El 4 de septiembre de 1969 comenzó a operar la Línea 1 del Metro de Ciudad de México, una obra que enfrentó las difíciles condiciones del subsuelo capitalino y terminó convirtiéndose en mucho más que un sistema de transporte: fue una nueva manera de conectar una metrópoli que ya crecía a una velocidad vertiginosa.
Hubo un momento en que atravesar Ciudad de México significaba enfrentarse diariamente con una ciudad que comenzaba a quedarse pequeña para sus propios habitantes. Los tranvías y autobuses soportaban una demanda creciente, mientras el automóvil particular ganaba espacio en las calles. En ese escenario, el Metro apareció como una apuesta de enorme dimensión: llevar el transporte colectivo por debajo de una capital asentada sobre un antiguo sistema lacustre y hacerlo con la tecnología disponible a finales de los años sesenta.
El 4 de septiembre de 1969, el Sistema de Transporte Colectivo inauguró su primera línea. De acuerdo con la información oficial del Metro, el tramo Zaragoza-Chapultepec tenía 12.660 kilómetros y 16 estaciones. La obra había comenzado el 19 de junio de 1967, de modo que aquellos primeros trenes llegaron después de poco más de dos años de construcción.
No era una obra convencional. El subsuelo de la capital presentaba condiciones particularmente complejas, asociadas con sus antiguos depósitos lacustres y con la naturaleza sísmica de la región. El Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la Universidad Nacional Autónoma de México documenta que para afrontar el proyecto fue necesaria la participación de especialistas en mecánica de suelos, además de cientos de expertos de disciplinas como ingeniería, arquitectura y urbanismo.
La dificultad no estaba solamente en excavar. Construir túneles y estaciones en un terreno con características geotécnicas tan particulares exigía controlar asentamientos, diseñar estructuras capaces de responder a las condiciones del terreno y considerar desde el principio los efectos de los sismos. El Metro se convirtió, así, en una escuela de ingeniería urbana a gran escala.
También fue una obra de enormes dimensiones humanas. El propio Sistema de Transporte Colectivo señala que durante la construcción llegaron a concentrarse hasta 12 mil técnicos y obreros. Detrás de los kilómetros de túneles había una multitud de trabajadores que transformaba simultáneamente calles, avenidas y espacios públicos de una ciudad que continuaba expandiéndose.
La primera Línea 1 conectó el oriente y el poniente de la capital. Esa decisión tenía una importancia social evidente. El Metro no solo reducía tiempos de traslado; acercaba zonas habitacionales, áreas comerciales y centros de trabajo. Como ha explicado el sociólogo Bernardo Navarro Benítez en la Revista Mexicana de Sociología, la historia del transporte está estrechamente vinculada con la historia urbana de Ciudad de México, porque los sistemas de movilidad permiten la interconexión de una población que se extiende constantemente.
Y es que una estación puede cambiar un barrio. Alrededor de las nuevas entradas aparecieron comercios y se modificaron recorridos peatonales. El Sistema de Transporte Colectivo reconoce que la construcción de la red también estuvo acompañada por obras viales, puentes vehiculares y pasos peatonales, además de generar miles de empleos durante la etapa constructiva. La infraestructura alteró, literalmente, la forma en que la ciudad se relacionaba consigo misma.
La dimensión cultural tampoco fue menor. Desde sus primeros años, el Metro desarrolló una identidad visual propia. La iconografía de las estaciones, concebida originalmente por Lance Wyman, permitió que una red compleja pudiera ser reconocida incluso por quienes no sabían leer. El símbolo de una estación terminó siendo casi tan importante como su nombre. Para una ciudad de millones de habitantes, esa solución gráfica fue también una herramienta de orientación cotidiana.
El crecimiento posterior fue vertiginoso. En 1970 comenzaron a operar tramos de las líneas 2 y 3, mientras la Línea 1 continuaba ampliándose. La cronología oficial del Metro muestra cómo aquella primera infraestructura fue solamente el punto de partida de una red que terminaría extendiéndose por buena parte de la metrópoli.
La transformación social fue todavía más profunda. El Metro hizo posible que grandes cantidades de personas se desplazaran diariamente de manera relativamente rápida entre zonas alejadas. Con ello, modificó horarios, rutinas laborales, posibilidades educativas y patrones de consumo. Para muchos habitantes, la ciudad dejó de medirse únicamente en distancia y comenzó a medirse también en estaciones y correspondencias.
Más de medio siglo después, resulta difícil imaginar la capital sin esa red. La plataforma oficial de Ciudad de México señala que el sistema cuenta actualmente con 12 líneas, 195 estaciones y más de 226 kilómetros de longitud, cifras que muestran hasta qué punto aquella primera apuesta se convirtió en una infraestructura esencial para la metrópoli.
Pero el aniversario también permite mirar hacia adelante. La antigüedad de buena parte de la infraestructura obliga a mantener, renovar y modernizar un sistema del que depende diariamente una enorme población. La reciente modernización de la Línea 1 evidencia precisamente que las grandes obras públicas no terminan cuando se inauguran: requieren mantenimiento permanente, actualización tecnológica y capacidad para responder a una ciudad que nunca deja de cambiar.
El Metro nació en 1969 como respuesta a un problema de movilidad. Terminó convirtiéndose en parte de la identidad de la capital. Sus trenes, estaciones, escaleras y andenes forman parte de la rutina de generaciones enteras. Y quizá esa sea la mejor medida de su impacto: una obra de ingeniería dejó de sentirse como una obra y pasó a convertirse en una pieza cotidiana de la vida urbana.


