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El presidente Felipe Calderón estuvo en Cd. Juárez y pidió perdón, los juarences piden justicia. www.mipuntodevista.com

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Pidió perdón el presidente porque señaló que todo el esfuerzo
realizado para reforzar la seguridad en Cd. Juárez no fue suficiente
para evitar esta tragedia. Dijo que es el momento de reforzar los
esfuerzos, pero precisó que no “basta con lo que hemos hecho, ahora
debemos trabajar de manera integral para obtener los resultados que
esperamos, y así restituir la paz en la entidad”.

Reveló que las primeras pesquisas dan como resultado que fue una
“venganza” entre grupos delictivos, que encontraron en el camino a
jóvenes inocentes”.

Confió el presidente en que esta zona del país pronto regrese a sus días de paz y estabilidad.

Fueron palabras sentidas, las que expresó el mandatario que aseguró
venir a Cd. Juárez a escuchar a los ciudadanos para enriquecer las
estrategias públicas de combate a la delincuencia organizada.

Con relación a la visita del presidente a esa Ciudad, comparto con ustedes el escrito que me envió Lucy Loría veamos:

"Juárez se nos muere de tristeza

Escribo estas líneas en la madrugada, en medio de una noche de
insomnio, la cual he pasado llorando y reflexionando, al igual que las
anteriores, después de la masacre de las 28 personas, la noche del
sábado pasado en la Colonia Villas de Salvárcar, la mayoría jóvenes
estudiantes, varios de los cuales todavía se debaten entre la vida y la
muerte.

Ayer un día dedicado a actividades de la emergencia en que nos
encontramos me dejó con muchos sentimientos y sucesos que procesar: por
la mañana un grupo de organizaciones y académicos intentábamos dar
cuenta a funcionarios de la SEDESOL de la tragedia que vivimos, con la
presencia de Clara Jusidman, solidaria incansable de la causa de
Juárez. Después de allí, la misa y un acto cargado de dolor y
solidaridad, con los cuerpos de 3 de los jóvenes asesinados en el CBTIS
128, donde apoyamos el desarrollo del Programa ConstruyeT, por lo
tanto, un lugar familiar, con cuyos directivos, docentes y jóvenes
hemos venido compartiendo reflexiones, preocupaciones y búsquedas en el
último tiempo.

Por la mañana, se vertían datos e historias para intentar dar
cuenta de la magnitud de la tragedia. Las dos vertientes que destacan:
la crisis económica, con sus secuelas de pobreza y la inseguridad y el
horror cotidiano, ambas retroalimentándose y produciendo estragos en la
vida de las y los juarenses.
Juárez se nos cae a pedazos. Algunos de los datos, según estudios
recientes del IMIP y COLEF eran: 116,000 viviendas vacías (la cuarta
parte de las de la ciudad), se calcula que (entre 2008 y 2009)
alrededor de 100,000 juarenses se han ido a vivir a El Paso, Tx.
(principalmente los de mayores ingresos económicos), muchos otros han
regresado a sus lugares de origen o se han ido a otras ciudades de
México. Sólo en la Industria Maquiladora se han perdido más de 80,000
empleos en estos dos años, producto de la recesión estadounidense; de
las que quedan, el 20% se encuentra en “paro técnico”, es decir, con
contratos firmados con los trabajadores para solo trabajar 3 días o
descansar periodos de varias semanas sin pago; 10,000 pequeñas y
medianas empresas han cerrado, producto de la extorsión y las amenazas;
más de 600,000 juarenses están hoy en situación de pobreza.

Se señalaba que para el Censo de 2010, por primera vez en la historia
de Ciudad Juárez, tradicional receptora de migrantes, se espera un
decrecimiento significativo de la población. La ciudad que llegó a ser
mostrada al mundo como el modelo de pleno empleo (precario, por
supuesto) y que tuvo un crecimiento que duplicaba o triplicaba la media
nacional durante décadas hoy se encuentra en la peor crisis de su
historia, donde su viabilidad está en duda. Se hablaba de la
cancelación del espacio público, de alrededor de 7000 huérfanos y de
las viudas de esta guerra, de la soledad con que se vive el horror, de
la destrucción de las familias, de las úlceras en niños pequeños y
personas que han sido atendidas con inflamación cerebral, producto del
estrés extremo, pero sobre todo se hablaba del miedo, un sentimiento
permanente en la población juarense.

Por la tarde los maestros (a esos que los medios en su afán
sensacionalista tacharon de “insensibles”) organizaban un emotivo acto
en la escuela en honor de Brenda, Rodrigo y Juan Carlos. Ella,
promotora incansable de la ecología, una joven a quien, decía la
Maestra Montaño, recordaremos sembrando flores en nuestra escuela. El
entrenador del equipo de futbol americano describía a Rodrigo y Juan
Carlos como de los mejores atletas que había tenido la escuela.
Jóvenes, vestidos con el uniforme del equipo, lloraban a los lados de
los cuerpos, echando porras y brindando aplausos y cargaron los
féretros por todo el campo de la escuela. La maestra Norma, directora y
el Inge Carlos, subdirector, con gran tacto y delicadeza, daban el
pésame a las familias, hablando de que siempre iban a estar en la
memoria de la escuela. Emilio, el coordinador de deportes del plantel,
les entregaba las camisetas, cuyos números serán retirados del equipo y
dos balones, con las firmas de todos los jugadores a los padres de los
jóvenes, que emocionados agradecieron tanto amor y muestras de
solidaridad. Al final, todos llorábamos y nos abrazábamos.

Llevamos dos años con miles de soldados y policías en la calle,
soportando retenes y abusos y la pregunta que nos hacemos muchos es ¿a
quien combaten?, porque hasta ahora no los hemos visto en ninguna
acción contra narcotraficantes y como decía alguien: se han vuelto
especialistas en la escena del crimen, a la que procuran llegar un buen
rato después, para asegurarse que los asesinos se han ido.

A ratos no sé que nos duele más a los juarenses: si la muerte, que
se ha vuelto una realidad cotidiana, la indiferencia hacia el dolor de
las víctimas y sus familias (como el caso de la niña que fue
atropellada por una camioneta del ejército, perdió una pierna y ahora
el hospital quiere quitarle la casa a la familia, porque debe cien mil
pesos; el padre desesperado dice que en la SEDENA no le quieren pagar y
ya los soldados ni lo dejan entrar); el discurso de las autoridades,
que siempre afirman que los asesinados eran narcotraficantes, lo que
lastima doblemente a las familias; los espectaculares por toda la
ciudad: “Policía municipal lista”, “Subprocuraduría de Justicia: metas
¡rebasadas!”, “El Ejército y la Policía Federal vienen a salvar a
Ciudad Juárez”; el cinismo y la trivialidad de los funcionarios y la
clase política de los tres niveles de gobierno, como si nada hubiera
pasado o la manera como los funcionarios federales con los que hemos
intentado generar interlocución distintos sectores de la sociedad para
buscar una salida nos ven y nos tratan a los juarenses, con una actitud
cargada de indiferencia y descalificación, sin asumirse como hombres de
Estado, como si la responsabilidad del país no estuviera en sus manos.
Las precampañas ya se encuentran en marcha y pronto las campañas, con
los mismos de siempre, como si nada hubiera pasado.

El Director de Seguridad Pública Estatal acaba de renunciar, pero no
por vergüenza ante los miles de asesinatos, sino ¡Para buscar la
Presidencia Municipal de Ciudad Juárez!

Dentro del dolor, encontramos también muchas acciones de
solidaridad entre los jóvenes, en las comunidades, en las
organizaciones de la sociedad civil, en la ciudadanía, llenas de
significado, que sería importante recoger y narrar al mundo, pero la
profundidad de la crisis tiene un tiempo reversible: hay hambre, hay
muerte, hay dolor, el imaginario colectivo se desvanece; ayer narraba
una maestra que un grupo de jóvenes de bachillerato le comentaba con
preocupación: “¿qué va a pasar con las niñas y niños, al menos nosotros
pudimos tener una infancia, aunque ahora no podamos salir a
divertirnos, pero ellos que sólo han vivido esto?”.

En mayo pasado, cuando asesinaron a su padre, mi hijo me lanzó la
pregunta “¿Mamá y no nos vamos a ir a otra ciudad?” Yo le contesté que
era importante quedarnos para luchar por que las cosas cambiaran en
nuestra ciudad. Hoy siento que el tiempo y las fuerzas se nos agotan y
Ciudad Juárez se nos muere de tristeza".

Tere Almada