El 31 de agosto de 1998, Corea del Norte lanzó un cohete de tres etapas que atravesó el espacio aéreo japonés. Pyongyang lo presentó como el intento de poner en órbita su primer satélite, pero para Washington, Tokio y Seúl aquella demostración reveló algo mucho más inquietante: la posibilidad de que el país estuviera desarrollando una capacidad misilística de alcance considerable.
El episodio tuvo un nombre tecnológico que pronto se volvió geopolítico: Kwangmyongsong-1. Corea del Norte aseguró que el satélite había alcanzado la órbita y que transmitía mensajes desde el espacio. Sin embargo, los análisis posteriores de Estados Unidos determinaron que el intento de colocarlo en órbita había fracasado. Lo que sí funcionó fue el cohete Taepodong-1, cuya trayectoria sobrevoló Japón antes de que sus restos cayeran en el océano Pacífico.
Y ahí comenzó la verdadera conmoción.
Para Tokio, no se trataba simplemente de un programa espacial extranjero. El lanzamiento había ocurrido sin aviso previo sobre una de las zonas aéreas y marítimas más transitadas de la región. En un momento en que la península coreana continuaba marcada por una profunda rivalidad militar, la demostración tecnológica despertó el temor de que una capacidad presentada como espacial pudiera servir también para desarrollar misiles balísticos de mayor alcance.
La Arms Control Association documentó que el Taepodong-1 utilizaba tecnología derivada de sistemas de misiles norcoreanos anteriores y que el lanzamiento sorprendió a los servicios de inteligencia estadounidenses por el avance mostrado en la utilización de varias etapas y un motor de combustible sólido en la tercera etapa. El fracaso del satélite, por tanto, no eliminó la preocupación: para los estrategas, la capacidad de lanzar un vehículo de varias etapas era en sí misma una señal relevante.
Japón reaccionó con especial intensidad. Un análisis del Council on Foreign Relations señala que el lanzamiento transformó la política de seguridad japonesa y aceleró la cooperación con Estados Unidos en materia de defensa antimisiles. Tokio también avanzó hacia el desarrollo de capacidades propias de reconocimiento espacial. El impacto político fue considerable: el episodio llegó a ser comparado en Japón con el efecto que había tenido el Sputnik en otras generaciones.
La repercusión alcanzó también al denominado Marco Acordado de 1994 entre Washington y Pyongyang. Japón suspendió temporalmente su participación financiera en el proyecto asociado con ese acuerdo, mientras en Estados Unidos aumentaban las voces que cuestionaban una política basada en incentivos y negociaciones con Corea del Norte. En noviembre de 1998, el presidente Bill Clinton designó al exsecretario de Defensa William Perry como coordinador de la política hacia Pyongyang, abriendo una revisión más amplia de la estrategia estadounidense.
Conviene, sin embargo, poner cada pieza en su sitio. El lanzamiento no provocó por sí mismo una modificación de tratados como el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares. Tampoco desencadenó una nueva arquitectura jurídica internacional específica para impedir lanzamientos espaciales. El problema era más complejo: los tratados nucleares regulaban las armas y su proliferación, mientras que la tecnología de misiles planteaba otro desafío que no contaba con un régimen internacional equivalente y universalmente vinculante.
La propia documentación de Naciones Unidas de aquel año muestra cómo ambas preocupaciones convivían. En octubre de 1998, representantes de distintos países señalaron ante la Asamblea General que el lanzamiento norcoreano había renovado las inquietudes por la proliferación de misiles en el noreste asiático. Al mismo tiempo, la comunidad internacional enfrentaba una crisis nuclear diferente, provocada por las pruebas realizadas por India y Pakistán meses antes.
Esta distinción es fundamental. Corea del Norte todavía no había realizado una prueba nuclear. El temor consistía en la combinación potencial de dos capacidades: armas de destrucción masiva y sistemas capaces de transportarlas a distancias cada vez mayores. Esa posibilidad sería mucho más relevante años después, cuando el programa nuclear norcoreano y su desarrollo de misiles avanzaran de manera paralela.
El episodio de 1998 dejó, así, una herencia que continúa siendo visible. Japón profundizó su cooperación militar con Estados Unidos; Corea del Sur comenzó a prestar mayor atención a la tecnología espacial y misilística; Washington revisó su estrategia frente a Pyongyang, y la proliferación de misiles pasó a ocupar un lugar más destacado en las discusiones de seguridad del Pacífico.
El Kwangmyongsong-1 nunca se convirtió en el satélite operativo que Corea del Norte había anunciado. Pero aquella madrugada demostró algo que resultó mucho más duradero: en la era de los cohetes de múltiples etapas, la frontera entre tecnología espacial y capacidad militar podía convertirse en una cuestión de seguridad internacional. El satélite pudo haber fracasado. La alarma, en cambio, había llegado para quedarse.


