Michael Faraday murió el 25 de agosto de 1867, pero sus descubrimientos sobre electricidad y magnetismo habían puesto en marcha una transformación tecnológica que cambiaría para siempre la industria, el transporte y la vida cotidiana.
Michael Faraday no llegó a la ciencia desde una universidad prestigiosa ni desde una familia acomodada. Su padre era herrero y él comenzó su vida profesional como aprendiz de encuadernador. Mientras trabajaba entre libros, desarrolló una curiosidad que terminaría llevándolo mucho más lejos que cualquier educación formal. La Royal Institution destaca precisamente ese carácter autodidacta y excepcional de su trayectoria.
Faraday nació en 1791 y comenzó a trabajar en la Royal Institution en 1813, después de haber asistido a las conferencias de Humphry Davy y de haber preparado sus propias notas sobre ciencia. Con el tiempo se convirtió en director del laboratorio y permaneció vinculado a la institución prácticamente hasta el final de su vida. Allí realizó algunos de los experimentos que modificarían la comprensión de la electricidad.
Uno de sus primeros grandes logros llegó en 1821. Inspirado por los trabajos de Hans Christian Ørsted y André-Marie Ampère sobre la relación entre electricidad y magnetismo, Faraday construyó un dispositivo en el que un conductor eléctrico podía girar alrededor de un imán. La Royal Institution considera aquel experimento el origen del primer motor eléctrico. Era una máquina sencilla, pero contenía una idea extraordinaria: la electricidad podía transformarse en movimiento continuo.
Diez años después llegó el descubrimiento que definiría su legado. En 1831, Faraday demostró la inducción electromagnética. Descubrió que un cambio en un campo magnético podía producir una corriente eléctrica en un conductor. Dicho de manera sencilla, había encontrado una forma de convertir movimiento y magnetismo en electricidad.
Aquella observación experimental terminó siendo una de las piedras angulares de la civilización eléctrica. La Royal Institution señala que el trabajo de Faraday sobre inducción condujo al desarrollo de los primeros generadores y transformadores eléctricos. Décadas después, esos principios permitirían producir electricidad a gran escala y transportarla a grandes distancias.
La importancia de Faraday resulta todavía más impresionante si se considera que no formuló sus descubrimientos mediante las herramientas matemáticas que posteriormente utilizarían otros físicos. Su método estaba profundamente ligado al experimento. Observaba, construía aparatos, repetía pruebas y buscaba relaciones físicas allí donde otros todavía veían fenómenos separados.
James Clerk Maxwell convertiría posteriormente muchas de aquellas intuiciones experimentales en una teoría matemática del electromagnetismo. La conexión entre ambos científicos es uno de los episodios más interesantes de la historia de la física: Faraday proporcionó una manera nueva de imaginar los campos eléctricos y magnéticos; Maxwell desarrolló las ecuaciones que describirían matemáticamente ese mundo.
Pero el legado de Faraday no terminó en el laboratorio. Sus descubrimientos comenzaron a adquirir una importancia industrial enorme durante la segunda mitad del siglo XIX. Los generadores permitieron producir electricidad mediante energía mecánica; los motores hicieron posible utilizar esa electricidad para realizar trabajo. La relación entre ambos procesos creó una nueva forma de organizar fábricas, máquinas y sistemas de transporte.
La transformación no ocurrió de un día para otro ni fue obra exclusiva de Faraday. Ingenieros e inventores posteriores desarrollaron generadores, motores, redes eléctricas y sistemas de distribución cada vez más eficientes. Sin embargo, los principios descubiertos por el científico inglés formaron parte de los cimientos sobre los que se levantó aquella infraestructura.
Incluso después de sus principales descubrimientos eléctricos, Faraday continuó investigando. Estudió la relación entre magnetismo y luz, descubrió el diamagnetismo y desarrolló conceptos relacionados con las líneas de fuerza. La Royal Institution conserva sus laboratorios, cuadernos y aparatos, testimonios de una carrera científica extraordinariamente productiva.
En sus últimos años, Faraday redujo progresivamente sus responsabilidades debido al deterioro de su salud. La reina Victoria le proporcionó una vivienda en Hampton Court, donde murió el 25 de agosto de 1867. Tenía 75 años. Fue enterrado en el cementerio de Highgate, en Londres.
Su muerte no cerró su historia. De alguna manera, comenzó a hacer más visible su verdadera dimensión. Cada generador que produce electricidad mediante movimiento, cada transformador que modifica el voltaje y cada motor eléctrico que convierte energía en movimiento llevan consigo la huella de las preguntas que Faraday comenzó a formular en un laboratorio londinense.
La verdad es que pocas historias científicas resultan tan elocuentes. Un joven encuadernador que aprendió buena parte de la ciencia por su cuenta terminó descubriendo principios fundamentales de la naturaleza. No necesitó una fortuna ni un título universitario para cambiar la física. Necesitó curiosidad, disciplina y una extraordinaria capacidad para mirar un fenómeno cotidiano y preguntarse qué había detrás.
Cuando Faraday murió en 1867, la era eléctrica apenas comenzaba. Él no llegó a contemplar las enormes redes de generación y distribución que transformarían las ciudades durante las décadas siguientes. Pero había dejado las piezas fundamentales. El mundo que se iluminó después, que comenzó a mover máquinas con electricidad y que terminó convirtiendo el electromagnetismo en una de las fuerzas tecnológicas de la modernidad, llevaba su firma invisible.


