El Día Mundial de la Salud Ambiental, que se conmemora cada 26 de septiembre, pone en el centro una relación cada vez más evidente: la transformación del clima y de los ecosistemas está modificando las condiciones en las que circulan numerosos agentes infecciosos y favoreciendo la expansión de algunos vectores.
La salud ambiental no se limita a la calidad del aire, del agua o de los alimentos. También comprende las condiciones ecológicas que determinan la presencia de organismos capaces de transmitir enfermedades. La Federación Internacional de Salud Ambiental estableció el 26 de septiembre como Día Mundial de la Salud Ambiental en 2011. Para 2026, la organización eligió como tema «Environmental Health: Standing with Science to Protect Communities», una convocatoria que subraya la importancia de utilizar evidencia científica para proteger a las comunidades. :contentReference[oaicite:0]{index=0}
Uno de los ejemplos más visibles se encuentra en los mosquitos. La Organización Mundial de la Salud advierte que el cambio climático afecta a los patógenos, a los vectores y a sus hospedadores, modificando las condiciones de transmisión de numerosas enfermedades. Además, algunos vectores han ampliado sus rangos de distribución hacia mayores latitudes y altitudes, mientras que también se ha prolongado la temporada durante la cual permanecen activos. :contentReference[oaicite:1]{index=1}
El dengue permite observar con claridad esta transformación. Su principal vector, el mosquito Aedes aegypti, encuentra condiciones favorables cuando coinciden temperaturas adecuadas, humedad y disponibilidad de sitios donde reproducirse. La OMS señala que el cambio climático, junto con la urbanización, los desplazamientos de población, las deficiencias de vigilancia y otros factores sociales, está asociado con un aumento del riesgo de propagación del dengue y con cambios en la distribución de sus vectores. :contentReference[oaicite:2]{index=2}
Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. La OMS informó que durante 2024 se notificaron más de 14,6 millones de casos de dengue y más de 12 000 muertes relacionadas con la enfermedad, el mayor registro mundial en un periodo de 12 meses hasta entonces. Más de 13 millones de los casos correspondieron a la Región de las Américas. :contentReference[oaicite:3]{index=3}
La expansión territorial, sin embargo, no puede atribuirse exclusivamente al calentamiento global. La Organización Panamericana de la Salud advierte que intervienen simultáneamente la urbanización acelerada, la movilidad humana, las condiciones de vivienda, los sistemas de agua y saneamiento y la gestión de residuos. En particular, los recipientes y objetos que acumulan agua pueden convertirse en criaderos de mosquitos. :contentReference[oaicite:4]{index=4}
Algo similar ocurre con la malaria. La OMS señala que los cambios de temperatura y precipitación asociados con el cambio climático pueden ampliar las condiciones geográficas favorables para los mosquitos del género Anopheles, prolongar determinadas temporadas de transmisión y modificar las tasas de reproducción y transmisión. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático también ha proyectado una expansión del riesgo de enfermedades transmitidas por vectores hacia mayores latitudes y altitudes. :contentReference[oaicite:5]{index=5}
El deterioro ambiental añade otra dimensión. La pérdida de bosques, los cambios en el uso del suelo, la contaminación, la alteración de los recursos hídricos y una gestión deficiente de residuos pueden modificar la abundancia y distribución de los vectores. La OMS advierte que la diversidad y abundancia de estas poblaciones están estrechamente relacionadas con el clima y con las características de los ecosistemas locales. :contentReference[oaicite:6]{index=6}
Conviene, no obstante, hacer una precisión importante. Dengue y malaria son principalmente enfermedades transmitidas por vectores, no zoonosis en sentido estricto. Una zoonosis implica una transmisión natural entre animales vertebrados y seres humanos; el dengue, por ejemplo, se transmite principalmente mediante mosquitos que adquieren el virus al picar a una persona infectada. Existen, desde luego, enfermedades zoonóticas cuya dinámica también puede verse alterada por los cambios ambientales y climáticos.
La relación entre clima, ecosistemas y enfermedades, por tanto, no funciona como una cadena sencilla en la que un aumento de temperatura produzca automáticamente un brote. Se trata de un sistema mucho más complejo. El clima puede crear condiciones favorables, pero la urbanización, la movilidad, las condiciones sanitarias, la presencia de criaderos, la vigilancia epidemiológica y la capacidad de los servicios de salud determinan en buena medida si esas condiciones terminan convirtiéndose en un problema sanitario.
Por eso, el Día Mundial de la Salud Ambiental adquiere particular relevancia. Proteger la salud no significa únicamente atender a las personas cuando enferman. También implica vigilar los ecosistemas, mejorar el acceso al agua segura, controlar los criaderos, gestionar adecuadamente los residuos y fortalecer los sistemas capaces de detectar cambios epidemiológicos antes de que se conviertan en epidemias.
La experiencia reciente demuestra que el mapa de las enfermedades no es estático. A medida que cambian el clima y los ecosistemas, también pueden cambiar los territorios donde determinados vectores encuentran condiciones adecuadas para sobrevivir y transmitir patógenos. La salud ambiental, en consecuencia, se convierte en una primera línea de prevención. Y comprender esa conexión puede ser tan importante como desarrollar nuevos tratamientos.

