UADY investiga cómo la transformación de los ecosistemas modifica las relaciones entre especies

Estudio del CIR “Dr. Hideyo Noguchi” analiza vínculos entre vegetación, roedores, ácaros y virus
 
Mérida, Yucatán, a 30 de agosto de 2026.- Son diminutos, algunos prácticamente transparentes y pueden pasar toda su vida entre el pelo de un roedor. Otros se alimentan de su sangre y algunos simplemente lo utilizan como medio de transporte. Son los ácaros, organismos que forman parte de un complejo entramado natural que investigadores de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) estudian para comprender mejor su relación con los roedores, el ambiente y la posible circulación de ciertos virus.
 
Estos avances fueron presentados durante el Seminario de Investigación en modalidad híbrida: “Efecto de un gradiente sucesional sobre la estructura de la interacción roedor-ácaro-Orthoflavivirus y la circulación viral”, a cargo del M. en C. David Abimael Núñez Corea, del Laboratorio de Arbovirología del Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi” (CIR-UADY).
 
El trabajo forma parte de su proyecto de doctorado y busca conocer cómo los cambios que experimenta la vegetación durante su recuperación pueden modificar la distribución de los roedores, las comunidades de ácaros asociadas a ellos y otros procesos que podrían influir en la circulación de virus del género Orthoflavivirus.
 
La pregunta que está detrás de esta compleja investigación puede plantearse de una manera mucho más sencilla: ¿qué sucede con las relaciones entre animales, ácaros y virus cuando un ambiente se transforma o comienza a recuperar su vegetación?
 
Para encontrar respuestas, Núñez Corea estudia parcelas que van desde asentamientos humanos y milpas activas hasta espacios que llevan más de 60 años en proceso de recuperación. Esto permite observar cómo, conforme cambia la vegetación, también pueden modificarse las especies que habitan esos lugares y las relaciones que mantienen entre ellas.
 
“Las cronosecuencias nos permiten estudiar, no necesariamente a largo plazo, una región que tendríamos que estar monitoreando”, explicó al señalar que esta estrategia permite comparar simultáneamente ambientes que se encuentran en diferentes etapas de recuperación.
 
Uno de los aspectos más curiosos de la investigación está precisamente en los ácaros.
 
No todos mantienen la misma relación con los roedores. Algunos son ectoparásitos y se alimentan de su sangre; otros viven sobre ellos sin depender de ella para sobrevivir y existen incluso especies que utilizan al animal como una especie de “transporte”, fenómeno conocido como foresia.
 
 
Los primeros muestreos ya han permitido observar estas diferentes relaciones. En uno de los roedores, por ejemplo, se encontró una gran concentración de pequeños ácaros adheridos al pelo cerca de las patas traseras y la cola. Núñez Corea explicó que podrían encontrarse miles de ejemplares en un solo animal, en este caso asociados a un mecanismo de transporte y no necesariamente de parasitismo.
 
También se han encontrado garrapatas, ácaros trombicúlidos, pulgas y piojos asociados con distintas especies de roedores, hallazgos que requieren un minucioso trabajo de identificación para determinar exactamente las especies involucradas.
 
¿Qué tienen que ver los virus? Aquí aparece otra pieza del rompecabezas.
Los Orthoflavivirus constituyen un grupo de virus del que forman parte agentes de importancia médica. Sin embargo, mientras la investigación se ha concentrado ampliamente en virus asociados con mosquitos y garrapatas, todavía existen importantes vacíos de conocimiento sobre la posible participación de otros ácaros en estos ciclos.
 
“Todo es más enfocado a dengue, todo es más enfocado a los mosquitos”, comentó Núñez Corea, quien destacó que existe una gran diversidad de ácaros que todavía son poco conocidos y estudiados.
 
Precisamente por ello, el proyecto contempla analizar muestras de roedores y determinados ectoparásitos mediante técnicas moleculares y serológicas para buscar evidencia de Orthoflavivirus y estudiar si existen patrones relacionados con el tipo de ambiente, la temperatura, humedad y las temporadas de lluvia y sequía.
 
Por ahora, esta parte de la investigación continúa en proceso. Se han obtenido 125 muestras correspondientes a 25 roedores, pero todavía falta realizar parte de los análisis para conocer los resultados relacionados directamente con la circulación viral.
 
El estudio también está permitiendo conocer qué sucede con la vegetación.
Hasta ahora se han medido 770 ejemplares de plantas leñosas pertenecientes a aproximadamente 70 especies, lo que ayuda a construir una especie de fotografía de cada ambiente estudiado.
 
Uno de los resultados preliminares más interesantes es que incluso las parcelas con entre 60 y 65 años de abandono todavía no alcanzan completamente las características consideradas propias de una selva madura. Núñez Corea señaló que existen trabajos donde se estima que algunas selvas pueden requerir entre 80 y 100 años para alcanzar ese grado de recuperación.
 
La investigación continuará hasta abril de 2027, con muestreos durante las temporadas de lluvia y sequía, además del registro de temperatura y humedad en las diferentes parcelas.
 
De esta manera, el Seminario de Investigación permitió acercar a la comunidad universitaria a un campo científico que pocas veces resulta visible, pero que puede aportar información valiosa para entender cómo la transformación de los ecosistemas modifica las relaciones entre la fauna, sus ectoparásitos y los microorganismos que circulan en el ambiente.

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