El calentamiento del Ártico está descongelando suelos que conservaron materia orgánica durante miles de años y, en determinadas condiciones, esa materia puede transformarse en metano. Nuevas mediciones de campo muestran que algunos terrenos de Yedoma emiten mucho más de lo previsto, una señal que obliga a revisar cómo los modelos climáticos representan esta retroalimentación.
Debajo de la superficie aparentemente inmóvil del Ártico existe una reserva gigantesca de carbono. Durante miles de años, restos de plantas y otros materiales orgánicos quedaron atrapados en suelos permanentemente congelados, conocidos como permafrost. Mientras permanecen helados, su descomposición es extremadamente lenta. Cuando el suelo se descongela, los microorganismos pueden comenzar a procesarlos y devolver ese carbono a la atmósfera principalmente como dióxido de carbono o metano.
La preocupación no es nueva, pero las mediciones realizadas en los últimos años están mostrando que el comportamiento de ese carbono puede ser más complejo de lo que suponían algunos modelos. Un estudio publicado en 2024 en Nature Communications analizó más de mil 200 mediciones de flujo de metano realizadas entre 2020 y 2023 en 26 sitios de Alaska, además de observaciones geofísicas, perforaciones y análisis isotópicos.
Los investigadores se concentraron en terrenos de Yedoma, un tipo de permafrost rico en hielo y materia orgánica. Allí encontraron una sorpresa: los denominados taliks, zonas del subsuelo que permanecen descongeladas durante todo el año dentro del permafrost, podían convertirse en fuentes importantes de metano incluso en terrenos elevados y relativamente secos.
Según el estudio, las emisiones alcanzaron entre 35 y 78 miligramos de metano por metro cuadrado al día durante el verano y entre 150 y 180 miligramos durante el invierno. Cerca del 70 por ciento de las emisiones se produjo en la estación fría. La explicación tiene algo de paradoja: al congelarse la superficie, disminuye la capacidad de los microorganismos cercanos al suelo para oxidar el metano antes de que escape hacia la atmósfera.
El dato más revelador llegó del análisis de la antigüedad del carbono. En uno de los sitios estudiados, el metano atrapado en burbujas tenía una edad de aproximadamente 6 mil 650 años, cercana a la de restos vegetales encontrados en las capas profundas del suelo. Es una evidencia de que parte del gas procede de carbono antiguo almacenado durante milenios, y no únicamente de materia orgánica producida recientemente.
Conviene, sin embargo, hacer una precisión importante. Estos resultados no significan que se esté liberando de manera repentina una gigantesca reserva de metano de la última glaciación capaz de desencadenar por sí sola un colapso climático. El propio Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, IPCC, considera que existe evidencia de liberación de carbono antiguo tras el deshielo, pero también señala que no hay pruebas de una liberación masiva y abrupta de metano fósil asociada a los grandes episodios de calentamiento del pasado.
Lo que sí está demostrado es que el deshielo del permafrost constituye una retroalimentación positiva. A medida que aumenta la temperatura, se descongela más suelo; al quedar disponible la materia orgánica, se generan gases de efecto invernadero que contribuyen a un calentamiento adicional. El IPCC estima que el permafrost terrestre liberará carbono adicional con el calentamiento, aunque mantiene una incertidumbre considerable sobre la magnitud y el momento de esas emisiones.
El problema para los modelos climáticos está precisamente en los procesos que ocurren a escala local. El deshielo puede ser gradual, pero también puede producirse de manera abrupta mediante hundimientos del terreno, expansión de lagos termokarst o formación de taliks. Un estudio publicado en Nature Communications ya había advertido que incorporar estos procesos abruptos podía aumentar sustancialmente la estimación del forzamiento climático procedente del carbono del permafrost.
La investigación de 2024 añade una pieza particularmente incómoda. Los modelos habían tendido a considerar que los terrenos elevados y bien drenados producirían poco metano porque las condiciones favorecerían su oxidación. Sin embargo, las observaciones en Yedoma indican que algunos de esos terrenos pueden desarrollar zonas permanentemente descongeladas donde se genera metano durante todo el año.
Esto no significa que el Ártico esté a punto de liberar todo su carbono congelado. La magnitud global continúa siendo incierta y depende de la velocidad del calentamiento, la humedad del suelo, la vegetación, los incendios y la transformación del paisaje. Pero sí significa que cada nueva medición puede cambiar la estimación del riesgo.
Y esa es quizá la conclusión más importante. El permafrost no es un depósito climático pasivo. Es parte de un sistema vivo, complejo y sensible al aumento de temperatura. Cuanto más se caliente el Ártico, mayor será la posibilidad de que una parte de ese carbono antiguo abandone el suelo y regrese a la atmósfera. La ciencia todavía discute cuánto y con qué rapidez ocurrirá, pero la dirección del proceso resulta cada vez más difícil de ignorar.


