Las aguas relativamente cálidas que penetran bajo las plataformas de hielo antárticas están revelando un punto débil del sistema climático. Las observaciones oceanográficas muestran que el calor del océano puede acelerar el deshielo desde abajo, mientras que las limitaciones de los modelos y la dificultad para observar las cavidades subglaciares mantienen abierta una pregunta crucial sobre la velocidad con que podría aumentar la pérdida de hielo y, con ella, el nivel del mar.
La imagen habitual del deshielo suele comenzar en la superficie, con temperaturas más elevadas derritiendo nieve y hielo bajo el sol. En la Antártida occidental, sin embargo, una parte importante del problema ocurre en un lugar que prácticamente nadie puede ver: debajo de enormes plataformas de hielo que flotan sobre el océano. Allí, corrientes relativamente cálidas pueden introducirse en cavidades y derretir el hielo desde su base.
El fenómeno está particularmente documentado en el mar de Amundsen, donde desembocan algunos de los glaciares antárticos que más rápidamente pierden masa. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, IPCC, señala que el adelgazamiento de las plataformas de hielo en la Antártida occidental está dominado por el deshielo basal y que las aguas profundas circumpolares cálidas desempeñan un papel fundamental en ese proceso.
La dificultad científica está en conocer con precisión qué ocurre bajo kilómetros de hielo. Las cavidades subglaciares tienen una geometría compleja y su profundidad y relieve no siempre pueden determinarse con exactitud. El propio IPCC reconoce que la escasez de mediciones directas y las incertidumbres sobre la batimetría bajo las plataformas dificultan la representación de estos procesos en los modelos climáticos.
Las observaciones realizadas en las últimas décadas han permitido, sin embargo, reconstruir parte de esa dinámica. Mediciones oceanográficas, datos de satélite y registros obtenidos mediante instrumentos introducidos bajo las plataformas han confirmado que el agua cálida puede alcanzar la base del hielo y provocar tasas de fusión muy superiores a las que produciría únicamente el contacto con aguas frías.
El caso del glaciar Thwaites se ha convertido en uno de los ejemplos más conocidos. Esta enorme masa de hielo de la Antártida occidental funciona como una especie de compuerta que retiene hielo situado tierra adentro. Cuando la plataforma que lo sostiene se adelgaza, disminuye su capacidad para frenar el desplazamiento del glaciar hacia el océano.
El IPCC estima que la Antártida perdió aproximadamente 2 mil 670 gigatoneladas de hielo entre 1992 y 2020, contribuyendo con unos 7.4 milímetros al aumento medio global del nivel del mar. Las pérdidas estuvieron dominadas por la Antártida occidental y, particularmente, por glaciares cuya dinámica está relacionada con el deshielo de sus plataformas flotantes.
El problema no consiste únicamente en cuánto hielo se derrite directamente bajo una plataforma. El efecto más importante puede producirse después. Las plataformas flotantes funcionan como frenos que contienen parcialmente el flujo de los glaciares que se encuentran detrás de ellas. Si se adelgazan o pierden superficie, el hielo asentado sobre el continente puede desplazarse con mayor rapidez hacia el océano. Ese hielo sí contribuye directamente al aumento del nivel del mar.
Por eso las corrientes oceánicas cálidas tienen una importancia que va mucho más allá de una simple pérdida localizada de hielo. Pueden modificar la estabilidad de sistemas glaciares completos. El IPCC considera que las pérdidas dinámicas impulsadas por el calentamiento del océano y la desintegración de plataformas continuarán durante este siglo, aunque existe una incertidumbre considerable sobre la magnitud exacta de la contribución antártica.
La ciencia también ha aprendido a desconfiar de las estimaciones demasiado sencillas. Las aguas cálidas no penetran de la misma manera en todas las cavidades y las tasas de fusión varían considerablemente según la profundidad, la circulación y la forma del lecho. El IPCC señala que incluso existe poca confianza sobre cómo cambiará en el futuro la temperatura de las cavidades bajo las plataformas antárticas.
Eso explica por qué los nuevos muestreos oceanográficos son tan importantes. Cada medición ayuda a comprobar si los modelos están representando correctamente los intercambios de calor entre el océano y el hielo. No significa que los modelos anteriores hayan quedado inútiles, sino que deben incorporar procesos físicos que antes solo podían estimarse de manera aproximada.
El impacto potencial alcanza mucho más allá de la Antártida. El IPCC confirma que el nivel medio global del mar ya está aumentando y que continuará haciéndolo durante siglos debido, entre otros factores, a la pérdida de hielo continental. Para las ciudades costeras, puertos, carreteras, sistemas de drenaje y comunidades situadas en zonas bajas, cada incremento adicional representa mayores riesgos de inundación y erosión.
La verdadera preocupación, por tanto, no es imaginar que una corriente cálida pueda derretir de repente toda la Antártida. La evidencia científica no respalda una conclusión semejante. El riesgo está en un proceso gradual pero acumulativo: océanos más cálidos, plataformas más delgadas, glaciares que fluyen con mayor rapidez y un nivel del mar que continúa elevándose. Y es que, en materia climática, pequeñas diferencias en la velocidad de estos procesos pueden convertirse en grandes diferencias para las generaciones que tendrán que adaptarse a sus consecuencias.


