La crisis ecológica no es únicamente un problema solo científico, social, político o económico. Para un grupo de teólogos del Vaticano, plantea también una cuestión teológica y espiritual.

Esta es una de las ideas centrales del documento Cuidar nuestra casa común: una respuesta responsable y fraterna al Dios Trinidad, publicado por la Comisión Teológica Internacional (CTI) en italiano, que profundiza en el concepto de “pecado ecológico” y propone nuevas categorías teológicas para abordar la crisis ambiental.

El texto, de más de 30.000 palabras y revisado por el Papa León XIV antes de su publicación, es el resultado de varios años de trabajo de la CTI, organismo consultivo vinculado al Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Aunque no forma parte del magisterio de la Iglesia, pretende contribuir al desarrollo de la reflexión doctrinal católica.

La comisión sostiene que la actual crisis ambiental exige una respuesta urgente y afirma que la protección del planeta constituye “no solo una exigencia ética, sino también teológica”.

En este sentido, defiende la necesidad de desarrollar una “espiritualidad ecológica” inspirada en la doctrina cristiana de la Trinidad y en la idea de que toda la creación está llamada a reflejar el designio de Dios.

Una propuesta impulsada por Francisco y aprobada por Léon XIV

El jesuita español Gabino Uríbarri Bilbao, miembro de la CTI y profesor de la Universidad Pontificia Comillas, explicó a ACI Prensa que el origen del trabajo se remonta al pontificado de Francisco.

Fue el Cardenal Luis Ladaria, entonces prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, quien en 2021 comunicó a la CTI que el propio pontífice argentino había elegido “el tema de la creación y el cuidado de la casa común” como objeto de estudio para los siguientes cinco años de trabajo de la comisión. León XIV —que ahora deberá cambiar a sus miembros y darles un nuevo encargo— leyó y aprobó la publicación del texto.

El P. Uríbarri considera que una de las principales aportaciones del texto consiste en ofrecer una visión más amplia de la crisis contemporánea.

“La crisis que vivimos es una crisis no solamente eco-social, sino teo-eco-social”, afirmó en una entrevista con este medio.

A su juicio, el documento pone de relieve que la relación con la naturaleza no puede separarse de la relación con Dios ni de la relación con los demás. “Todo está conectado·, resumió, en referencia a la idea de la huella trinitaria presente en toda la creación.

“Algunos cristianos estiman que la cuestión ecológica es algo ajeno a la fe y que en el fondo habría sido un cierto error del Papa Francisco escribir una encíclica de carácter ecológico. Lo que nosotros intentamos hacer es proporcionar una fundamentación teológica sólida, en la que se intenta mostrar cómo desde los relatos del Génesis recibimos un encargo de parte de Dios de cuidar de la creación. De tal manera que la relación con la creación forma parte inherente de la misma relación con Dios”, explicó.

Y añadió: “No nos relacionamos solamente con Dios cuando rezamos o cuando nos dirigimos a Él o cuando le alabamos. Para la fe cristiana, nuestra relación con el prójimo tiene que ver con la relación con Dios. Y aquí intentamos mostrar cómo también la relación con la creación tiene que ver con nuestra relación con Dios, que deja su huella sacramental en la creación”.

Del “pecado ecológico” al “pecado contra la creación y contra el Creador”

Uno de los capítulos que probablemente suscita mayor atención es el dedicado al llamado “pecado ecológico”, una expresión que adquirió relevancia durante el Sínodo para la Amazonía de 2019.

La Comisión Teológica Internacional define inicialmente este concepto como “una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el medio ambiente”. Sin embargo, considera que esta formulación no refleja plenamente la dimensión teológica del problema.

Por ello, propone hablar de un “pecado contra la creación y contra el Creador”, una expresión que, según el documento, refleja mejor que determinadas conductas ambientales no solo dañan la naturaleza, sino que también contradicen el propósito que Dios ha establecido para la creación.

“El Papa Francisco, en la encíclica Laudato si’, había mencionado, pero más bien, casi como de pasada, el pecado ecológico y, sobre todo, haciendo referencia al Patriarca ortodoxo Bartolomé primero, que ya había empleado este concepto”, explicó el P. Uríbarri.

El Sínodo sobre la Amazonía retomó esta categoría en 2019, cuatro años después de la publicación de la encíclica del Pontífice argentino, e incorporó el concepto en su documento final.

Dificultades para ser asimilado por la teología

Sin embargo, reconoció el teólogo, se trata de una categoría “que está teniendo dificultades para ser asimilada en el conjunto de la teología católica”.

“Nosotros lo que nos propusimos es ver si podríamos proporcionar una una fundamentación más sólida. Para empezar, nosotros buscamos una conceptuación que fuese más claramente teológica. El término ‘ecología’ no es propiamente un concepto que sea patrimonio ordinario de lo que es la tradición teológica cristiana”, remarcó.

Por otra parte, la CTI se apoyó fundamentalmente en el desarrollo teológico de las últimas décadas en torno al concepto de pecado social.

Tradicionalmente, la fe cristiana se ha referido principalmente a los pecados individuales. Sin embargo, el reconocimiento de las implicaciones éticas de la vida en sociedad llevó a considerar legítima y necesaria la categoría de pecado social, en la medida en que las estructuras sociales son también fruto de decisiones humanas.

De forma análoga, la CTI sostiene que los seres humanos vivimos inmersos en un entorno natural del que dependemos para respirar, alimentarnos y desarrollarnos.

“Nosotros lo formulamos como pecado contra la creación y contra el Creador, dado que el Creador nos ha encargado cuidar de la creación, de una obra suya que pone a nuestra disposición, pero no para un uso indiscriminado o irresponsable”, manifestó el P. Uríbarri.

El teólogo subrayó que la propuesta comparte en el desarrollo del concepto de “pecado social”, impulsado especialmente durante el pontificado de San Juan Pablo II.

En ese sentido, sostiene que las consecuencias del deterioro ambiental afectan de manera directa a las personas, especialmente a las más vulnerables.

“El daño medioambiental no solo afecta a plantas y animales, sino también a las personas. Se puede considerar, por lo tanto, también un pecado”, afirmó.

Implicaciones prácticas para los cristianos

El documento también explora las implicaciones prácticas de esta visión. Si tradicionalmente el examen de conciencia se ha centrado en la relación con Dios y con el prójimo, la comisión considera que debería incluir también la relación con la creación.

“Tenemos que examinarnos de nuestra relación con Dios y también de nuestra relación con los demás. Pero aquí estaría la novedad: también tenemos que hacer un examen acerca de en qué medida nuestras conductas están dañando el planeta”, señaló el P. Uríbarri.

Según explicó, esta reflexión afecta a decisiones cotidianas relacionadas con el consumo, el transporte, el uso de la energía, la gestión de los residuos o los hábitos alimentarios.

“Si nuestro ritmo de vida y nuestras elecciones diarias están o no alineadas con la sostenibilidad medioambiental del planeta o inciden en su deterioro”, precisó.

La responsabilidad, añadió, no corresponde únicamente a los individuos, sino también a las empresas, las instituciones y las autoridades públicas.

Para el P. Uríbarri, la idea central puede resumirse en una advertencia: “Estamos dañando la obra que el Creador ha puesto en nuestras manos, nuestra casa común, que entregó a nuestro cuidado y responsabilidad para que la perfeccionemos, para que sea reflejo de su gloria y no de nuestro egoísmo”.

ACI PRENSA