. El miedo no es, por tanto, una simple reacción de incomodidad.
Una investigación reciente de la Universidad de Utrecht, realizada mediante reportes de propietarios de más de 3.600 perros y gatos, encontró una elevada frecuencia de conductas asociadas con miedo y estrés durante la exposición a pirotecnia. Los autores advierten que se trata de evidencia basada en observaciones de los propietarios y no de una medición experimental directa, pero sus resultados muestran la magnitud que puede alcanzar el problema: esconderse, huir, temblar y modificar la conducta cotidiana fueron respuestas frecuentes.
En los animales silvestres el escenario es todavía más difícil de controlar. Las aves urbanas no pueden cerrar una ventana ni refugiarse en una habitación. Un estudio publicado en Scientific Reports utilizó radar para observar aves en Birmingham, Reino Unido, y comprobó que durante los espectáculos pirotécnicos volaban en mayor número y a mayor altura, precisamente en un momento de la noche en que muchas deberían permanecer en reposo.
Investigaciones anteriores habían observado un fenómeno semejante en aves acuáticas durante celebraciones de Año Nuevo. Miles de ejemplares levantaban el vuelo poco después de la medianoche. El problema no termina cuando desaparece el ruido: esos desplazamientos inesperados pueden implicar gasto energético adicional, alteración del descanso y riesgos de desorientación o colisión, especialmente en entornos urbanos.
La pirotecnia, además, no produce únicamente ruido. También genera destellos, humo y partículas, de modo que el impacto ambiental tiene varias dimensiones. Por eso algunas autoridades han comenzado a recomendar espectáculos de menor ruido, limitar su duración y evitar su instalación cerca de refugios de fauna, zoológicos, granjas o establos. No se trata necesariamente de eliminar toda celebración, sino de reducir el daño evitable.
En ese contexto aparecen alternativas tecnológicas como los espectáculos de drones. Cientos de aeronaves pequeñas coordinadas mediante sistemas informáticos pueden formar figuras luminosas en el cielo sin producir las detonaciones características de los fuegos artificiales. La propuesta resulta atractiva, pero tampoco debe presentarse como una solución automáticamente inocua.
Y es que sustituir el estruendo por luz no significa eliminar todos los impactos. Investigaciones sobre contaminación lumínica han demostrado que fuentes artificiales intensas pueden alterar el comportamiento de aves migratorias nocturnas. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences documentó concentraciones y cambios de trayectoria de aves alrededor de potentes instalaciones luminosas. Además, una revisión científica reciente advierte que todavía existe incertidumbre sobre los efectos de las luces intermitentes en distintas especies.
Los propios drones requieren cautela. Una revisión de 149 estudios sobre su interacción con aves concluyó que la distancia, la velocidad, la especie y otras condiciones modifican considerablemente las respuestas de los animales. Un espectáculo aéreo mal diseñado podría generar perturbación por su proximidad, aunque no tenga explosiones.
La alternativa, entonces, no consiste simplemente en cambiar pólvora por tecnología. Consiste en diseñar celebraciones con criterios ambientales: menor ruido, horarios definidos, distancias prudentes respecto de zonas de fauna, reducción de luces innecesarias y evaluación previa del lugar. Para los animales domésticos, además, medidas sencillas como mantenerlos dentro de casa, cerrar ventanas y proporcionarles un espacio seguro pueden disminuir la exposición directa.
La verdad es que una fiesta no pierde su significado porque haga menos ruido. Al contrario, una celebración capaz de reconocer que las ciudades también son hábitat de otras especies puede convertirse en una expresión más responsable de nuestra propia cultura. El desafío del 15 de septiembre no es dejar de celebrar, sino encontrar una manera de hacerlo sin que la alegría de unos se convierta, durante horas, en miedo para otros.


