El 18 de septiembre de 1810, un cabildo abierto en Santiago creó la Primera Junta de Gobierno, un paso decisivo que nació bajo la defensa de los derechos de Fernando VII, pero que terminó abriendo el largo camino hacia la independencia y la construcción de la República de Chile.

La historia de la independencia chilena no comenzó con una declaración tajante de ruptura con España. Comenzó, más bien, con una crisis de legitimidad. El 18 de septiembre de 1810, en Santiago, representantes de la élite local se reunieron en un cabildo abierto para decidir cómo gobernar el territorio ante la ausencia del rey Fernando VII, cautivo de Napoleón Bonaparte desde 1808.

El contexto europeo había alterado por completo el equilibrio político de la monarquía española. La invasión francesa y la imposición de José Bonaparte en el trono provocaron la creación de juntas de gobierno en distintos territorios de la monarquía. En América, aquellas experiencias plantearon una pregunta cada vez más difícil de esquivar: si el monarca legítimo estaba impedido de gobernar, ¿quién debía ejercer provisionalmente la autoridad?

Según la Biblioteca Nacional de Chile, el proceso chileno estuvo influido por la Ilustración europea, la independencia de Estados Unidos, la Revolución francesa, el liberalismo español y las transformaciones políticas provocadas por la invasión napoleónica. No se trataba de copiar mecánicamente modelos extranjeros, sino de incorporar nuevas ideas sobre representación, soberanía y organización política a una realidad colonial que llevaba décadas acumulando tensiones.

En ese escenario apareció Mateo de Toro y Zambrano, entonces gobernador de Chile. Anciano y cercano a los 83 años, asumió un papel decisivo en una situación que exigía tomar partido. Tras la presión política que había provocado la salida de Francisco García Carrasco, Toro y Zambrano terminó convocando el cabildo abierto de Santiago.

La reunión del 18 de septiembre no fue una multitudinaria asamblea popular en el sentido moderno. Investigaciones históricas de la Universidad de Chile describen una reunión de notables en la que predominaban sectores realistas y juntistas. El debate se concentró en la conveniencia de formar un gobierno autónomo que mantuviera la fidelidad a Fernando VII mientras el monarca permaneciera cautivo.

El resultado fue la creación de la Primera Junta de Gobierno, presidida por el propio Mateo de Toro y Zambrano. La acompañaron José Antonio Martínez de Aldunate como vicepresidente y Juan Martínez de Rozas, Fernando Márquez de la Plata, Juan Enrique Rosales, Ignacio de la Carrera y Francisco Javier de Reina como vocales, además de Gaspar Marín y Gregorio Argomedo como secretarios.

Hay una precisión histórica fundamental. La Junta de 1810 no proclamó la independencia de Chile. La Biblioteca Nacional de Chile señala que el movimiento comenzó como una respuesta al vacío de poder generado por la captura de Fernando VII y que las primeras juntas americanas declararon inicialmente su fidelidad al monarca. En Chile, la ruptura independentista fue un proceso posterior, atravesado por conflictos políticos y militares.

La transformación fue rápida. En diciembre de 1810 se convocó la elección de un Congreso Nacional y el 4 de julio de 1811 se instaló el primer Congreso. Ese proceso introdujo una dimensión institucional nueva: la representación territorial comenzó a convertirse en una cuestión central del gobierno.

También aparecieron las divisiones que marcarían los años siguientes. Mientras algunos sectores buscaban conservar una relación con la monarquía, otros avanzaban hacia posiciones abiertamente independentistas. José Miguel Carrera irrumpió en la escena política en 1811 y encabezó movimientos que modificaron el equilibrio entre la Junta y el Congreso. La confrontación con los realistas terminó convirtiendo la crisis política en una guerra.

La derrota patriota de 1814 interrumpió temporalmente aquel proceso, pero la victoria de las fuerzas independentistas en 1818 permitió retomar la construcción institucional. La Biblioteca Nacional de Chile registra que ese año comenzó el gobierno de Bernardo O’Higgins y se promulgó una Constitución. La independencia política necesitaba entonces transformarse en una estructura estatal capaz de sobrevivir a la guerra y a las disputas internas.

Por eso, el 18 de septiembre ocupa un lugar tan particular en la memoria chilena. La fecha es celebrada como el inicio del proceso independentista, pero históricamente representa algo más complejo que una ruptura instantánea. Fue el momento en que un grupo de dirigentes decidió que, ante la crisis de la monarquía, el gobierno del territorio podía organizarse localmente.

La posterior República no apareció de un día para otro. Fue el resultado de años de guerras, experimentos institucionales, conflictos entre facciones y debates sobre soberanía. Pero todo proceso necesita un punto de partida reconocible. En Chile, ese punto quedó asociado a una mañana de septiembre de 1810, cuando Mateo de Toro y Zambrano entregó el gobierno a una Junta y abrió, quizá sin poder anticipar sus consecuencias, una puerta que ya no volvería a cerrarse.