Un joven egresado de Turismo convirtió sus recorridos por el volcán Tetlalmanche en una iniciativa de conservación que busca reforestar las calles de Iztapalapa, acercar a los vecinos a su patrimonio natural y frenar el deterioro de una de las zonas verdes del oriente de Ciudad de México.
A los 13 años, José Varela subió por primera vez al volcán Tetlalmanche, en la Sierra de Santa Catarina. Lo que comenzó como una escapada escolar terminó transformándose, años después, en un proyecto de turismo regenerativo que intenta cambiar la relación de Iztapalapa con uno de sus espacios naturales más importantes.
Varela, nacido en Ciudad de México en 2000 y egresado de la carrera de Turismo, creó Inlandmex, una iniciativa que combina senderismo, educación ambiental y plantación de árboles. La idea es sencilla, aunque llevarla a la práctica exige algo más que entusiasmo: que quienes visitan la zona no se limiten a recorrerla, sino que dejen una aportación concreta en el territorio.
La Sierra de Santa Catarina forma parte de las Áreas Naturales Protegidas de Ciudad de México. De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente capitalina, el área protegida suma 748.55 hectáreas y se extiende entre Iztapalapa y Tláhuac. Está cubierta principalmente por matorral xerófilo y pastizal, y alberga cerca de 241 especies de plantas, 90.5 por ciento de ellas nativas.
La importancia ecológica de la sierra también ha sido documentada por investigadores. Un estudio publicado en 2025 en Acta Zoológica Mexicana describe a la Sierra de Santa Catarina como una cadena integrada por siete volcanes monogenéticos extintos y uno de los pocos espacios verdes del oriente de la capital. El trabajo encontró una diversidad de aves que confirma el valor biológico de estos ambientes, incluso en una zona rodeada por una de las áreas urbanas más densamente pobladas de la ciudad.
El Tetlalmanche, también conocido como volcán de Guadalupe, alcanza los 2 mil 820 metros sobre el nivel del mar. Su elevación ha sido corroborada en estudios y registros cartográficos, y lo convierte en el punto más alto de la Sierra de Santa Catarina.
Para Varela, sin embargo, conocer la altura del volcán es apenas el comienzo. Su preocupación está en que una parte de los habitantes de la zona desconoce que tiene un volcán prácticamente a las puertas de su casa.
“Nadie salva lo que no se conoce”, ha explicado el activista, una frase que resume buena parte de la filosofía detrás de su proyecto. La estrategia consiste en llevar pequeños grupos a la montaña, explicarles el valor del ecosistema y después involucrarlos en la plantación de árboles en las calles de la colonia.
La experiencia comienza antes del amanecer. Los visitantes se reúnen de madrugada, reciben un árbol y participan en su plantación antes de dirigirse hacia el área volcánica. La propuesta no busca construir un gran parque urbano, sino desarrollar pequeños espacios arbolados o “bosques de bolsillo” en una alcaldía donde el concreto domina buena parte del paisaje cotidiano.
Los datos oficiales ayudan a entender el desafío. El Inventario de Áreas Verdes de la Ciudad de México registra para Iztapalapa 9.83 millones de metros cuadrados de áreas verdes y un promedio de 5.4 metros cuadrados por habitante, con datos de población de 2015. La cifra es inferior a la de varias alcaldías de la capital y muestra una distribución desigual de estos espacios dentro de la ciudad.
Una investigación académica sobre áreas verdes urbanas también ha encontrado una diferencia importante entre las zonas arboladas del poniente y el oriente de Ciudad de México. En Iztapalapa, aquel estudio calculó alrededor de 3.1 metros cuadrados de zonas arboladas por habitante, frente a cantidades considerablemente mayores en algunas alcaldías del poniente.
De ahí que Varela plantee una idea distinta de turismo. En lugar de limitarse al consumo de servicios y paisajes, los visitantes participan en una acción que pretende beneficiar al sitio que recorren. N+ documentó recientemente una de sus jornadas y señaló que el proyecto tiene como meta alcanzar mil 300 árboles plantados.
Sobre el número de árboles ya sembrados existe una diferencia entre reportes que conviene precisar. La crónica de EFE publicada este domingo señala que Varela y los turistas han plantado más de 500 árboles en las calles de su colonia. En una cobertura previa de N+, el propio activista reportaba 150 árboles y una meta de mil 300. La diferencia probablemente responde a momentos distintos de medición del proyecto, pero no existe en las fuentes consultadas un corte único que permita establecer con exactitud el número acumulado al día de hoy.
Más allá de la cifra, el proyecto plantea una cuestión relevante: cómo recuperar espacios urbanos pequeños cuando las grandes extensiones verdes son difíciles de generar. Un árbol plantado en una banqueta no sustituye un bosque, desde luego, pero varias decenas de ellos distribuidos por un barrio pueden modificar el paisaje cotidiano, aportar sombra y contribuir a reducir la exposición directa al calor.
La Sierra de Santa Catarina enfrenta además presiones que van más allá de la falta de árboles. La información oficial de la Secretaría del Medio Ambiente señala que las Áreas Naturales Protegidas cuentan con programas de manejo destinados a conservar la biodiversidad y los servicios ambientales. Investigaciones académicas y reportes locales han documentado también la transformación del entorno de la sierra por la expansión urbana y distintas actividades humanas.
El valor del suelo volcánico tampoco es solamente paisajístico. La conservación de superficies permeables resulta importante para la captación de agua de lluvia y el funcionamiento hidrológico de la ciudad. La propia normativa ambiental capitalina reconoce el papel de determinadas áreas naturales en la conservación y restauración de los procesos ecológicos que sostienen el bienestar urbano.
Para Varela, proteger el Tetlalmanche significa también modificar la imagen que existe sobre Iztapalapa. El proyecto busca mostrar una cara distinta de la alcaldía más poblada de Ciudad de México, una que incluye naturaleza, senderos, volcanes, fauna y vecinos interesados en recuperar espacios de su propio entorno.
La apuesta tiene un componente comunitario evidente. Los turistas llegan con una experiencia de senderismo, pero terminan realizando una actividad que los conecta con una colonia y con personas que viven allí. La naturaleza deja de ser un paisaje distante y se convierte en algo que puede cuidarse a unas calles de casa.
La tarea, sin embargo, no depende únicamente de iniciativas individuales. La conservación de una zona declarada Área Natural Protegida requiere vigilancia, planeación urbana, restauración ecológica y aplicación de las normas ambientales. En ese sentido, proyectos ciudadanos como Inlandmex pueden complementar, pero no sustituir, las responsabilidades de las autoridades encargadas de proteger estos territorios.
En el ascenso al Tetlalmanche, la recompensa para los visitantes llega con el amanecer sobre el Valle de México. Para José Varela, en cambio, el objetivo parece estar unos pasos más abajo: que cada visitante regrese a las calles de Iztapalapa y deje allí un árbol.
La idea tiene algo de simbólico y, al mismo tiempo, de práctico. Mientras la ciudad continúa creciendo, la defensa de sus espacios naturales también puede comenzar con acciones pequeñas. Un volcán, un árbol y un grupo de personas dispuestas a conocer su entorno quizá no resuelvan por sí solos el deterioro ambiental, pero sí pueden cambiar la manera en que una comunidad mira el territorio que tiene frente a los ojos.


