Inicio Análisis político Enrique Vidales Ripoll Hasta para estudiar y conservar la historia se requiere de sensibilidad social

Hasta para estudiar y conservar la historia se requiere de sensibilidad social

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El problema es que a los directivos de Prohispen – nombre que no tiene nada que ver con un amor o causa por España – les faltó entender el contexto social que enmarca el actual proceso de identificación cultural de México.

Es cierto que en varias ciudades de México se cuentan con monumentos a los fundadores que hasta la fecha permanecen y que conforman un patrimonio de las mismas, sin importar que sean españoles o las circunstancias históricas que les rodearon. Muchas de ellas construidas en el pasado y por los mismos españoles – o en su caso, posteriores a la contemporaneidad cercana de la existencia de éstos.

Hoy México vive un proceso de identificación reivindicativo de los grupos sociales olvidados o segregados por la misma historia, algunos de ellos, parte fundamental del engranaje social, económico y político. Proceso que va mucho más allá de las personas, sino que se enfoca a la herencia cultural diversa y plural sobre lo que ha construido la nación mexicana.

La presencia de los españoles, en la conquista, es un elemento histórico necesario de comprender en el análisis de lo que somos nosotros. Pero hasta ahí, para el estudio y la reflexión. Una etapa irónica de destrucción y construcción, donde la unión de lo español y lo autóctono configuraron una nación que tiene mucho potencial, aunque por el mismo proceso no lo sepamos reconocer.

El absurdo es pretender rescatar con acciones que ya no corresponden a la época moderna, como ahora con la construcción de una estatua que no tiene significado más que para una mención histórica y no necesariamente para un reconocimiento público. La gente no lo siente así. Al contrario, se cuestiona que si estamos en celebración por 200 años de Independencia de México, se reconozca a los que quitaron la libertad a los pueblos autóctonos y representan la colonización por la cual se luchó para hoy ser un México libre.

Si los mismos españoles hubieran construido esa estatua o cualquier otro monumento no tendríamos problema con la conciencia social e histórica. Como ejemplo tenemos el legado de la Casa de Montejo, hoy motivo de orgullo y presunción turístico de Mérida. Pero hoy dar ese reconocimiento, en el actual contexto social y cultural, es algo que no tiene sentido.

¡Qué lástima por el error de apreciación social y cultural de Prohispen!

Un monumento contrario a lo que hoy celebramos, un alto costo que muy bien pudo aprovecharse para que familias yucatecas, de aquellas que también son Mérida están en las peores condiciones de extrema pobreza, se les ayudará a superar los rezagos que existen en nuestra ciudad.

Emprender esa cruzada a favor de los abandonados significaría mucho más compromiso social que construir estatuas que remueven el pasado sin aportarnos ningún que nos fortalezca como yucatecos y como mexicanos.

AL CALCE. Si partimos del hecho de que debemos cumplir con las deudas del pasado. Cuando hoy se dice que el voto es manipulado, bien podríamos acoger nuevamente la iniciativa del liberal Ponciano Arriaga, que a mediados del siglo XIX, sugirió que sólo aquellos que supieran leer y escribir se les dieran el derecho de voto. ¿Qué significaría, un avance o un retroceso?

Queda claro que no toda promesa histórica del pasado se tiene que cumplir o aceptar. La historia responde también a la evolución del tiempo y del cambio social, económico y cultural.