Roger Federer volvió a pisar la pista Arthur Ashe después de siete años y, aunque fue una exhibición, el suizo volvió a ofrecer destellos de la elegancia que convirtió su nombre en sinónimo de grandeza en Nueva York.

Hay regresos que no necesitan un trofeo para sentirse importantes. El de Roger Federer a Nueva York fue uno de ellos.

El suizo volvió este martes a la pista Arthur Ashe, escenario de algunas de las noches más memorables de su carrera, para disputar una exhibición frente a Andy Roddick durante la Fan Week del Abierto de Estados Unidos. A sus 45 años y ya retirado del tenis profesional, Federer volvió a competir delante de un estadio lleno y recibió una ovación que recordó por qué su figura permanece tan ligada a Flushing Meadows.

El partido individual fue breve, de apenas un set, pero tuvo suficiente para despertar la nostalgia. Federer se impuso por 6-3 a Roddick y dejó algunos de esos golpes que durante años hicieron levantarse de sus asientos a los aficionados neoyorquinos. La organización del US Open confirmó además que el suizo participó después en un partido de dobles junto a John McEnroe contra Roddick y Andre Agassi, encuentro que Federer y McEnroe ganaron por 7-5.

Más que el resultado, la noche tuvo un marcado carácter de celebración. El evento, denominado “Roger Federer, un icono regresa a Nueva York”, reunió a cuatro figuras que forman parte de distintas épocas doradas del tenis estadounidense e internacional.

Para Federer, regresar a la Arthur Ashe significó también reencontrarse con una parte esencial de su historia. Su última participación competitiva en el US Open había sido en 2019, y su vínculo con el torneo está marcado por cinco títulos consecutivos entre 2004 y 2008, una racha que ningún otro jugador o jugadora ha conseguido igualar en la historia del certamen.

“Es bonito compartir este momento en pista con Roddick”, expresó Federer después del partido, en palabras recogidas por EFE. El suizo reconoció la emoción de volver a ese escenario y resumió el espíritu de la noche con una sencillez muy propia de quien ya no necesita demostrar nada.

La reacción del público fue quizá el mejor indicador de lo que representa Federer. Cuando apareció en la pista, el estadio le recibió con una ovación prolongada. La ATP destacó que la grada estaba completamente entregada y que el regreso del suizo fue recibido como el de un héroe local, pese a que nunca fue estadounidense.

Y es que Nueva York fue una ciudad especialmente importante para Federer. Allí consiguió cinco de sus 20 títulos de Grand Slam y construyó una relación singular con el público. Sus triunfos de 2004 y 2005, como recordó el propio jugador, fueron parte del comienzo de su conexión especial con la ciudad.

La exhibición también permitió comprobar que, aunque el paso del tiempo ha cambiado inevitablemente su físico, algunos rasgos de su tenis permanecen intactos. El revés, los cambios de ritmo y esa capacidad para encontrar ángulos con aparente facilidad volvieron a aparecer durante el set contra Roddick.

Pero nadie confundió la velada con un regreso competitivo. Federer se retiró oficialmente en 2022 y no tiene previsto volver al circuito profesional. En una entrevista previa al evento dejó claro que su cuerpo ya no está en condiciones de afrontar las exigencias de una temporada profesional, pese a que sigue disfrutando de jugar y mantenerse vinculado al deporte.

La diferencia es importante. Esta vez Federer no volvió para perseguir una clasificación, defender un título o preparar un partido de cinco sets. Volvió para despedirse a su manera de una pista que fue fundamental en su carrera y para compartirla con algunos de sus antiguos rivales.

Andy Roddick era, precisamente, uno de ellos. El estadounidense y Federer protagonizaron algunos de los duelos más recordados de comienzos del siglo XXI. Roddick llegó a ser número uno del mundo y campeón del US Open en 2003, mientras que Federer terminó convirtiéndose en uno de los principales dominadores de aquella época.

El estadounidense sufrió varias derrotas importantes ante el suizo, incluidas las finales de Wimbledon de 2004, 2005 y 2009. Pero con los años aquella rivalidad se transformó en una relación de respeto y amistad, algo que quedó especialmente visible en una noche concebida más para recordar que para competir.

John McEnroe y Andre Agassi añadieron otro ingrediente a la celebración. Ambos son campeones del US Open y representan generaciones anteriores del tenis estadounidense. El partido de dobles convirtió la pista Arthur Ashe en una especie de puente entre épocas, con cuatro nombres que ayudaron a construir buena parte de la identidad moderna del torneo.

La noche también contó con otras figuras del deporte. Serena Williams estuvo presente en las gradas después de participar junto a Carlos Alcaraz en el torneo de dobles mixtos de esta edición del US Open, una nueva muestra del carácter excepcional que tiene esta semana previa al cuadro principal.

Para Federer, sin embargo, el regreso tiene un significado todavía mayor. Este sábado, 29 de agosto, será incorporado oficialmente al Salón Internacional de la Fama del Tenis en Newport, Rhode Island. El reconocimiento llega después de una carrera en la que ganó 20 títulos de Grand Slam, pasó 310 semanas como número uno mundial y estableció un récord de 237 semanas consecutivas en la cima del ranking.

Su entrada al Salón de la Fama convierte la exhibición de Nueva York en algo más que una aparición nostálgica. Forma parte de una semana dedicada a cerrar un círculo: el jugador que conquistó cinco veces consecutivas el torneo regresa a la misma pista sin necesidad de competir por el título y recibe, esta vez, el homenaje de quienes alguna vez lo vieron levantarlo.

Federer se marchó de la Arthur Ashe con una victoria simbólica y con la sensación de haber vuelto a casa. No había puntos de ranking ni un trofeo en juego. Había algo distinto: la oportunidad de compartir una última gran noche con el público que durante años celebró sus victorias.

La verdad es que pocos deportistas pueden permitirse regresar a un escenario después de tantos años y provocar una reacción semejante. Federer todavía puede hacerlo. Y mientras la nueva generación se prepara para escribir sus propias historias en Nueva York, el suizo volvió a demostrar que algunas leyendas no necesitan estar en competencia para seguir iluminando una pista.