A primera vista, el deporte puede parecer una actividad alejada de la experiencia religiosa. Competición, esfuerzo, victorias y derrotas pertenecen a terreno de los campos de fútbol o las pistas de tenis. Sin embargo, la actividad física ha estado muy presente en la vida de algunos de los santos más conocidos de la Iglesia.

Es el caso de San Pier Giorgio Frassati, fallecido con sólo 24 años y canonizado el pasado 7 de septiembre en Roma junto al joven Carlo Acutis. Apasionado del alpinismo, recorría los Alpes italianos convencido de que cada ascensión era también una forma de elevar el alma hacia Dios.

Algo similar ocurrió con San Juan Pablo II, que practicó esquí, senderismo, montañismo, piragüismo, natación e incluso jugó al fútbol como portero durante su juventud. Ya como Papa, siguió escapándose siempre que podía a la montaña para caminar o esquiar.

“Pudo hacerlo porque otros Papas le habían abierto el camino. San Pío X, por ejemplo, probablemente no practicó deporte, pero comprendió su valor educativo y abrió literalmente las puertas del Vaticano al deporte, organizando ejercicios y competiciones deportivas”, asegura el sacerdote y teólogo Melchor Sánchez de Toca Alameda, relator del Dicasterio para las Causas de los Santos.

En su libro Entrenando para el cielo, publicado por la Editorial San Pablo en junio de 2026, el sacerdote dedica un capítulo al Pontífice polaco y recoge numerosas historias de santos, beatos y siervos de Dios que a lo largo de su vida practicaron algún deporte o realizaron ejercicio físico de manera habitual.

Entre ellos figura, por ejemplo, el Beato italiano Alberto Marvelli, conocido por su intensa vida de fe y compromiso social. También hay otras figuras tan singulares como el mártir San Philip Evans, que estaba disputando un partido de tenis cuando recibió la noticia de su condena a muerte.

“Con flema británica le concedieron terminar el partido de tenis y al día siguiente lo ejecutaron”, explica el P. Sánchez de Toca Alameda, quien hasta 2023 fue subsecretario del Consejo Pontificio de la Cultura. Hasta el año anterior fue el responsable del área dedicada a las relaciones entre la Santa Sede y las grandes instituciones deportivas.

Otro ejemplo llamativo es San Francisco Javier, a quien el autor presenta como campeón de salto en París, una figura que le permitió sumergirse en la documentación sobre las prácticas deportivas de la capital francesa en el siglo XVI.

Santas que destacaron por su afición al deporte

El volumen también reserva un espacio destacado para mujeres cuya vida espiritual convivió con una intensa actividad física. Una de ellas es Santa Teresa de los Andes, la joven carmelita chilena. “Según el testimonio unánime de quienes declararon en su proceso de canonización, era una excelente amazona. Montaba a caballo con gran destreza, no por necesidad sino porque le apasionaba hacerlo. Se aventuraba por caminos difíciles, barrancos y terrenos escarpados, demostrando una notable valentía y dominio”, manifiesta el sacerdote.

“Además, era una gran nadadora. Quienes la conocieron recuerdan que nadaba en las aguas del océano Pacífico frente a las costas de Chile, unas aguas particularmente frías debido a la corriente de Humboldt, que asciende desde las regiones cercanas al Polo Sur. No eran, desde luego, las cálidas aguas del Mediterráneo. Y todo esto ocurría en una época en la que no existían los modernos trajes de neopreno”, recuerda.

Otra joven que destacó por su afición al deporte fue la Beata Chiara Luce Badano, una excelente patinadora fallecida a una edad temprana. El libro también recuerda a la venerable Montserrat Grases, la joven barcelonesa vinculada al Opus Dei que practicaba con entusiasmo distintos deportes, especialmente el baloncesto y el esquí. Ambas sintieron un dolor agudo mientras practicaban deporte que reveló la existencia de un osteosarcoma.

“Precisamente mientras esquiaba comenzó a sentir un dolor que más tarde llevaría al descubrimiento de la enfermedad que padecía. Algo parecido ocurrió cuando jugaba al tenis: un dolor repentino la obligó a soltar la raqueta. En un primer momento pensó que se trataba de una simple molestia muscular, pero finalmente se comprobó que aquel dolor era el síntoma de una enfermedad mucho más grave, un osteosarcoma, que acabaría marcando los últimos años de su vida”, señala el experto.

San Pablo y la espiritualidad del esfuerzo

La visión cristiana del deporte también hunde sus raíces en la Biblia. San Pablo recurrió con frecuencia al lenguaje del atletismo para explicar la vida cristiana. “Basta leer sus cartas para darse cuenta de que muy a menudo utiliza imágenes deportivas. Sobre todo, la carrera en el estadio y el pugilato o el boxeo”, explica el sacerdote.

“San Pablo veía, como muchos de sus contemporáneos, la disciplina de los atletas y las privaciones a las que se sometían para obtener un premio temporal. Y dice: con mayor razón nosotros tenemos que someternos a una disciplina y a ciertas privaciones buscando un premio que es eterno: el cielo”, añade.

El P. Sánchez de Toca Alameda ha optado por un criterio cronológico, que comienza con Adán y llega hasta nuestros días. El primer capítulo de su libro se titula Cuando Adán jugaba en el Paraíso, con el propósito de remontarse “a los comienzos de todo, que es el fundamento antropológico, partiendo de la categoría de juego, que es la naturaleza y la esencia del deporte. El deporte es fundamentalmente juego”.

La importancia educativa de la actividad física también estuvo presente en la labor de San Juan Bosco, que utilizó los juegos y el deporte como herramientas pedagógicas en los oratorios salesianos. Del mismo modo, San Felipe Neri fomentó entre los muchachos de Roma la actividad física y el juego, convencido de que la alegría constituía un camino privilegiado hacia Dios.

ACI PRENSA